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Mario Parrado: el triunfo de la sencillez
El bravo cortador de Mucientes se corona en el coso de Zorilla en el Campeonato Mundial de Cortes
No luce cuerpo esculpido a modo de 'Hombres, mujeres y viceversa', ni tatuajes exhuberantes decoran su piel. No lleva un peinado a lo futbolista, ni viste 'tuneado'. Es un tipo sencillo, que pasa desapercibido en la calle. Pero corta toros como los ángeles. Y este sábado, en la final del Mundial de Cortes en Valladolid, levantó a los tendidos del coso de Zorrilla que se rindió al de Mucientes. Con una única fórmula: parar, templar y mandar. El axioma que da sentido a la tauromaquia y que también se aplica para el toreo a cuerpo limpio. Mario Parrado es el triunfo de la sencillez. La victoria del clasicismo: el ajustado embroque en los riñones y las zapatillas atornilladas al albero.
Mario es un torerazo. Pero necesitaba un aldabonazo gordo para hacer justicia a su ya veterana trayectoria en los ruedos.
Y en el que algunos dicen que es el templo del corte puro, Parrado se consagró como uno de los grandes cortadores del momento. Hizo un concurso de menos a más, pero qué final, oiga. De alto voltaje. Y eso que el peñafielense Roberto Redondo no se lo puso fácil. Cualquiera hubiera sido justo vencedor. Pero el clarete de Mucientes se impuso al ribera de Peñafiel. Eso sí, dos exquisitos tragos que ofrecieron dos sumilleres del toreo popular.

No tuvo demasiados problemas en colarse en la final de este campeonato organizado por Tauroemoción y Talento Castellano. Fue primero de su grupo y apretó en el novillo de la semifinal. El astado decisivo salió desafiante. El castaño de Bañuelos era un tío, muy serio y con dos puñales. Parrado echó la moneda al aire. Y allí impuso su magisterio... y su personalísima tauromaquia. En los cuatro cortes de la final [al menos] tres fueron tres chicharros como tres soles. En un embroque, el pitón le rasgó el pantalón de arriba a abajo. Una navaja. Pero el de Mucientes ni se miró, casi ni le dio importancia al tremendo corte que se había marcado. La sencillez de un tío que le puso emoción y verdad a la final. Como su compañero, para ser justos.
En varias ocasiones levantó al público de sus asientos (también a sus propios compañeros de callejón) en una final electrizante. Quizá una de las mejores de los últimos tiempos.
La victoria fue justa, merecida, anhelada y coreada en los tendidos. Las lágrimas de Mario encerraban sinsabores, volteretas y cornadas, kilómetros de interminables viajes y miedos en la bocana de un burladero. Pero también derrochaban alegría, la de un torero que triunfa, la de un compañero que se deja la piel por el resto, la del reconocimiento a la verdad y al valor en el albero, la un un tío que se siente querido.
Es la victoria de un joven normal, que en el ruedo se transforma en un torero sin capa. El triunfo de la sencillez se llama Mario y se apellida Parrado.
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