Secuestro del aprendizaje y de la creatividad

Estefanía Igartua, psicoterapeuta, y Javier Urra, doctor en Psicología

imagen
Secuestro del aprendizaje y de la creatividad
Inteligencia artificial.
El autor esJAVIER  URRA PORTILLO
JAVIER URRA PORTILLO
Lectura estimada: 3 min.

Cada vez es más frecuente encontrarse con textos impecables que nadie sabe explicar. Informes bien estructurados, correos brillantes, trabajos "perfectos" que, cuando se pregunta por su contenido, se sostienen con dificultad. No es falta de inteligencia ni de formación. Es otra cosa: estamos produciendo más rápido de lo que pensamos.

Muchos lo describen sin dramatismo: "hago más cosas en menos tiempo, pero no aprendo". La mal llamada inteligencia artificial (IA) ha traído eficiencia y acceso inmediato a respuestas bien formuladas. Pero cuando el resultado llega antes que el proceso, el aprendizaje se empobrece.

El problema no es usar IA; es usarla antes de pensar, como sustituto automático del esfuerzo mental que sostiene nuestro propio pensamiento y creatividad. Y aquí la psicología tiene algo que decir: lo que está en juego no es solo recordar menos datos, sino entrenar menos capacidades cognitivas.

Nos hemos acostumbrado a resolver en segundos lo que antes exigía tiempo: resumir, redactar, decidir, comparar, preparar un argumento. Ese hábito instala un "modo ahorro" mental: si puedo obtener una respuesta rápida, ¿para qué sostener la duda? ¿para qué pensar? ¿para qué crear borradores?

En psicología hablamos de descarga cognitiva: externalizar el esfuerzo mental en un apoyo externo, la IA. No es nuevo, cambia algo esencial: no delegamos solo datos, delegamos procesos de pensamiento. Y cuando delegamos de forma sistemática, esas funciones se deterioran y pierden sus capacidades.

Hay tres pilares que se fortalecen o se erosionan según cómo usemos la IA. Metacognición: observar nuestro propio pensamiento, detectar fallos y supervisar lo que creemos. Autorregulación: planificar, sostener el esfuerzo, revisar y tolerar la incomodidad de "no me sale". Autoría: sentir que lo que decimos es nuestro porque lo entendemos y podemos defenderlo.

Cuando la IA ofrece respuestas perfectas desde el inicio, aparece el riesgo de una pereza silenciosa: dejamos de supervisar, de reflexionar, de pensar… y también de ser creativos. Y pasan tres cosas: aceptamos lo que suena bien, confundimos claridad con verdad y reducimos el contraste, dejando de pensar y reflexionar.

La IA puede mejorar el producto final sin mejorar la comprensión. Acceder a información no equivale a conocer. Conocer implica integrar; integrar exige elaborar, comparar, equivocarse y corregir. Si la máquina entrega un resultado brillante y nosotros solo retocamos, hay rendimiento, pero poca construcción y elaboración interna.

Por eso vemos algo cada vez más común en aulas y entornos profesionales: entregas impecables y, después, dificultades para explicar por qué se sostiene una idea o cómo se llegó a una conclusión. Texto excelente, pero incapacidad para explicar lo escrito pero que no se ha aprendido

Conviene preguntarnos si estamos ganando velocidad a costa de profundidad. Y esa balanza importa.

La creatividad tampoco es un don misterioso. Metafóricamente es como un músculo que se entrena con tiempo, atención y tolerancia a la frustración. Crear exige soportar el vacío: mirar una hoja en blanco sin huir, mantener una pregunta abierta sin cerrarla en treinta segundos. La IA reduce ese vacío y eso es cómodo; por eso, si se convierte en hábito, puede robarnos el proceso creativo.

No lo dicen solo psicólogos. La propia Sol Rashidi, pionera en IA, lo expresó de forma muy directa: "He notado que estoy perdiendo agudeza mental. No todo debería resolverse en 30 segundos". Ese "30 segundos" es un síntoma cultural: queremos respuestas sin fricción. Pero la fricción, a veces, es el taller donde se fabrica el pensamiento.

¿Vamos a pensar todos igual? La homogeneización no ocurre porque la IA tenga intención de equipararnos, sino porque pedimos "la mejor respuesta" y, cuando buscamos lo mejor, recibimos lo promedio: lo que encaja, lo que no molesta, lo que se parece a lo de todos.

No hace falta recurrir a titulares catastrofistas. No podemos afirmar que el cerebro "se atrofie" de forma literal. Pero sí podemos decir que lo que no se practica, se vuelve menos accesible. Si dejamos en desuso la reflexión, pensar, planificar, atender y contrastar, serán habilidades que se debiliten.

La cuestión no es rechazar la IA, sino reeducar su uso. Podemos pensar antes de pedir, escribir un borrador, comparar versiones, explicar con palabras propias, contrastar, verificar, leer y reflexionar.

¿Queremos vivir rodeados de respuestas cada vez más rápidas o tener un pensamiento crítico y propio? La IA puede amplificar nuestra inteligencia si la usamos como apoyo. Pero si la convertimos en una herramienta permanente, pagaremos un precio alto y silencioso: inteligencia rápida a cambio de pobreza de aprendizaje y secuestro de la creatividad. Por eso sigue vigente la vieja máxima atribuida a Aristóteles: "lo que tenemos que aprender a hacer, lo aprendemos haciéndolo".

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App