El lugar donde Víctor Hugo escuchó su sentencia de muerte

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El lugar donde Víctor Hugo escuchó su sentencia de muerte
Fotografías: Gabriela Torregrosa.
El autor esSonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria
Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria
Lectura estimada: 8 min.

El sábado 9 de septiembre de 1843, alrededor de las 14 horas, en una jornada de canícula, el gran escritor Víctor Hugo y su amante, Juliette Drouet, de regreso de un largo viaje que les había llevado hasta los Pirineos, hacían escala en la población francesa de Rochefort, en su camino hacia París en transporte público. Como si fuera una retransmisión de los hechos diseccionados a cámara lenta, mucho se ha escrito sobre lo que estaba destinado a ocurrir esa aciaga tarde, que truncaría la vida de Víctor Hugo para siempre.

Si alguien le hubiera preguntado esa misma mañana, Víctor Hugo podría haberle respondido con toda la razón que se consideraba un hombre afortunado. No le faltaba nada. Como escritor, paladeaba las mieles del éxito y gozaba de un enorme prestigio, en su patria y fuera de ella. En el ámbito personal, mantenía una relación civilizada y no exenta de afecto con su esposa Adèle Foucher, una amiga de adolescencia con la que se había casado muy joven, y frutos de su unión habían superado la infancia cuatro hijos, siendo Hugo extremadamente afecto de la mayor, Léopoldine, 'Didine', de 19 años. Una década atrás, en 1833, Víctor Hugo había conocido a una bella y célebre actriz, Juliette Drouet, iniciando un profundo romance que duraría de por vida, y solo se quebraría medio siglo más tarde, con la muerte de ella, dos años antes que él. Juliette lo dejó todo por el escritor, al que llamaba cariñosamente "Toto", incluyendo su floreciente carrera teatral, para poder seguirle y estar a su lado, y ambos compartían viajes y proyectos. Estaban juntos aquel día en que todo iba a cambiar drásticamente, aunque aún no lo supieran.

Tras un caluroso trayecto de dos horas en coche de caballos desde Marennes, esa tarde del 9 de septiembre de 1843 la pareja buscaba un establecimiento hostelero para refrescarse antes de proseguir ruta hasta La Rochelle a las 18 horas. Cuántas veces estaban llamados a recordar toda su vida los pasos que dieron ese malhadado día, el lugar en el que ingresaron y del que saldrían completamente transformados.

Juliette Drouet dejaría todo registrado con precisión en su diario: "En una especie de plaza grande, vemos el cartel "Café de l'Europe" escrito en letras grandes. Entramos. El café está desierto a esa hora. Solo hay un joven en la primera mesa a la derecha, leyendo el periódico y fumando, frente a la mujer tras el mostrador de la izquierda. Nos sentamos al fondo, casi bajo una pequeña escalera de caracol decorada con una barandilla de percal rojo. El camarero trae una botella de cerveza y se va. Bajo una mesa frente a nosotros, hay varios periódicos. Toto coge uno al azar y yo cojo Le Charivari. Apenas había tenido tiempo de echar un vistazo al titular cuando mi pobre amado se inclina de repente sobre mí y dice con voz entrecortada, mostrándome el periódico que sostenía: ‘¡Qué horror!’. Lo miro: jamás, mientras viva, olvidaré la expresión de desesperación sin nombre en su noble rostro. Acababa de verlo sonriendo y feliz, y en menos de un segundo, sin previo aviso, lo encontré desplomado, con sus pobres labios blancos y sus hermosos ojos con la mirada perdida. Tenía la cara y el cabello empapados de lágrimas. Su pobre mano se aferraba al corazón como para evitar que se le escapara"

En París, en 1835, Víctor Hugo había trabado amistad con un estudiante lleno de talento, Auguste Vacquerie, ferviente admirador suyo, hijo de un acomodado armador de Le Havre. La familia Hugo pasó unos días en el verano de 1838 en la casa de los Vacquerie en Villecquier, a orillas del Sena, y allí surgía el amor entre Léopoldine, de 14 años, y Charles, el hijo varón mayor de los Vacquerie, de 26. Tras un noviazgo de un lustro, ambos contraían matrimonio en París el 15 de febrero de 1843, instalándose en Le Havre. Poco después, fallecía el padre de Charles.

Víctor Hugo partió junto con su amante Juliette hacia los Pirineos y País Vasco a mediados de julio, para tomar las aguas y relajar su vista cansada a lo largo del verano. Las cartas a su hija Léopoldine son ensoñaciones del reencuentro, añorando "esas agradables conversaciones que fueron una de las alegrías de mi vida. Tendremos más. Porque me alegra mucho que seas feliz sin mí, pero yo no puedo ser feliz sin ti". Mientras tanto, su esposa Adèle y los tres hijos restantes se instalaban en Le Havre para la temporada estival, buscando la cercanía con Léopoldine.

El 2 de septiembre los nuevos cónyuges visitaban Villecquier por un breve período, con el propósito de avanzar con la testamentaría paterna, en el despacho del notario del municipio limítrofe de Caudebec-en-Caux. Hugo ya se encontraba de retorno. Ese mismo día, desde la ciudad francesa de Cognac, Víctor Hugo enviaba una carta a Adèle, mostrándose exultante ante la perspectiva de volver a ver a sus hijos: "Pronto estaré con vosotros. En doce o quince días, os abrazaré a todos y estaremos juntos. Os contaré todas mis aventuras. Me contarán, como cuando los cuatro (hijos) estaban sentados en mi regazo, todos sus pensamientos, todas sus alegrías, todos sus deseos."

Pero nada estaba llamado a suceder así.

El lunes, 4 de septiembre de 1843, sobre las 10 horas, con buen tiempo, Charles Vacquerie se traslada por el Sena hasta la notaría a bordo del nuevo barco de su tío Pierre Vacquerie, quien le acompaña junto con su hijo Arthus, de 11 años. Léopoldine aún está arreglándose, por lo que no la esperan para la travesía. Pero la ligera barca parece inestable, y dedican tiempo a lastrarla con dos grandes piedras planas, lapso que permite a la joven terminar su aliño y embarcarse.

 

El trayecto a Caudebec transcurre sin incidencias, con el tío Pierre al timón. Terminada la gestión notarial, regresan. Alrededor de las 13 horas, en un punto conocido como "Dos d'âne", se desencadena la tragedia. Quizá una ráfaga de viento escoró el velero, haciendo que las piedras rodaran y el barco volcase, o bien zozobró al chocar contra un banco de arena.

Léopoldine quedó atrapada bajo la embarcación, al habérsele enredado su voluminoso vestido. Su marido, excelente nadador, se sumergió varias veces para rescatarla, según presenciaron testigos desde la orilla; al sexto intento, no emergió más. Una interpretación sostiene que, viéndose incapaz de salvar a su esposa, Charles eligió hundirse con ella.

Auguste Vacquerie se desplaza hasta Le Havre a portar la terrible noticia a Adèle Hugo, y la convence de regresar a París con sus hijos a esperar la llegada de Víctor Hugo. El funeral tiene lugar el 6 de septiembre, sin ningún miembro de la familia Hugo.

Ese sábado 9 de septiembre de 1843, Víctor Hugo, ignorando que su amada hija había fallecido cinco días antes, entraba con Juliette en el Café de la Paix en Rochefort, un negocio que hasta hacía dos años se había llamado Café Magné. Hugo viajaba de incógnito bajo el nombre ficticio de "Señor Go". Las autoridades, desconociendo su paradero exacto y dónde poder comunicarle la desgracia, habían colocado pasquines a su atención en los lugares por donde creían iba a pasar, ineficazmente. En el Café de la Paix, Hugo tomaba el periódico Le Siècle del jueves 7 de septiembre y quedaba devastado al leer en él la luctuosa noticia del ahogamiento de su hija y su yerno. Juliette lo narraría así:

"Mi pobre amado me rogó con los ojos que contuviera las lágrimas que me ahogaban, luego se sentó al otro lado de la mesa y me dijo que no llamara la atención de quienes nos rodeaban. Con un coraje sobrehumano, me ayudó a salir de aquel maldito café.
Una vez en la calle, podríamos haber bajado la guardia, pero mi pobre Toto había recibido un golpe demasiado duro como para encontrar alivio en su desesperación. Siguió caminando, y su inefable bondad, que nunca lo abandonó, lo llevó a consolarme (…) Regresamos a las murallas y caminamos sin rumbo".

Ambos reanudan viaje y esa noche llegan a La Rochelle. Al día siguiente, Víctor Hugo escribe a Adèle:

"Mi querida amiga, mi amada esposa, pobre y afligida madre, ¿qué puedo decir? Acabo de leer un periódico. ¡Dios mío! ¡Qué te he hecho! Tengo el corazón roto (…) Anhelo llorar contigo y con mis tres pobres y queridos hijos".

Y ese mismo día escribe otra carta a Louise Bertin, la compositora de cuatro óperas a la que consideraba una hermana. Está conmocionado y en su narración comete errores de bulto: fecha la misiva el sábado 10 de septiembre cuando es domingo; y dice que el Café estaba en Soubise, cuando era en Rochefort. Sus palabras son dramáticas: "Ayer, acababa de terminar una larga carrera bajo el sol por las marismas; estaba cansado y sediento. Llegué a un pueblo llamado, creo, Soubise, y entré en un café. Me trajeron cerveza y un periódico, Le Siècle. Lo leí. Así supe que la mitad de mi vida y la mitad de mi corazón estaban muertos. Amaba a esa pobre niña más de lo que las palabras pueden expresar. Recuerdas lo encantadora que era. Era una mujer dulce y elegante. ¡Dios mío, qué te he hecho! Era demasiado feliz; lo tenía todo: belleza, ingenio, juventud, amor. Esta felicidad completa me hacía temblar. (…) Dios no quiere que tengamos el paraíso en la tierra. Él la recuperó. ¡Ay, mi pobre ángel, pensar que nunca la volveré a ver! (…) Llegaré a París casi al mismo tiempo que esta carta. Mi pobre esposa y mis hijos me necesitan mucho". Viajando día y noche, la pareja arriba a la capital gala en la tarde del 12 de septiembre.  

Durante tres años, Hugo no escribirá, sumido en un profundo dolor. No encuentra fuerzas para visitar la tumba de su hija hasta el 25 de septiembre de 1846. Refleja sus sentimientos en el bellísimo poema 'Mañana, al alba', publicado diez años después en su obra Las Contemplaciones, una recopilación lírica en seis libros, que vio la luz mientras se encontraba exiliado en Guernsey por el emperador Napoleón III. El libro IV, 'Pauca meae', en memoria de Léopoldine, contiene las poesías 'A Villequier' y 'Charles Vacquerie', ésta ensalzando su heroísmo por tratar de salvar a la joven hasta inmolarse.

 

Léopoldine y Charles fueron enterrados juntos, en el cementerio anexo a la iglesia parroquial, flanqueados a un lado por la sepultura de sus dos parientes ahogados, y al otro por la de Charles Vacquerie padre, donde le acompañó su esposa años después. Adèle Foucher también dejó explícito su deseo de reposar allí. Su sepulcro se sitúa en medio de los de Auguste Vacquerie y Adèle Hugo, la hija pequeña.  

El Café de la Paix, desde aquel infausto día de 1843, sufrió los vaivenes del destino: se renombró como Café Colbert, el nombre de la plaza en la que se ubica, hasta que en 1896 volvió a lucir su nomenclatura original. En 2006, fue absorbido por una franquicia de restauración, siendo en 2015 rebautizado como Bistrot de la Paix. En mayo de 2023, una nueva dirección del legendario establecimiento le devolvió el emblemático nombre Café de la Paix, para mantener viva su historia. Dentro, un busto de Víctor Hugo sirve de elocuente recordatorio del imborrable episodio pasado.

En una de las paredes laterales exteriores del Café de la Paix, el ayuntamiento de Rochefort, a propuesta de su Consejo de Mayores, descubrió el 26 de noviembre de 2018 a las 12:30 del mediodía una placa conmemorativa que dice así: "Aquí, el 9 de septiembre de 1843, Víctor Hugo, acompañado de Juliette Drouet, se enteró de la muerte de su hija Léopoldine, ahogada en el Sena en Villequier. Inconsolable, escribirá el angustioso adiós 'Mañana al alba'". Víctor Hugo ya nunca volvería a ser el mismo hombre que entró despreocupadamente en aquel café, donde los hados se conjuraron contra él. Cuando salió del lugar, comenzaba la segunda parte de su vida.

Fotografías: Gabriela Torregrosa.

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