El relato y sus altavoces

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El relato y sus altavoces
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 3 min.

Hay una diferencia entre tener ideas y repetir ideas. La primera exige formación, criterio, capacidad de relacionar lo que se sabe con lo que se ignora. La segunda solo exige un altavoz. Durante siglos, el poder necesitó intelectuales que construyeran sus relatos: hombres que supieran lo que estaban haciendo cuando lo hacían. Lo que ha cambiado no es la necesidad del relato. Es que ya no hace falta quien lo piense. Solo hace falta quien lo repita.

El uso político de la cultura es tan antiguo como la política misma. Todo poder ha necesitado siempre su relato: un origen mítico, una gesta fundacional, un destino providencial que justifique el presente apelando a un pasado construido a medida. Johann Gottfried Herder, filósofo alemán del siglo XVIII, lo formuló con más precisión que nadie: cada pueblo tiene un espíritu propio expresado en su lengua, su cultura y su historia, anterior y superior a cualquier construcción racional. Era una idea de enorme riqueza filosófica. Se convirtió también en el argumento más usado por todos los nacionalismos del siglo siguiente, incluidos los más devastadores. Las ideas tienen consecuencias. Especialmente las que se repiten sin entenderlas.

Lo que distingue el presente no es que el poder quiera construir relatos. Siempre lo ha querido. Lo que distingue el presente es que ya no encuentra resistencia. El desmantelamiento sistemático de la formación humanista en las últimas décadas -descrito con detalle en estas mismas páginas la semana pasada- ha dejado un espacio que no está vacío. Nunca lo está. Lo ocupa siempre quien llega primero con una respuesta simple a una pregunta compleja.

El síntoma más reciente tiene nombre y cargo. El consejero de Cultura de Castilla y León proclama la libertad creadora mientras anuncia que no financiará a quienes promuevan la Leyenda Negra. Reivindica la Generación del 27 incluyendo a Dionisio Ridruejo, que no pertenece a ella sino a la del 36. Excluye a Jorge Guillén, que sí pertenece, Premio Cervantes, uno de los grandes poetas del siglo XX en lengua española, cuya Fundación financia la propia Junta. Guillén se exilió. Ridruejo sirvió al régimen. La elección no es un error. Es un criterio. Y los criterios, en cultura, nunca son inocentes.

Orwell lo vio con una claridad que no ha envejecido: quien controla el pasado controla el futuro. Pero Orwell describía un sistema totalitario que reescribía la historia por la fuerza. Lo que describe el presente es más sutil y por eso más difícil de combatir. No se reescribe la historia: se la sustituye por un relato que tiene su apariencia sin su rigor. Que llama cancelación a la crítica y autoodio al conocimiento. Que confunde memoria con identidad. La diferencia entre historia y relato no es académica. Es la diferencia entre una sociedad que puede pensar y una que solo puede repetir.

Una sociedad que no distingue entre historia y relato no pierde solo el pasado. Pierde la capacidad de evaluar el presente y de imaginar el futuro. Y lo que ocupa ese vacío no es el caos: es siempre alguien con un relato preparado, un criterio ya decidido y un presupuesto dispuesto a financiar solo lo que confirma lo que ya sabe. El poder no necesita mentir a quien no sabe distinguir la mentira de la verdad. Solo necesita hablar primero.

La voluntad del poder de construir relatos no es nueva. Lo nuevo es que ya no encuentra resistencia. Sin ella, el relato no necesita ser sofisticado. No necesita ser verdadero. Solo necesita ser repetido. Herder no conoció Spotify. Pero habría entendido el algoritmo.

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