18/09/2026
Cuando la música se hundió en el mar
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En plena Primera Guerra Mundial, un submarino torpedeaba un barco de pasajeros, acción que posteriormente se intentaría excusar como un error humano. Entre las víctimas figuraba uno de los músicos españoles más célebres del momento, Enrique Granados, lo que causó conmoción entre la opinión pública a nivel mundial.
Enrique Granados Campiña nació en Lérida el 27 de julio de 1867, de un capitán del ejército de origen cubano y su esposa santanderina. Poco después, la familia se trasladó a Canarias, al ser nombrado el padre gobernador militar de Tenerife. Pero en 1874 este sufrió un grave accidente al caer de su caballo, quedándole complicaciones de salud de las que acabaría muriendo seis años después. Por ello, retornaron a Barcelona cuando Enrique contaba siete años.
Allí, empezó sus enseñanzas musicales, demostrando prodigiosas aptitudes. Formó parte de la Escolanía de la Merced. El fallecimiento de sus padres lo dejó en una situación muy comprometida, debiendo sostenerse como pianista en cafés barceloneses. El empresario Eduardo Conde lo contrató como profesor particular de piano para sus niños, asignándole el elevado sueldo para la época de 100 pesetas al mes.
Granados continuó su formación en París con apoyo de Conde entre 1887 y 1889, recibiendo clases de Bériot. Su objetivo de ingresar en el conservatorio parisino se vería frustrado por enfermar de tifus, pues una vez restablecido, ya superaba la edad máxima de acceso.
De regreso a la Ciudad Condal, participó en la creación del Orfeó Català. En 1893 se casó con Amparo Gal Lloberas, unión de la que nacieron seis hijos entre 1894 y 1902: Eduardo, Soledad (Solita), Enrique, Víctor, Natalia y Francisco.
En 1898 estrenó en Madrid la ópera María del Carmen, que agradó enormemente a la reina María Cristina, lo que desembocaría en la concesión de la Cruz de Carlos III.
En 1901 fundó la Academia Granados, de la que egresaron notables pianistas, convirtiéndose en punto de encuentro de intelectuales.
En 1910 envió sus Goyescas, inspiradas en el genial pintor, al pianista Montoriol Tarrés, residente en París. Este, entusiasmado, logró que la Société Musicale Indépendante organizara el 4 de abril de 1914 un concierto dedicado a Granados, que lo consagró: se le otorgó la Legión de Honor y Rouché, director de la Ópera parisiense, le encargó transformar Goyescas en ese género. Sería la última de las seis óperas que compuso.

Pero cuando el artífice concluyó la partitura, estallaría la Gran Guerra, paralizando el proyecto. Schirmer le propuso representar la obra en la Ópera Metropolitana de Nueva York, la primera española programada allí. A ese fin, el autor se trasladó a América con su mujer a finales de noviembre de 1915. Contó con el apoyo de Pau Casals, especialmente cuando tuvo que crear en el último momento un Intermezzo, su famosa pieza instrumental a ritmo de jota, para cubrir el tiempo muerto de un cambio de decorados en el escenario.
Goyescas se estrenó el 28 de enero de 1916, pero se canceló tras cinco funciones, porque el entusiasmo del público en la premier se enfrió al no contar con el respaldo de la crítica.
No obstante, la estancia en Nueva York fue un éxito. Granados percibió 4.000 dólares de la Ópera Metropolitana, y varios miles más de sus grabaciones, la publicación de sus partituras y sus actuaciones. En regalos de amigos, otros 5.100. Su carrera había recibido un espaldarazo y sus penurias quedaban atrás. Escribía desde Nueva York a Amadeu Vives: "Toda mi alegría actual es más por lo que ha de venir que por lo hecho hasta ahora (…) tengo un mundo de proyectos". El destino vendría a truncar sus ilusiones.
Granados pretendía regresar a Barcelona directamente desde Nueva York el 8 de marzo en el buque español Antonio López, pero le entregaron la invitación del presidente norteamericano Woodrow Wilson para dar un recital de piano en la Casa Blanca el día 7. No podía declinar el honor, por lo que se dirigió a Washington. Eso trastocó sus planes y le hizo emprender la vuelta por otra ruta, en la nave holandesa Rotterdam, que zarpaba el 11 de marzo hacia Londres. Después, embarcaría en el transbordador Sussex, que cubría el trayecto entre la localidad británica de Folkestone y la francesa de Dieppe, desde la que se desplazaría en ferrocarril hasta España. Una singladura de cuatro horas, el doble que la habitual Dover-Calais, pero aparentemente más segura, precaución necesaria por estar en guerra.
La tarde previa a levar anclas, Enrique telefoneó a la escultora Malvina Hoffman, a quien confesó que Amparo sentía el mal presagio de que no volverían a ver a sus hijos. Sin embargo, el pasaje de América a Europa transcurrió sin incidencias, y en ocho días atracaban en el muelle londinense, el 19 de marzo.
El matrimonio se alojó en el Hotel Savoy, y pasaron unas jornadas visitando la ciudad y a amigos, e intentando sin éxito promover una representación londinense de Goyescas.
El 24 de marzo subieron al Sussex, que soltaba amarras a la 1.30 del mediodía con cuatro centenares de pasajeros, al mando del capitán Henri Mouffet. Iban sin escolta, pues los alemanes nunca habían atacado ese itinerario.
El mar estaba en calma. Granados improvisó una melodía en el piano de un salón. De pronto, a las 2.55, cuando atravesaban el Canal de La Mancha, un submarino militar alemán, comandado por el joven capitán Herbert Ernst Otto 'Harry' Pustkuchen, torpedeó al Sussex; según la explicación oficial, al confundirlo con un minador y creer que los viajeros en cubierta eran tropas.

Pustkuchen, nuevo en la zona, no conocía el barco, pintado de negro con una línea blanca, habiendo sido arriada la bandera francesa poco después de salir del puerto, el procedimiento habitual. Pero su versión sería puesta en duda internacionalmente. Los alemanes al principio habían alegado que el Sussex había chocado fortuitamente con una mina, lo que quedó desmentido al descubrirse fragmentos de torpedo. También surgió el rumor de que los británicos estaban detrás de la debacle, para arrastrar a los Estados Unidos a declarar la guerra a los germanófilos. El futuro tenía reservado a Pustkuchen una suerte de justicia poética, muriendo un año después, el 27 de mayo de 1917, cuando su submarino fue derribado en el mismo Canal de la Mancha por un patrullero británico.
Ese aciago día para el Sussex, el capitán Mouffet vio un torpedo acercándose a unos 100 metros de babor, y tuvo los reflejos de dar la orden inmediata de virar. Con tan breve preaviso, no pudo esquivar el proyectil, pero al menos el impacto se produjo en la proa, sin hundir la nave, ya que la explosión dobló el casco hacia dentro, formando una barrera con las 1.200 sacas de correo almacenadas, que impidió que una vía de agua lo anegase con rapidez.
La explosión desactivó la antena, costando un par de horas repararla. El telegrafista, profundamente afectado, envió la geolocalización del barco siniestrado con un error de más de veinte millas, y los destructores franceses perdieron un tiempo precioso para hallarlo. Finalmente, el María Teresa decidió ignorar la información retransmitida y se dirigió al punto donde la señal era más nítida. Así, fue el primero en socorrer al Sussex, hacia la medianoche, nueve horas después del ataque. Poco a poco arribaron más navíos, militares y comerciales, que transportaron a supervivientes y heridos a Dover o Boulogne.
El Sussex no disponía de botes ni chalecos salvavidas suficientes para todos los pasajeros. La mayoría se encontraban en el comedor en el momento de la deflagración. Un surtidor de agua entró allí, causando alarma; la gente se abalanzó para escapar en las embarcaciones auxiliares, desoyendo la recomendación del capitán de no moverse. Mario Serra, hijo del pintor catalán Enrique Serra y amigo de los Granados, les rogó en vano que permanecieran en el buque.
Los testimonios de los supervivientes difieren en los detalles, pero coinciden en que la pareja se separó en el agua y Enrique, que no era buen nadador, intentó llegar hasta Amparo, quien por el contrario era muy diestra. Los vieron perderse abrazados entre las olas. Testigos afirmaron que Amparo se agarró a una balsa, y Enrique a una silla; él trató de ir hasta ella, pero no pudieron sujetarse mucho tiempo en la balsa y se hundieron juntos. Otros dijeron que, estando ambos en la almadía, ella cayó accidentalmente y él saltó a salvarla; o que él, rescatado, regresó al agua cuando oyó que ella gritaba pidiendo socorro.
Sus cuerpos nunca serían recuperados. Granados tenía 48 años. Y a la música universal le fue arrebatado su legado posterior como compositor.
El Sussex luego sería remolcado a puerto. El saldo de la catástrofe se elevó a cincuenta bajas humanas, la mitad norteamericanos, e incontables heridos. El presidente Wilson elevó una protesta al gobierno alemán, aunque no entraría en el conflicto bélico hasta más de un año después.
Se tardó días en conocer las identidades de las víctimas. El pintor José María Sert fue a Boulogne a buscar a los Granados en la morgue. Recuperó sus efectos personales, incluyendo la copa que el músico había recibido de sus amigos a su partida, aunque faltaban los 4.100 dólares que contenía. Ernest Schelling generosamente se los reintegraría a los hijos del difunto. Otro regalo, una bolsa con mil dólares en monedas de oro, desapareció para siempre.
Granados detestaba las travesías marítimas. Una tormenta en el viaje de ida le aterrorizó. De no haber cambiado los billetes, habrían llegado sanos y salvos a España en el trasatlántico previsto, que arribó sin incidencias.

El día de la tragedia, Arthur Rubinstein interpretaba Goyescas en el Palau de la Música. Asistían los hijos de Granados, de entre 22 y 14 años, ignorando la infausta noticia.
La muerte del artista causó conmoción e indignación mundial; en muchos lugares se le tributaron homenajes póstumos. El 15 de abril, un concierto memorial con obras de Granados en el Hotel Palace de Madrid fue presidido por la infanta Isabel.
En Barcelona, el 2 de mayo se celebró un funeral en la iglesia de la Casa Provincial de Caridad, y el 16, alumnos de su academia ofrecieron una actuación conmemorativa en el Palau de la Música.
El 7 de mayo de 1916, la Metropolitan Opera House realizó un concierto en beneficio de sus hijos, en el que intervino Pau Casals. El 24 de julio, la iniciativa se replicó en el Teatro Aldwych de Londres, cuyo programa calificaba a Granados como "el más grande de los compositores españoles modernos". El Museo de la Música de Barcelona custodia un libro de condolencias con telegramas y mensajes de todo el mundo.
Francia siguió la misma estela, y sus periódicos lamentaron la desaparición del músico al que denominaron "una de las más puras glorias de su país". Colegas galos como Debussy, Fauré o Saint-Saëns, publicaron cartas en la prensa española expresando su dolor.
Alfonso XIII donó 1.000 pesetas a los huérfanos y el presidente francés Poincaré, 500. Alemania pagó una indemnización, para evitar la mala imagen y quizás disuadir a España de sumarse al bloque aliado, al que gran parte de la población apoyaba: mostró su consternación por el incidente, amonestó a Pustkuchen, y desembolsó 111.000 pesetas como compensación a cada uno de los seis jóvenes Granados. Por su minoría de edad, sus finanzas y educación fueron encomendadas a un comité de tres miembros: Gabriel Miró, Rafael Rodríguez y Salvador Andreu i Grau, como figura principal. August Pi i Sunyer se convirtió en su guardián, y Luis Carrera, en su tutor.
Al cumplirse el centenario de estos luctuosos hechos en 2016, el pianista José Menor actuó en el Carnegie Hall de Nueva York, interpretando la suite pianística que inspiró Goyescas.
Irónicamente, Enrique Granados hijo, primer nadador en estilo crawl de nuestro país, se alzaría en 1923 como campeón de España de natación en 100 metros libres, compitiendo en los Juegos Olímpicos de 1920 y 1924 en la modalidad de waterpolo. Los nietos por esa rama, Enrique y Jorge Granados Aumacellas, fueron también destacados medallistas en la disciplina.
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