Un lugar al que escapar

Nueva entrega, como cada jueves, de la sección 'Columna entre miradas', de Sonia Dueñas

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Un lugar al que escapar
Libro, con paisaje. Fotografía cedida de Sonia Dueñas a TRIBUNA.
El autor esSonia  Dueñas Forte
Sonia Dueñas Forte
Lectura estimada: 2 min.

Alguien me dijo en una ocasión que escuchar de verdad significa ponerse en la piel de quien habla. Y creo, con total convencimiento, que pocas veces conseguimos bajarle el volumen a nuestra voz interior para subir el de quien nos habla.
Hubo hace poco una charla literaria en prisión que consiguió que mi voz interior quedase silenciada por la de quienes tenían demasiado que contar. Seguramente ayudó el hecho de que el motivo de aquel encuentro fuera hablar acerca de una de las cosas que más disfruto: la lectura.

Todos sabemos, o deberíamos saber, que pocas cosas tienen el poder de transportarnos lejos de nuestra realidad como lo hace un buen libro. Pero quizá esa capacidad cobre una dimensión distinta cuando adentrarse en sus páginas significa también alejarse, durante un rato, de los muros que te rodean.

Aquel día escuché varias formas de explicarlo.

Alguno dijo que los libros le conectaban con la persona que era antes de entrar en prisión, trasladándole a la realidad que tanto añoraba. Otro comentó que la lectura le había salvado durante la primera semana, cuando el ingreso y el encierro se hacen especialmente difíciles. Leer le sumergió en un mundo lejos de los muros de hormigón. Y fue otro interno quien expresó algo que me hizo pensar: "Aquí me he dado cuenta de que no puedo leer cualquier libro en cualquier momento. Hay historias para las que necesitas estar en un momento de tu vida muy concreto".

De ahí salió mi reflexión: un mismo libro nunca es exactamente el mismo libro para dos lectores. Ni siquiera para una misma persona en dos momentos diferentes de su vida. El texto no cambia, pero quien lo mira sí. Porque un libro puede ser entretenimiento para alguien, refugio para otro, una puerta hacia fuera para quien no puede salir, un recuerdo de quien eras o incluso algo que hoy abandonas en la página veinte y dentro de diez años te destroza.

Quizá esa sea una de las cosas más hermosas de escribir. Una puede elegir las palabras, inventar los personajes y decidir dónde termina la historia. Pero nunca podrá decidir qué significará para quien la lea. En cuanto el libro llega a otras manos, deja de pertenecer a su autor.

Y desde aquel día, cuando pienso en las historias que escribo, me gusta imaginar que alguna encontrará a alguien justo cuando lo necesite.

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