La receta es llorar

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La receta es llorar
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

A Javier Urra

No hace mucho asistí a una conferencia de Javier Urra en la que contó una historia que se me quedó grabada.

Una persona había perdido a un ser querido y acudió a su consulta buscando algo que le aliviara la tristeza. Algo que le ayudara a sobrellevar ese dolor que, de pronto, se había instalado en su vida. Esperaba, probablemente, una pauta, un tratamiento, quizá una medicación.

La respuesta fue tan sencilla como reveladora:

  • "La receta es llorar".

Me gustó la frase entonces. Me gusta todavía más ahora.

Porque vivimos en una época en la que casi todo parece necesitar una solución inmediata. Un problema, una respuesta. Un síntoma, un tratamiento. Un malestar, una pastilla. Nos hemos acostumbrado, casi sin darnos cuenta, a pensar que todo lo que duele debe desaparecer cuanto antes.

Y sin embargo, hay dolores que no están para desaparecer. Están para ser atravesados. Y el duelo es uno de ellos.

Perder a alguien no es una enfermedad. No es una anomalía que haya que corregir. Es una de las experiencias más humanas que existen. Duele, claro que duele. Y mucho. Pero ese dolor no es un error del sistema. Es, en cierto modo, el propio sistema funcionando. Es la forma que tiene la vida de recordarnos lo que hemos querido.

Por eso, pretender eliminarlo de inmediato -anestesiarlo, silenciarlo, acortarlo- puede ser también una forma de no entenderlo. De no darle el espacio que necesita. De no permitir que haga su trabajo.

Porque el duelo también trabaja: ordena, coloca, transforma. Y, aunque cueste verlo mientras se atraviesa, poco a poco también reconstruye.

Llorar, en ese contexto, no es debilidad. Ni falta de control. Es una forma de adaptación. Una manera profundamente humana de asumir que algo ha cambiado para siempre y que tendremos que aprender a vivir con una ausencia que al principio parece ocuparlo todo.

Quizá el problema no esté en los medicamentos -imprescindibles cuando son necesarios-, sino en nuestra creciente incomodidad frente al sufrimiento. En esa prisa por volver cuanto antes a la normalidad, como si la tristeza tuviera un plazo de entrega.

Pero la vida no es un estado permanente de bienestar. Incluye también el dolor, la pérdida y la tristeza. Pretender vivirla sin todo eso sería, en el fondo, pretender vivir otra cosa.

He recordado mucho aquella frase durante las últimas semanas.

Javier Urra, psicólogo, primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y también colaborador de Tribuna, hizo público a finales de julio que padece un cáncer de pulmón con metástasis. Lo contó apenas un día después de recibir el diagnóstico y lo hizo con una serenidad que impresiona. Dijo que seguiría trabajando y dejó una frase que, inevitablemente, me llevó de nuevo a aquella conferencia: "A la vida hay que ponerle ganas".

No sé si existe contradicción entre ambas recetas. Creo que no. Hay momentos en los que la receta es llorar y otros en los que consiste en ponerle ganas. Y seguramente haya muchos en los que toca hacer las dos cosas a la vez.

Urra ha hablado muchas veces de la pérdida y de la necesidad de prepararnos para ella. Ahora la vida le ha colocado delante una de esas situaciones en las que las reflexiones dejan de ser únicamente reflexiones. Y me parece especialmente valioso que, sin negar la gravedad de lo que le ocurre, siga hablando de esperanza, de trabajo, de memoria y de vida.

No conozco personalmente a Javier Urra, aunque he tenido ocasión de escucharle y le sigo desde hace tiempo. Siempre he admirado su manera de abordar asuntos difíciles sin esquivarlos ni dramatizarlos. Ahora le admiro todavía más. Y a este modesto becario jubilado le hace especial ilusión compartir con él las páginas de Tribuna.

No sé si esa forma de afrontar la vida se aprende en los libros. Probablemente no del todo. Quizá se aprende viviendo. Y también llorando. Porque llorar no significa rendirse. A veces significa exactamente lo contrario: reconocer que algo duele, dejar que duela y continuar después con ese dolor incorporado a nuestra historia.

Tal vez por eso aquella respuesta sigue pareciéndome tan valiosa. No prometía una solución rápida. No eliminaba el problema. No garantizaba alivio inmediato. Simplemente aceptaba que hay momentos en los que lo más sensato no es curarse de lo que sentimos, sino sentirlo.

Llorar lo que haya que llorar. Parar lo que haya que parar. Ponerle a la vida todas las ganas que podamos.

Y dejar que el tiempo - ese que nunca ha entendido de nuestras prisas - haga su trabajo.

Pedro Berbel Hernández

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