La serpiente invisible que guarda una de las historias más trágicas de Valladolid

La calle Sierpe conserva la memoria de un motín, una muerte olvidada y un nombre que aún repta bajo los pies de la ciudad

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La serpiente invisible que guarda una de las historias más trágicas de Valladolid
La calle Sierpe, en Valladolid.
El autor esMiguel Ángel  Fernández
Miguel Ángel Fernández
Lectura estimada: 3 min.

En pleno centro de Valladolid, entre Fuente Dorada y la calle Regalado, una serpiente recorre el suelo sin que muchos vecinos reparen en ella. No muerde ni asusta, pero arrastra siglos de historia, violencia social y leyenda popular. Es la calle Sierpe, un rincón aparentemente discreto que encierra uno de los episodios más duros, y a la vez más deformados por la tradición, de la memoria urbana vallisoletana.

Valladolid tiene una serpiente que se desliza cada día junto a los pasos de vecinos y turistas. No es un animal vivo, sino un símbolo: la calle Sierpe, una vía estrecha y curvada del centro histórico cuyo nombre y trazado evocan desde hace siglos la imagen de un reptil avanzando de forma sinuosa. Hoy, incluso, una serpiente dibujada en el pavimento recuerda esa identidad a quienes se detienen a mirar.

El origen del nombre ha generado debate. Una de las teorías más extendidas apunta a una serpiente tallada que adornaba la fachada de una antigua posada situada en la calle, cuando esta se extendía desde la actual Cánovas del Castillo hasta la plaza del Salvador. El cronista Juan Agapito y Revilla documentó la existencia de esa figura, en realidad de yeso, sobre un balcón del primer piso, cuyos restos se conservan hoy en el Museo de Valladolid. Sin embargo, otros historiadores consideran más probable que la denominación, ya existente en el siglo XV, derive simplemente de la forma serpenteante de la calle.

Más allá de su nombre, la calle Sierpe quedó marcada por la tragedia. El cronista Delfín Val recogió en la 'Revista de Folklore' dos muertes ocurridas en este enclave. La primera, en 1750, tras una disputa aparentemente banal: un soldado fue increpado por orinar en la calle y acabó matando al marido de la mujer que le había reprochado su conducta. La segunda, mucho más conocida, se produjo el 8 de marzo de 1904 y dejó una huella profunda en la memoria colectiva de la ciudad.

Aquel día, Valladolid vivía una jornada convulsa. La subida del precio del pan había desencadenado huelgas y manifestaciones protagonizadas, en buena medida, por mujeres que recorrían las calles protestando contra el encarecimiento de un alimento básico. Los enfrentamientos con las fuerzas del orden fueron constantes, con pedradas, disparos y carreras en torno a Fuente Dorada y la Plaza Mayor.

En ese contexto murió Santiago Maniega, apodado Pepinillo, un muchacho de 15 años procedente de Palencia. La versión popular, transmitida durante décadas a través de una coplilla burlona, "En la calle de la Sierpe mataron a Pepinillo, por hacer burla a los guardias y enseñarles el culillo", transformó el suceso en una escena casi grotesca. Escritores como Manuel de la Escalera recrearon literariamente aquel episodio, describiendo a un joven desafiante que se mofaba de los guardias antes de caer abatido.

La realidad, sin embargo, fue mucho menos pintoresca y mucho más cruel. Pepinillo participaba, como otros jóvenes, en los disturbios lanzando piedras con una honda e insultando a los agentes desde el cruce de las calles Sierpe y Regalado. En medio del caos, una bala le alcanzó en la cabeza. Murió en el acto. El impacto fue inmediato: cesaron los disparos, las calles quedaron vacías y varios manifestantes recogieron su cuerpo para mostrarlo en los talleres del ferrocarril, como prueba de la violencia empleada por las autoridades.

Solo más tarde el cadáver fue recuperado y trasladado al Hospital Provincial. El motín se disolvió, pero la herida permaneció abierta. Con el tiempo, la copla popular suavizó el drama, envolviéndolo en humor castizo y desdibujando la gravedad de una muerte que simbolizaba la tensión social de la época.

Hoy, la calle Sierpe es un lugar de paso tranquilo, integrado en la rutina del centro de Valladolid. Sin embargo, bajo su pavimento, y bajo la serpiente que lo decora, late una historia de desigualdad, protesta y represión. Una historia que recuerda que incluso las calles más discretas pueden esconder episodios decisivos del pasado, esperando a que alguien se detenga, mire al suelo y vuelva a escuchar lo que la ciudad aún tiene que contar.

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