Vaciar la democracia desde dentro

Nueva entrega, como cada martes, de la sección 'Mientras el aire es nuestro', de Juan González-Posada

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Vaciar la democracia desde dentro
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.

En un gimnasio de Madrid, un grupo de chavales de veintipocos años entrena boxeo bajo una bandera con símbolos que se daban por enterrados hace dos generaciones. No es un local clandestino: tiene sede fija, contrato y, desde este año, inscripción oficial como partido político. Se llaman Núcleo Nacional, y no disimulan la admiración por Franco o Hitler: la envuelven en sudaderas y vídeos de quince segundos. Uno de sus portavoces se ocultaba tras una máscara de "Pepe the frog" para esquivar la censura de las plataformas; su rostro más visible, Isabel Peralta, condenada en primera instancia por un delito de odio, suma decenas de miles de seguidores en TikTok. 

No es un caso aislado. Una investigación del GNET, la red académica de referencia en extremismo digital vinculada al King’s College de Londres, acaba de confirmar algo que no ocurría desde 1986: crece entre los varones jóvenes españoles la simpatía hacia el franquismo, alimentada por contenido que lo glorifica y circula con normalidad en redes sociales. Es una tendencia medida y en aumento, no una anécdota.

Lo que hay detrás de esa cifra lo explicó hace unos días el historiador Julián Casanova, catedrático de Historia y experto en fascismo europeo, en Hora 25, de la Cadena SER: después de toda una vida estudiando cómo llegaron a imponerse aquellos regímenes, confesó sentir miedo al reconocer en el presente "muchas rimas e irresponsabilidad" con lo que ya ocurrió entonces. Y añadió algo más inquietante: la ultraderecha actual ya no necesita rechazar la democracia parlamentaria, le basta con vaciarla desde dentro, en nombre de la libertad. Que Núcleo Nacional se registrara este año como partido encaja exactamente en esa descripción.

Pero la alarma, sin mecanismo, se queda en ruido. El vacío tiene nombre: el pensador Mark Fisher lo llamó "realismo capitalista", la sensación, instalada tras la crisis de 2008, de que ya no existe alternativa coherente al sistema actual, ni siquiera dentro de quienes deberían formularla. No es que la izquierda haya renunciado a prometer un futuro distinto; es que buena parte de ella administra la crisis permanente sin margen para imaginar otra cosa. Ese vacío no se queda vacío, y no lo ocupa solo quien tiene mejor discurso, sino quien tiene más dinero: parte del capital que antes financiaba el viejo liberalismo económico financia ahora un proyecto que reintroduce la jerarquía de raza, de género, de inteligencia medida, como principio de organización social, y encuentra en las redes el altavoz perfecto: basta con que el contenido que más indigna sea también el que más retiene, sin que a la plataforma le convenga cambiar esa regla.

Falta explicar por qué ese mensaje prende precisamente en la generación con menos motivos para la nostalgia. El paro juvenil ha bajado del cuarenta al dieciséis por ciento en la última década, pero la emancipación está en mínimo histórico, el 14,5%, la edad media para independizarse supera los treinta años, seis más que la media europea, y quien vive solo destina casi todo su sueldo al alquiler. A esto ya se le ha puesto nombre: "historia profunda". No es un hecho comprobable, es un relato emocional: el de alguien que siente que ha hecho cola toda su vida mientras ve que otros se cuelan por delante sin esperar turno, inmigrantes, minorías, o quien convenga señalar en cada momento. Funciona igual aunque no es cierto: no describe la realidad, describe cómo se siente esa realidad. Cuando mejorar el empleo no basta para independizarse, ofrecer una identidad fuerte y un enemigo con nombre resulta, en la práctica, mucho más barato y mucho más rápido que ofrecer un piso.

Nada de esto es un destino inevitable, pero tampoco admite una respuesta de una sola pieza. Hace falta una respuesta material que no sea solo vivienda: lo que ofrece Núcleo Nacional en su sede de quinientos metros es gimnasio, jerarquía, un sitio al que presentarse cada semana, algo que antes daban el sindicato o el club de barrio y que llevan una década cerrando o quedándose sin presupuesto. Y hace falta una respuesta narrativa, la más difícil: historia contada en el mismo formato que la desmiente, porque el vídeo de quince segundos está diseñado para retener y viralizar, y la clase de cincuenta minutos, por rigurosa que sea, no compite en ese terreno. Prometer solo la primera, por comodidad o por titular, es ya una forma de simplificación. 

Tres piezas sostienen esto, y ninguna necesita a las otras dos para actuar: el capital que financia la jerarquía es una; las plataformas sin incentivo para frenarla, otra; un partido que se blinda con la legalidad para hacer con votos lo que antes hacía con pasamontañas, la tercera. Son poderes distintos, casi ninguno sometido a un voto, que se refuerzan sin necesidad de coordinarse. La ciencia política tiene un nombre para esta clase de erosión, y no exige imaginar tanques ni golpes de estado: "autoritarismo sigiloso", como se ha llamado desde 2015, es el uso de los mecanismos legales de un régimen democrático para fines que no lo son. Es la misma idea que ya apuntaba Casanova: no hace falta rechazar la democracia si se la puede vaciar por dentro. Y hay una prueba concreta de que ya está en marcha: condenar a su portavoz no frenó a Núcleo Nacional, que ha seguido abriendo sedes y acaba de registrarse como partido. 

Queda, aun así, una pregunta que este texto no puede responder con la misma seguridad que las anteriores, porque hacerlo exigiría nombres y pruebas encima de la mesa, no una sospecha razonable: ¿hasta qué punto la tolerancia institucional hacia estos grupos, desde ciertas resoluciones judiciales hasta la comodidad de algunos medios, pasando por partidos que ya gobiernan con la ultraderecha en varias comunidades y alimentan con ello el mismo ambiente reaccionario, es ya parte de esa misma suma? Señalar con nombre propio a quién se lo permite exigiría una investigación periodística, no una tribuna. Pero que la pregunta pueda hacerse hoy en serio, sin sonar a exageración, ya dice bastante sobre en qué punto estamos.

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