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Más allá de la foto
Nueva entrega, como cada jueves, de 'Columna entre miradas', escrita por Sonia Dueñas
Este verano he visitado uno de los rincones más bonitos que esconde España. Con el mar asediando su paisaje de coloridas casas que trepan por las montañas, Cudillero rivaliza con cualquier isla griega.
Es difícil no asombrarse al verlo por primera vez. Y más difícil aún no lanzarse a por el teléfono para capturar esa imagen de postal.
Era curioso ver aquel imponente paisaje difuminarse en las pantallas de los móviles de cientos de turistas.
Y eso me llevó a plantearme la verdadera razón que se esconde detrás de las fotografías que llenan gigas y gigas de nuestra memoria.
¿Cuántas veces vemos realmente todas las fotos que conservamos? ¿Por qué sentimos esa necesidad de fotografiar, quizá, antes de mirar de verdad?
Aquí no hay una respuesta correcta. Detrás de cada disparo hay mil motivos.
Yo, personalmente, soy de las que custodian con esmero y orden las miles de fotos que, de vez en cuando, me dedico a contemplar. Mi razón es sencilla: temo profundamente que el paso del tiempo borre mis recuerdos. Quiero volver a momentos, a lugares o a personas. Poder sonreírle a una fotografía y recordar el instante que viví al capturarla.
Quizá me gusta acumular imágenes porque sé que la memoria es frágil y busco ponerle una red al tiempo.
Pero algo me hizo reflexionar cuando enjaulé aquel paisaje tan bonito entre los cientos de fotografías que había amontonado durante aquellos días.
Hago fotos para no olvidar, pero a veces, por empeñarme en conservar un instante, dejo de estar del todo dentro de él.
Queremos guardar tanto los momentos que corremos el riesgo de no vivirlos enteros.
Puede que la respuesta no esté en dejar de hacer fotos. Tal vez se trate simplemente de aprender a mirar antes de guardar. De concederle unos segundos al paisaje, a la persona o al instante antes de convertirlo en una imagen más dentro de una galería infinita.
Porque una fotografía puede ayudarnos a recordar cómo era un lugar, qué ropa llevábamos o quién estaba a nuestro lado. Pero hay cosas que ningún objetivo consigue atrapar: el ruido del mar, una conversación inesperada o la sensación exacta de estar allí.
Las fotos conservan solo una parte del recuerdo. La otra depende de nosotros.
Así que seguiré fotografiando. Seguiré ordenando álbumes y regresando a ellos cuando me atrape la nostalgia. Pero quizá, la próxima vez que algo me parezca digno de guardar, intente hacer una cosa antes de sacar el teléfono.
Mirar.








