El trono del columnista

Nueva entrega de 'El rincón del jubilado', la sección de Pedro Berbel en TRIBUNA

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El trono del columnista
Un hombre leyendo su móvil sentado en la taza del váter. TRIBUNA.
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.
Última actualización: 

Hace poco, un amigo me hizo un comentario a propósito de una de mis columnas que ha cambiado por completo mi manera de medir mi carrera periodística. No me dijo que fuera brillante. Tampoco que estuviera especialmente bien escrita. Ni siquiera que estuviera de acuerdo conmigo. Me dijo algo mucho más importante: "Te leo en la taza del váter".

Creo que acabo de subir de categoría como columnista. Hasta ahora utilizaba los indicadores equivocados: número de lectores, comentarios, artículos compartidos, felicitaciones de amigos y algún que otro desconocido que me para y me dice que me lee. Todo eso está muy bien, pero desde aquel mensaje me parece bastante secundario.

He descubierto el verdadero indicador del éxito: que alguien se lleve tu columna al váter. Piénsenlo. Vivimos en una época en la que conseguir la atención de alguien durante cuatro minutos empieza a resultar más difícil que conseguir una hipoteca. Mientras leen estas líneas pueden recibir un WhatsApp, un correo electrónico, tres notificaciones, una llamada y un vídeo imprescindible de un señor cayéndose de una bicicleta.

La competencia es feroz. Por eso tiene un valor extraordinario que alguien decida reservarte uno de los pocos momentos de absoluta intimidad que todavía conserva. Bueno, absoluta intimidad tampoco. Probablemente haya entrado con el móvil. Antes se llevaba el periódico. Algunas casas tenían incluso un revistero junto al inodoro. Nunca fuimos conscientes de su importancia cultural. Aquello no era un simple accesorio de baño. Era una biblioteca especializada. Después llegó el teléfono móvil y el cuarto de baño se convirtió en una sucursal de internet. Allí se consulta la prensa, se contestan mensajes, se revisan las redes sociales, se mira el fútbol y, si la visita se prolonga, probablemente dé tiempo hasta para comparar seguros.

Por eso mi satisfacción es todavía mayor. No compito solo con otros columnistas. Compito con WhatsApp, las noticias, las redes sociales, el correo electrónico y los vídeos de gatos. Y he conseguido entrar. No sé si existe algún organismo que mida estas cosas. Si no existe, propongo crear el TCI (Toilet Columnist Indicator). Naturalmente, en inglés, porque cualquier indicador que se precie tiene que estar en inglés. En castellano sería simplemente el Indicador del Columnista en el Váter y, reconozcámoslo, pierde bastante prestigio.

Su cálculo sería sencillo. Bastaría preguntar a los lectores dónde acostumbran a leer cada columna. No es lo mismo una lectura apresurada en un semáforo que conseguir que alguien cierre una puerta y se siente tranquilamente contigo. Aunque reconozco que hablar de lectores que no están haciendo otra cosa mientras me leen sería faltar a la verdad. Los escritores de verdad pueden aspirar a ocupar algún día un lugar en una biblioteca. Yo, que de momento solo soy un modesto columnista, he decidido fijarme objetivos más realistas. Por algo se empieza.

Quizá detrás de toda esta tontería haya incluso algo serio. Para quien escribe, el verdadero lujo ya no consiste solamente en tener lectores. Consiste en que alguien te entregue voluntariamente unos minutos de su tiempo. Da igual que sea en el tren, en una cafetería, en la cama antes de dormir o, según acabo de descubrir, sentado en el inodoro. Al otro lado de cada artículo hay alguien que podría estar haciendo cientos de cosas y ha decidido leerte. Eso, para un becario, empieza a parecerse bastante al éxito. Seguiré mirando el número de lectores y alegrándome con cada comentario. Pero ya tengo mi propio indicador de crecimiento profesional.

Primero te lee la familia. Después los amigos. Un día descubres que también te leen desconocidos. Y finalmente llega la consagración. Alguien se encierra contigo en el cuarto de baño. No sé adónde puede llevarme mi carrera periodística después de esto. Como becario jubilado no aspiro todavía a ocupar un lugar en la historia del periodismo. De momento, me conformo con tenerlo junto al rollo de papel higiénico.

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