El centro del mundo

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El centro del mundo
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

Durante buena parte de nuestras vidas nos enseñaron geografía con un pequeño engaño que nadie consideraba tal. Abríamos un mapamundi y Europa aparecía orgullosamente colocada en el centro. Al oeste, América. Al este, Asia. Y nosotros, naturalmente, en medio.

Resulta curioso porque la Tierra sigue siendo redonda y en una esfera no parece sencillo decidir dónde está el centro. Pero Occidente no solo consiguió colocar Europa en el centro de los mapas. También en el centro de su manera de entender el mundo.

He regresado de Japón y pocas cosas resultan tan reveladoras como viajar diez mil kilómetros para descubrir que existen otras formas de organizar una sociedad con el mismo éxito y, en algunos aspectos, bastante mejor.

Osaka empezó a desmontar mis prejuicios desde el primer día. Japón es uno de los países más avanzados del planeta y, sin embargo, la primera tecnología que llama la atención no lleva cables ni necesita batería. Se llama educación.

Se habla bajo. Se respetan las colas. Apenas hay papeleras y tampoco hay basura. Uno termina llevando un envoltorio en el bolsillo hasta comprender una idea revolucionaria: quizá para mantener limpio un país no hagan falta tantas papeleras como personas que no tiren las cosas al suelo.

Esa consideración aparece incluso donde menos la esperas. Los inodoros japoneses hacen tantas cosas por ti que casi echas de menos un poco de intimidad. Nunca imaginé sentirme tan acompañado en un cuarto de baño. Allí hasta la tecnología parece diseñada para molestar un poco menos.

En Kioto me acerqué al mundo de las geishas y descubrí una realidad distinta de la que muchos occidentales imaginamos. Jóvenes que dejan su entorno familiar para integrarse en comunidades cerradas, sometidas a una disciplina exigente y dedicadas durante años al aprendizaje de artes y tradiciones centenarias. Salvando las distancias, aquella forma de vida tuvo para mí algo de monacal.

Quizá lo admirable sea que Japón conserve sus tradiciones sin sentir la necesidad de justificarlas. Pueden fabricar trenes que parecen llegar del futuro y celebrar ceremonias centenarias sin encontrar contradicción alguna. Tal vez nosotros hayamos confundido alguna vez modernidad con romper demasiado deprisa con lo que éramos.

No todo me sedujo. Los japoneses son extraordinariamente respetuosos, pero también reservados. Se respetan mucho y se rozan poco. Nosotros probablemente nos respetamos algo menos y nos tocamos bastante más.

Cada uno tendrá sus preferencias, y quizá ahí radique la gracia de viajar. No en regresar explicando quién lo hace todo mejor, sino en descubrir que nadie tiene el monopolio de hacerlo bien.

A Japón le vendría estupendamente alguna sobremesa española. Y a nosotros, unas cuantas estaciones japonesas. Ellos podrían guardar alguna cola menos. Nosotros deberíamos aprender a guardarlas. A ellos les vendría bien algún abrazo sentido de más. A nosotros, algún cabreo absurdo de menos.

Japón y España llevan años disputándose los primeros puestos en longevidad. Algo tendrán que ver dos cocinas con enorme respeto por el producto. Eso sí, si mi longevidad dependiera exclusivamente de alimentarme como un japonés, las estadísticas internacionales sufrirían un pequeño retroceso.

En Tokio el sumo me regaló otra cura contra los prejuicios. Cuesta mirar aquellos cuerpos con nuestros cánones occidentales y pensar en deportistas de élite. Hasta que empiezan a moverse. Fuerza, equilibrio y una flexibilidad asombrosa confirman que las apariencias engañan.

Tokio me reservaba otra imagen. En una de las ciudades más pobladas del mundo, el cruce de Shibuya parece desafiar las reglas del caos. Miles de personas cruzan simultáneamente en todas direcciones y nadie choca, empuja o levanta la voz. El caos desaparece sin haber existido nunca.

He vuelto de Japón sin saber dónde está el centro del mundo. Afortunadamente.

Seguiremos colocando Europa en mitad de nuestros mapas. Algún sitio habrá que elegir cuando convertimos un globo en una hoja de papel. Lo peligroso empieza cuando confundimos el centro del mapa con el centro del mundo.

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