Lo dicen porque me quieren
Nueva entrega, como cada jueves, de 'Columna entre miradas', escrita por Sonia Dueñas
Acabo de escribir un texto. Lo reviso, lo corrijo. Lo leo unas veinte veces antes de darlo por terminado. Y una voz dentro de mí piensa: "¿Qué chapuza acabo de escribir?".
Se lo paso a mi gente de confianza. Y esa voz vuelve a retumbar: "No les va a gustar. ¿Cómo les va a gustar si es horrible?".
"Me ha encantado", me dicen, lanzándome una mirada de orgullo.
Y esa validación, que tanto me cuesta concederme a mí misma, me sumerge en una sensación de alivio momentáneo. Pero enseguida, acechando cualquier instante de reconocimiento personal, regresa la voz.
"Lo dicen porque me quieren".
Como si el cariño invalidara el criterio.
Durante mucho tiempo pensé que aquella voz solo me acompañaba a mí. Hasta que empecé a escucharla en los demás. En mi amiga, que detesta su sonrisa y no sabe que es precisamente lo primero que otros recuerdan de ella. En mi compañera, que cree que no es buena en su trabajo, aunque todos acudan a ella cuando necesitan consejo. Y en quien evita salir en las fotos porque solo encuentra defectos donde los demás vemos a la persona que queremos.
Es curioso. Nosotros no nos contemplamos como nos contemplan los demás.
Puede que el problema sea que llevamos demasiado tiempo mirándonos en el mismo espejo. Sabemos dónde está la marca, la arruga o esa pequeña imperfección que tanto nos molesta; el error que todavía nos reprochamos o esa parte de nosotros que nunca nos parece suficiente. Nuestra mirada va directa hacia esos defectos porque sabemos exactamente dónde encontrarlos. Los demás, en cambio, no nos miran buscando todo aquello que creemos que está mal.
Quizá la mirada ajena no siempre sea más verdadera que la nuestra, pero tampoco tiene por qué ser menos válida. Sin embargo, rechazamos con facilidad un elogio y aceptamos sin discutir cualquier reproche que venga de nosotros mismos.
Solemos dar credibilidad a nuestra voz más cruel.
No se trata de creer ciegamente todo lo bueno que otros ven en nosotros. Ni de vivir dependiendo de su aprobación. Pero quizá, de vez en cuando, podríamos considerar la posibilidad de que no estén equivocados.
Que la sonrisa de mi amiga sea tan bonita como todos dicen. Que esa compañera sí sea buena en su trabajo. O que aquel texto que escribí no sea ninguna chapuza.
Puede que, a veces, necesitemos la mirada de alguien que nos recuerde que también somos todo aquello que nosotros no alcanzamos a ver.
Nueva entrega, como cada jueves, de 'Columna entre miradas', escrita por Sonia Dueñas
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