Dos historias

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Dos historias
Una mujer, manchada de pintura, mira su vestidor.
El autor esSonia  Dueñas Forte
Sonia Dueñas Forte
Lectura estimada: 2 min.

Hace unos días terminé de leer Carrie, de Stephen King. Lo leí con unos ojos muy diferentes a los que en su día vieron la famosa película de 1976. Quizás porque meterme en la cabeza de quienes disfrutaban atormentando a la rarita del instituto me llevó a preguntarme quién era el auténtico monstruo de la historia.

Pero lo que de verdad me hizo reflexionar fue la enorme diferencia entre el peso que tiene un mismo gesto para quien lo hace y para quien lo recibe.

Porque, ¿qué supone una frase dicha sin pensar? ¿O una broma pesada un martes cualquiera? Para quien la hace, probablemente, nada. Una forma más de sentirse por encima de otro. Para quien la recibe, seguramente sea un eco que retumbará sin piedad en sus momentos más débiles.

Todavía recuerdo -claro que recuerdo- esa tarde de verano en la terraza de un restaurante. Hablábamos de tiendas y ropa cuando una compañera miró primero a su amiga y después a mí: "Tú no vistes igual que nosotras. Vistes diferente".

Para ellas aquella frase se evaporó en el mismo momento de soltarla. Seguramente no se detuvieron un solo segundo a pensar si aquello había sido de mal gusto. No le dieron la más mínima importancia.

Han pasado seis u ocho años desde entonces. Y yo sigo escuchando esa frase todos los días que me enfrento al armario antes de vestirme. La oigo con claridad, percibiendo hasta el tono con el que pronunció cada palabra. Su voz acabó convirtiéndose en la mía.

Puede que todo tenga que ver con las distintas maneras de vivir las cosas. La vida cotidiana está plagada de comentarios, miradas o gestos cuyo significado cambia por completo según quién los haga y quién los reciba.

Todos podemos recordar alguna palabra que apenas significó nada para quien la pronunció y acabó significándolo todo para quien la escuchó.

Y es que tendemos a pensar que vivimos los mismos acontecimientos. Coincidimos en el mismo lugar, escuchamos las mismas palabras y presenciamos la misma escena. Pero nunca vemos exactamente lo mismo, porque cada mirada añade una historia distinta a aquello que ocurre delante de nuestros ojos.

Las chicas que se reían de Carrie mientras sangraba en el baño no vieron lo mismo que vio ella. No escucharon las risas de la misma forma. Apenas dedicarían esa noche un segundo a pensar en ello.        

Las chicas con las que compartí aquel rato en el restaurante nunca vivieron aquella escena del mismo modo que yo. Compartimos el mismo escenario, pero dos historias distintas. Una terminó al levantarse de la silla, la otra sigue delante de mi armario.

Puede que esa sea la mayor trampa de las relaciones humanas: creer que, porque estuvimos en el mismo lugar, vivimos la misma historia.

7 Comentarios

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usuario anonimo 7/22/2026 - 10:02:02 AM
Leyendo esta reflexión, me lleva a la peli El Diablo Viste de Prada. Y es que, cuantas veces hemos escuchado...''Cuant@s darían lo que fuera por estar donde estas..'' o similares, y realmente quien recibe esas palabras esta deseando huir de ese paraíso convertido en infierno. ¿Por qué nos empeñamos en cambiar para encajar? Esa adaptación/sufrimiento es un valor añadido o una perdida de identidad ¿? Supongo ,que como en la peli, siempre es bueno explorar hasta ciertos limites, pero traicionarse a uno mismo es la peor de las visiones porque, aunque se dude y se sienta el mundo pequeño, relaciones humanas hay muchas pero tú solo hay uno. Bravo la gente empática, y bravo la gente con personalidad.
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usuario anonimo 7/17/2026 - 1:53:26 PM
Espectacular. Qué buen dominio de la palabra!!
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usuario anonimo 7/16/2026 - 6:39:27 PM
Estupenda reflexión. Es la realidad de las distintas formas de ver las cosas
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usuario anonimo 7/16/2026 - 4:30:54 PM
Pues ahora puedes hacer la misma reflexión a tus amigas pero sin ser tan superficial como ellas "Vosotras no escribis igual que yo, no?"
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usuario anonimo 7/16/2026 - 1:28:25 PM
Buena reflexión. Vale, tanto para quien da, como para quien recibe. Quien da debe medir el efecto en el otro y contener, o al menos controlar y elegir el momento de su sinceridad. Quien recibe, para no confundir esta sinceridad con la maldad. Esperemos que no seas tan rencorosa como Carrie. Anima a tus amigas a hacerse donantes de sangre, que parece que hacen falta estos días, y que la misma no llegue al rio. Así podrás juntar tu runrún de ese recuerdo con que consiguieras esa vendeta, ¡Que corra la sangre!
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