La palabra robada del Arzobispo

imagen
La palabra robada del Arzobispo
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.

De todo lo que dijo Luis Argüello el pasado jueves en Madrid, lo más grave no es el insulto, con serlo. Es el robo. El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal construyó su discurso con palabras ajenas: una cita de san Agustín a la que amputó la justicia, un vocabulario -"paguita"- tomado de Vox, y el nombre de Cáritas, vuelto desprecio. Casi nada era suyo. Suyo, solo el sentido de la oportunidad.

"Cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones. A las pruebas me remito", dijo, y no rectificó: precisó que se refería "al Estado", no al Gobierno, e ironizó que "cada uno verá por qué se siente aludido". Tampoco fue el único exceso: las "democracias liberales" se han vuelto "asistencialistas" por dar "una paguita" a "ciudadanos pasivos"; el Estado no debe ser "una Cáritas laica que da limosnas"; y el orgullo LGTBI esconde "una deconstrucción antropológica" y es "el pecado de Satán".

La pieza más extravagante merece una pausa: la caída de la natalidad no responde, explicó, a las causas que la demografía lleva medio siglo documentando -vivienda, precariedad, conciliación-, sino a un plan de "grandes fundaciones" estadounidenses con la complicidad de la izquierda europea para "disminuir los comensales a la mesa". Puro conspiracionismo. A lo primero han dedicado su carrera generaciones de demógrafos. A lo segundo ha llegado un arzobispo sin formación alguna en demografía. No hace falta refutarlo. Basta con citarlo.

Todo ello, un mes después de que León XIV pidiera desde el Palacio Real, el 6 de junio, "abandonar las narrativas divisivas". Bolaños respondió con una carta preguntando qué le parecería que el Gobierno llamase a la Iglesia "banda de agresores sexuales". Añadamos el dato que nadie mencionó: la financiación pública de la Iglesia española podría superar, según Europa Laica, los 11.000 millones anuales.

Vayamos a la frase que originó todo. San Agustín no la escribió contra un Estado que reparte entre los suyos, sino contra Roma, el imperio que devoraba pueblos ajenos: "sin justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?" es un alegato contra la conquista, no contra la fiscalidad ni el subsidio. Argüello suprimió la palabra "justicia" -la que le obligaría a mirar también al Poder Judicial- y dejó solo la acusación. Es la operación que hizo JD Vance con Tomás de Aquino al invocar el "ordo amoris" contra la ayuda exterior estadounidense: vaciar una doctrina sobre la caridad hasta hacerla excusa de la exclusión. El Papa Francisco le respondió con la parábola del buen samaritano; el entonces cardenal Prevost, hoy León XIV, fue más directo: "JD Vance se equivoca". Argüello cita al santo cuya obra ese Papa -fraile agustino, doce años Prior General- conoce mejor que nadie en Roma. No es ingenuidad: es apropiarse de una autoridad que ya desautorizó la maniobra.

Nada de esto es casual ni solo español: pertenece al repertorio de la nueva derecha estadounidense, con JD Vance como rostro visible, bisagra entre un catolicismo posliberal que vio en la Hungría de Orbán su modelo político (Patrick Deneen) y una ultraderecha tecnológica escéptica de la propia democracia (Peter Thiel). Argüello no necesita haberlos leído para reproducir sus consignas: la guerra cultural no distingue idiomas, y aquel jueves encontró casulla.

Conviene ser justos: criticar a Argüello no es criticar a la Iglesia ni su obra social, que merece reconocimiento pleno cuando su única brújula es el Evangelio. Pero hay una ironía que prefiere no mirar: el Estado social que llama "asistencialista" no nació como invención laica hostil a la Iglesia; nació, en buena parte, como secularización de su propia obra. Carl Schmitt lo formuló hace un siglo: los grandes conceptos del Estado moderno son conceptos teológicos secularizados. Los hospicios, las casas de misericordia, la beneficencia que organizó la caridad antes del derecho social: de ahí desciende el Estado de bienestar que Argüello ridiculiza. Cuando dice que el Estado no debe convertirse en "una Cáritas laica", no describe una desviación. Describe, sin quererlo, su propia genealogía.

Y su tradición dice, además, lo contrario. Desde "Rerum Novarum", en 1891, hasta "Laudato Si’", la doctrina social católica ha defendido los derechos laborales, el salario justo y la responsabilidad pública hacia los más vulnerables. El recelo hacia la "paguita" -la sospecha de que ayudar genera dependencia moral- no tiene raíz ahí: es importación de circunstancias, no herencia doctrinal. Argüello no habla como heredero de su Iglesia. Habla como un político que ha encontrado, en el vocabulario ajeno, una frase eficaz.

Argüello no siempre habló así. En 1975, cuando Franco cerró la Universidad de Valladolid, él era un joven delegado de la Facultad de Derecho y participaba en las protestas. Años después, ya profesor de Derecho Administrativo, algo se movió en él y sintió una vocación religiosa tardía; trabajó con Cáritas diocesana en la atención a toxicómanos.

La Cáritas real -la que él conoció por dentro- lo demuestra en su última memoria: 2,1 millones de personas acompañadas, 529,9 millones de euros invertidos. Esa es la que hoy usa como insulto: la que da de comer y aloja sin preguntar por el pasaporte. Semanas antes, León XIV visitó un centro de Cáritas Madrid para personas sin hogar y dejó el reverso exacto de la frase de Argüello: "Quien está en Madrid, es de Madrid".

Max Weber distinguía la ética de la convicción, que no rinde cuentas de sus efectos, de la responsabilidad, que los mide antes de hablar. Argüello conoce la diferencia de sobra. Se le puede pedir, sin faltar al respeto de su cargo, coherencia: que no cite a Agustín contra el Estado que integra -y financia- sin haber leído hasta el final la página que cita. En un Estado aconfesional que sostiene a la Iglesia con fondos públicos, esa coherencia no es un favor: es condición de la propia aconfesionalidad. La banda de ladrones, si la hay, no se define por dar demasiado. Se define por robar la cita a quien la escribió.

 

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App