La inteligencia artificial ya está aquí

Artículo de opinión de Luis Inglada Galiana para TRIBUNA

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La inteligencia artificial ya está aquí
Trabajo científico sobre inteligencia artificial. (Foto: E. Press)
Luis Inglada Galiana
Lectura estimada: 3 min.

Durante años hemos hablado de la inteligencia artificial como si fuera algo del futuro. Algo que "llegará". Algo que transformará nuestras vidas... algún día. Ese día ya ha pasado. La inteligencia artificial no está llamando a la puerta: está sentada en el salón. Y, aunque no siempre se note, ya está cambiando cómo trabajamos, cómo nos informamos y, en algunos casos, cómo pensamos. En Castilla y León -y en Valladolid en particular- este cambio no es una abstracción tecnológica. Tiene consecuencias concretas. Está en los hospitales, en las aulas, en las empresas... y cada vez más en la vida cotidiana.

En sanidad, por ejemplo, los sistemas de inteligencia artificial ya son capaces de detectar enfermedades con una precisión que, en determinados casos, supera a la del profesional humano. No se trata de sustituir al médico, sino de algo más incómodo de asumir: que el papel del médico está cambiando. Pasamos de ser quienes diagnostican a ser quienes interpretan, supervisan y deciden cuándo confiar -y cuándo no- en la máquina. Esto no es ciencia ficción. Es presente.

En educación ocurre algo similar. Estudiantes que utilizan inteligencia artificial para resumir textos, resolver problemas o redactar trabajos. La pregunta ya no es si deben usarla -porque la usan-, sino si estamos enseñando a utilizarla bien o simplemente mirando hacia otro lado. Y en el ámbito laboral, el cambio es aún más silencioso. No estamos viendo despidos masivos, pero sí algo más difícil de percibir: puestos que desaparecen sin hacer ruido. Vacantes que ya no se cubren porque una herramienta puede hacer ese trabajo más rápido y más barato.

Aquí aparece una de las ideas clave que deberíamos asumir cuanto antes: la inteligencia artificial no elimina el trabajo en general, pero sí elimina determinados trabajos, especialmente los más repetitivos y previsibles. Esto genera una división cada vez más clara entre quienes saben utilizar estas herramientas -y multiplican su productividad- y quienes quedan al margen. Pero no todo son ventajas.

La inteligencia artificial también trae riesgos que no estamos gestionando con suficiente seriedad. La desinformación, por ejemplo. Hoy es posible generar vídeos o audios falsos extremadamente realistas con herramientas accesibles ,para cualquiera. Esto cambia las reglas del juego: ya no basta con "ver para creer". Otro riesgo menos visible, pero igual de importante, es la delegación del
pensamiento. Cuando una máquina responde por nosotros, resume por nosotros o decide por nosotros, corremos el riesgo de dejar de hacer ese esfuerzo. Y eso, a largo plazo, tiene consecuencias.

La historia ya nos ha enseñado algo parecido: cuando dejamos de movernos físicamente, tuvimos que inventar gimnasios. Con el pensamiento puede pasar lo mismo. Hay además un problema más profundo: el control. Gran parte de las decisiones sobre cómo funcionan estos sistemas -qué pueden hacer, qué no, qué respuestas dan- están en manos de unas pocas empresas privadas, sin
control democrático real. Nunca antes una tecnología con tanto impacto había estado tan concentrada.

Frente a todo esto, la peor opción es la pasividad. No se trata de ser tecnófilo ni tecnófobo. Se trata de ser consciente. De
entender que esta transformación ya está en marcha y que ignorarla no la detiene, solo nos deja atrás. En lugares como Singapur o Emiratos Árabes Unidos, la inteligencia artificial ya forma parte de la administración pública y de la formación de los ciudadanos. No porque tengan más recursos, sino porque han entendido algo esencial: que esto no es opcional.

Y aquí es donde la reflexión nos toca de cerca. ¿Estamos preparando a nuestros profesionales, a nuestros estudiantes, a
nuestras instituciones para este cambio? ¿O seguimos tratándolo como un tema secundario? La inteligencia artificial no es una moda pasajera. No es una herramienta más. Es un cambio estructural comparable a la revolución industrial, pero mucho
más rápido.

Y, como ocurrió entonces, habrá ganadores y perdedores. La diferencia es que, esta vez, aún estamos a tiempo de decidir en qué lado queremos estar. Porque la inteligencia artificial no va a desaparecer. Ha venido para quedarse

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