El miedo que educa
La lectura de 'La linterna mágica', las memorias de Ingmar Bergman, a la que he vuelto este verano, es la que ha traído esta reflexión sobre el miedo y la educación.
Bergman cuenta que su infancia estuvo construida sobre el pecado, la confesión, el castigo, el perdón y la misericordia: la gramática exacta de una casa luterana, hace ya un siglo. Después de los azotes, recuerda, había que besar la mano que los había dado, y entonces llegaba el perdón, inmediato, casi mecánico. Cinco palabras que funcionaban como una lengua, no como una doctrina que se discutiera: uno no discute la gramática de su propio idioma, la aprende, y con ella aprende también qué queda, sencillamente, fuera de lo pensable.
El escenario es sueco y luterano, pero la gramática no lo es tanto. Con esas mismas cinco palabras se explicaba también aquí por qué un padre levantaba la voz, por qué había que arrodillarse antes de dormir, por qué Dios sabía lo que se había hecho aunque nadie más lo hubiera visto. Y no era solo costumbre de casa: el artículo 154 del Código Civil español reconoció expresamente a los padres la facultad de corregir a sus hijos de forma moderada, y esa facultad no desapareció de la ley hasta el año 2007. Con variaciones, la aprendieron muchos, y durante décadas la ley estuvo del lado de los padres, no del de los hijos.
Miedo y educación son, en este relato, casi la misma palabra dicha dos veces: la educación no enseñaba a pensar el castigo, enseñaba a temerlo, y el temor bien administrado no necesita explicarse, solo repetirse. Bastaba una bofetada, o algo más elaborado -el silencio prolongado, la culpa en dosis pequeñas-, perfeccionado de generación en generación como una herramienta que corta cada vez con menos esfuerzo. Discutirlo habría sido ya un acto de libertad, y de libertad no se sabía nada: no se había probado, ni había vocabulario para echarla de menos.
Así funciona un sistema jerárquico bien construido: todas las puertas están cerradas, pero desde dentro no se nota, porque nadie te ha contado que existen las puertas.

Y aquí llega lo que más cuesta admitir: esa educación no se quedó en la mesa de cada noche. Tuvo, en España, nombre propio y hora de clase: Formación del Espíritu Nacional, asignatura obligatoria desde 1944, impartida junto a la de Religión y no por el profesorado ordinario, sino por miembros del partido único, con el objetivo declarado de imprimir en los escolares la doctrina del Movimiento. Pecado y patria se enseñaban en el mismo edificio, a menudo en la misma hora, y entrenaban para obedecer en todo lo demás. Cuando llegaba el momento de aceptar un régimen que exigía sumisión con la misma naturalidad que un padre, ya se sabía hacerlo: toda una vida de ensayo. La pasividad frente al poder político nace antes, en la costumbre de bajar la cabeza porque bajar la cabeza era lo que tocaba. Y esa costumbre, una vez aprendida, no distingue después entre un régimen y un jefe, una institución y una casa.
Bergman cuenta otra escena de aquella misma infancia, y es la que de verdad importa. Al niño lo encerraban también, como castigo, en un ropero oscuro, y él, que temía la oscuridad como cualquier niño, encendió una linterna de juguete y proyectó luces verdes y rojas sobre las paredes, inventándose historias para sobrevivir al encierro. Años después, un tío le mostró un cinematógrafo primitivo al que llamaban, precisamente, linterna mágica: de ahí sale el título del libro, y de ahí, en cierto modo, el cine que hizo el resto de su vida. El miedo no se limitó a someterlo. Encerrado en la oscuridad, aprendió a fabricar luz.
Ahí están los dos destinos posibles del miedo aprendido en la infancia: puede construir un adulto sumiso, entrenado para no discutir nada, o puede, mirado de frente el tiempo suficiente, convertirse en la fuente de lo que se hace después con la propia vida. El ropero es el mismo ropero. Lo que cambia es qué se decide hacer con la oscuridad.
Esa decisión -mirar de frente aquella educación, entenderla, y no dejar que se repita- es lo único que merece llamarse conquista de la libertad personal. No es un premio ni una casualidad biográfica: es un trabajo consciente que no termina en quien lo hace, porque el objetivo no es haberse librado uno mismo, sino que los que vienen detrás no tengan nada de lo que librarse.
Ahí es donde el odio se vuelve legítimo: el odio al Miedo, así, con mayúscula, como a un enemigo con nombre propio, el mismo al que las leyes españolas dieron cobertura hasta hace apenas veinte años. Odiarlo no como se odia un mal recuerdo, sino como se odia una enfermedad que sigue contagiándose, y hacer algo con ese odio, porque un odio que no se convierte en cuidado no sirve de nada: vigilar que el miedo no se cuele en una infancia disfrazado de disciplina, en una amistad disfrazado de exigencia razonable, disfrazado -su disfraz favorito- de sentido común en cualquier otro sitio.
Esto no es un ajuste de cuentas con quienes educaron así, educados a su vez del mismo modo. Es una responsabilidad que se elige, generación tras generación, hasta que alguna la rompe: se puede haber crecido con miedo y decidir, de adulto, que se detiene ahí.
Son más cosas, desde luego. Siempre son más cosas. Pero educación y miedo, tomados juntos, explican más de lo que suele admitirse: no solo cómo se forma a alguien, sino qué se hace después con esa formación. Bergman, encerrado en un ropero, encendió una linterna. Es, probablemente, la mejor instrucción que ha dejado nadie sobre qué hacer con el miedo cuando ya está dentro y no se puede deshacer lo hecho.








