Derecho al pesimismo

EL RINCÓN DEL BECARIO JUBILADO

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Derecho al pesimismo
Pesimismo.
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

A Don Antonio Garrigues Walker

Hay personas que dejan huella por lo que hacen. Antonio Garrigues Walker pertenece a una categoría todavía más excepcional: la de quienes dejan huella por cómo son. Después de una vida profesional sencillamente irrepetible, quienes hemos tenido la fortuna de conocerle conservamos el recuerdo de una persona cuya humildad, bondad y generosidad siempre fueron aún mayores que su inmenso prestigio. Y cuando una persona así comparte una reflexión, merece la pena detenerse a escucharla.

Hace años le escuché formular una tesis que, cuanto más tiempo pasa, más acertada me parece. Antonio Garrigues sostiene que existe un derecho que nunca deberíamos concedernos en una sociedad desarrollada y sana: el derecho al pesimismo.

La frase desconcierta. Porque cualquiera diría que vivimos precisamente en el reino del pesimismo. Basta encender la televisión, abrir un periódico o asomarse a las redes sociales para comprobar que todo parece irremediablemente mal. Guerra, inflación, polarización política, cambio climático, inteligencia artificial, crisis demográfica... Siempre hay un motivo para pensar que caminamos hacia el desastre.

Pero Garrigues no se refería a eso. No hablaba del pesimismo como estado de ánimo ocasional, perfectamente humano. Hablaba del pesimismo convertido en forma de entender la vida. De esa curiosa tendencia a considerar más inteligente al que anuncia catástrofes que al que todavía cree que los problemas tienen solución.

Quizá influya una frase que todos hemos oído alguna vez: "un optimista es simplemente un pesimista mal informado". Siempre me ha parecido una ocurrencia brillante... y profundamente injusta. Porque da por hecho que el conocimiento conduce inevitablemente al desaliento. Como si comprender mejor el mundo obligara a perder la esperanza. Yo creo exactamente lo contrario. Conocer la realidad no debería empujarnos al pesimismo, sino comprometernos aún más con la tarea de mejorarla.

No sé ustedes, pero yo confieso una pequeña debilidad. Si algún día me dieran la improbable misión de redactar el Boletín Oficial del Estado, quizá introduciría una modesta reforma legislativa: el pesimismo reincidente pasaría a ser una infracción leve contra el interés general. Con una sanción simbólica, naturalmente. No para recaudar, sino por higiene colectiva.

Porque el derrotismo es contagioso. Y una sociedad que pierde la esperanza empieza a renunciar, poco a poco, a mejorar.

Es verdad que el mundo tiene problemas. Muchos. Sería absurdo negarlo. Pero también es verdad que nunca hemos vivido tanto, ni con tanta salud, ni con tantos derechos, ni con tantas oportunidades de acceder al conocimiento. La historia de la humanidad no es una sucesión de desgracias; es, sobre todo, una larguísima historia de progreso construida por personas que se negaron a aceptar que el futuro estaba escrito.

Sin embargo, da la impresión de que hoy el optimismo necesita justificarse, mientras que el pesimismo disfruta de un prestigio casi automático. Como si anunciar el apocalipsis fuera una prueba de inteligencia y confiar en la capacidad del ser humano para resolver sus problemas fuera un síntoma de ingenuidad.

Tengo la sensación de que hemos confundido el espíritu crítico con el derrotismo. Y no son lo mismo. El espíritu crítico identifica los problemas para resolverlos. El pesimismo se limita a proclamar que no tienen remedio.

Hay una diferencia enorme. Por eso me gusta tanto la provocación intelectual de Antonio Garrigues. No pretende prohibir el pesimismo, por supuesto. Lo que nos recuerda es algo mucho más importante: que no podemos permitirnos convertirlo en una virtud, porque el pesimismo acaba convirtiéndose en una profecía que se cumple a sí misma.

Y es precisamente ahí donde cobra todo el sentido una frase luminosa de mi buen amigo Javier Galiacho. En una de sus columnas escribió que "la esperanza es una disciplina moral, una forma de coraje y la insumisión del alma frente al fatalismo". No se me ocurre una definición mejor. Porque la esperanza no consiste en cerrar los ojos a los problemas. Consiste en negarse a aceptar que los problemas tengan siempre la última palabra. Es, probablemente, la última trinchera que merece la pena defender.

Las grandes transformaciones de la historia nunca las protagonizaron quienes estaban convencidos de que todo estaba perdido. Las hicieron quienes decidieron que el fatalismo no podía tener la última palabra.

Antonio Garrigues tiene razón. Hay un derecho que una sociedad madura nunca debería reconocerse: el derecho al pesimismo. Porque el futuro empieza a perderse el día que dejamos de creer que todavía puede ser mejor.

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