Artículo de Javier López-Galiacho sobre la figura de la persona que lideró la gestión de uno los espacios culturales más emblemáticos de la ciudad
Enrique Cornejo, el empresario que amaba el Teatro Zorrilla
Artículo de Javier López-Galiacho sobre la figura de la persona que lideró la gestión de uno los espacios culturales más emblemáticos de la ciudad
Escribo estas líneas no solo como presidente de la Fundación Nacional Amigos de los Teatros Históricos de España (AMIThE), sino también como alguien que se siente, de algún modo, deudor de Valladolid. Porque uno no elige los afectos: los va encontrando. Y yo los he encontrado, y hondos, en la ciudad del Pisuerga. Nieto de un médico héroe de Annual, nacido en la cercana Castronuño y con calle en Albacete por su vida entregada a los demás, aprendí pronto el valor de la vocación, del sacrificio y del bien hecho. Quizá por eso siempre he admirado a quienes, como Enrique Cornejo, han entendido el teatro desde ese mismo compromiso: como servicio, vocación y acto de fe cultural.
Me precio, además, de contar en Valladolid con grandes amigos -el recordado senador Arévalo, Manolo Perucho, Pedro Berbel-, pero si hay un maestro en esta materia, alguien de quien he aprendido a querer los escenarios con respeto casi reverencial, ese es Enrique Cornejo. No alcanzo a comprender, y me duele profundamente, la decisión que ha supuesto apartarle de la gestión del Teatro Zorrilla, ese corazón escénico de Valladolid que él supo convertir durante 16 años en algo más que una sala: en una casa común del teatro español. Una incomprensible decisión, técnica, política o administrativa -llámese como se quiera-, que priva a la ciudad de una gestión extraordinaria y, lo que es más grave, de un modelo que va más allá de gestionar un teatro: es una forma de amarlo y de cuidar los teatros.
Porque Cornejo no solo programaba. Cornejo cuidaba el Teatro Zorrilla como edificio, como memoria y como proyecto. Supo dotarlo de una programación digna, ambiciosa y variada, atrayendo a los mejores actores, actrices y creadores de nuestro país. Supo, en definitiva, dignificar el espacio y hacerlo suyo sin apropiárselo nunca. Lo sé bien. En ese mismo escenario tuve el honor de estrenar El lector de Galdós, encarnado por un inmenso Manuel Galiana. Y doy fe, como autor y como espectador, de que detrás de aquella noche en la que colgamos el 'no hay billetes' había algo más que logística: había, sobre todo, sensibilidad, conocimiento y pasión por el teatro.
Recuerdo también las palabras de la gran Concha Velasco cuando tuve el privilegio de entregarle el Premio Pepe Isbert de Teatro. Me confesó entonces que, si había un empresario querido y un teatro en el que siempre anhelaba actuar, esos eran Enrique Cornejo y el Teatro Zorrilla. No puede haber mejor definición. En enero de 2025 asistí, emocionado, al acto de su proclamación como Hijo Predilecto de Valladolid. Fue un acto de altura, de justicia y de reconocimiento a un hombre culto, teatrero hasta la médula, taurófilo y, sobre todo, profundamente comprometido con la cultura.
Aquel día, Valladolid se reconocía en él. Por eso cuesta entender que, apenas un año después, se le aparte de la gestión de ese mismo teatro al que tanto dio. No es solo una cuestión personal; es, sobre todo, una pérdida colectiva. Pierden los vallisoletanos, que han encontrado en el Zorrilla un referente. Pierde el teatro español, que necesita gestores con experiencia, criterio y amor al oficio. Y pierden, en definitiva, nuestros autores, nuestros actores y el público.
A Cornejo le queda hoy el Teatro Muñoz Seca de Madrid, al que ha sabido insuflar vida con una programación dinámica y moderna, convirtiéndolo en un espacio de referencia en la capital de España. No nos engañemos: el Teatro Zorrilla no era un teatro más. Era, bajo la dirección de Cornejo, una joya del patrimonio teatral español. En tiempos en los que tanto hablamos de sostenibilidad, convendría recordar que también la cultura necesita gestores sostenibles: aquellos que no solo mantienen, sino que mejoran, cuidan y proyectan hacia el futuro.
Enrique Cornejo es, sin duda, uno de ellos.
Y la Diputación de Valladolid, titular del Zorrilla, no debería haberlo olvidado. Porque, como advertía don Quijote a Sancho, la ingratitud es el pecado que más pronto se conoce.







