La opinión de Pedro Berbel, como cada jueves, en TRIBUNA
El secreto del pádel
La opinión de Pedro Berbel, como cada jueves, en TRIBUNA
Aprovechando la invitación de unos amigos para asistir a una jornada del 'Valladolid Premier Pádel' que se celebra esta semana en nuestra ciudad, les expreso mi agradecimiento en forma de columna. De esta columna. No es un agradecimiento protocolario. Me apetecía volver a asomarme a un deporte con el que mantuve una relación intensa durante muchos años.
Y hablo con cierta autoridad sobre el asunto. Hubo una época en la que jugué al pádel siete días a la semana. Literalmente. Era un auténtico vicio. Me gustaba tanto que encontraba tiempo para jugar incluso cuando no lo tenía. Hasta que las lesiones decidieron por mí lo que yo no estaba dispuesto a decidir por mí mismo.
Por eso sé bien lo que engancha este deporte. Y sin embargo, sospecho que su secreto no está exactamente donde la mayoría cree. Basta observar lo ocurrido desde hace ya bastantes años. Ya casi no existe urbanización, promoción residencial o complejo deportivo de nueva construcción que no reserve un espacio para, al menos, una pista de pádel. Lo que empezó siendo una afición para unos pocos se ha convertido en un fenómeno social difícil de igualar. Esta semana, la Plaza Mayor de Valladolid vuelve a transformarse en un escenario deportivo espectacular. Miles de personas disfrutarán viendo jugar a profesionales capaces de hacer cosas que para el resto de los mortales resultan sencillamente imposibles.
Pero el éxito del pádel no se explica por ellos. Se explica por nosotros. Porque el pádel posee una virtud extraordinaria: permite disfrutar mucho antes de aprender. A los pocos minutos ya estás jugando. Mal, por supuesto. Pero jugando. Cuando quiero entender algo suelo recurrir a los maestros. Y en materia de observación en tono de humor, pocos maestros hay mejores que Leo Harlem, referencia frecuente en mis columnas. En uno de sus monólogos confesaba no entender un deporte en el que vale casi todo: que la pelota rebote en la pared, en el cristal, que salga de la pista o que vuelva a entrar. Precisamente ahí está parte del secreto. El pádel tiene la amabilidad de no humillar al principiante. Le permite sentirse jugador desde el primer día, aunque todavía esté muy lejos de serlo.
Otros deportes exigen paciencia, técnica, entrenamiento y una cierta capacidad para gestionar la frustración. El pádel, en cambio, tiene la cortesía de acogerte desde el primer momento. Te permite devolver algunas bolas, ganar algún punto, reírte de tus errores. Y marcharte a casa con la sensación de haber jugado al pádel, aunque en realidad hayas jugado bastante peor de lo que imaginas. Y posee otra virtud nada despreciable. Sigue siendo, en términos relativos, un deporte bastante democrático. No exige grandes desembolsos, equipamientos sofisticados ni cuotas al alcance de unos pocos. Una pala, tres amigos y una pista suelen bastar para organizar una buena tarde. Y eso, en los tiempos que corren, tampoco es un detalle menor.
Pero creo que tampoco ese es su verdadero secreto. Ese secreto reside en que el pádel casi nunca termina cuando acaba el partido. Continúa en la conversación posterior. En el café. En la cerveza. En la revancha de la semana siguiente. En el grupo de WhatsApp. En la amistad. Y quizá ahí encontremos gran parte de su éxito. En una época en la que hacemos cada vez más cosas solos delante de una pantalla, triunfa un deporte cuya principal virtud no es deportiva. Es social. Nos obliga a quedar. A hablar. A compartir. A reírnos de nosotros mismos. Y a descubrir que se puede pasar una tarde estupenda sin necesidad de hacer nada extraordinario.
Quizá por eso ha conquistado a varias generaciones. Porque no exige ser brillante. No exige ser el mejor. Ni siquiera exige ser especialmente bueno. Basta con ser razonablemente suficiente. Y tal vez ahí haya una pequeña lección para la vida. Porque vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente a destacar, a competir y a demostrar. Y paralelamente el deporte de moda parece recordarnos algo mucho más sencillo. Que no hace falta ser extraordinario para disfrutar. Y que algunas de las mejores cosas de la vida siguen ocurriendo cuando cuatro personas quedan para pasar un buen rato.








