La dictadura del termo
Escribo estas líneas desde la biblioteca de la Universidad de Valladolid. Se han acabado las clases y los exámenes finales asoman ya por el horizonte. La biblioteca está llena. Diría incluso que abarrotada. Cientos de estudiantes intentamos concentrarnos rodeados de apuntes, ordenadores portátiles, subrayadores de colores y una cierta dosis de ansiedad académica.
Y de termos. Muchos termos. Demasiados termos.
Los hay negros, blancos, azules, metálicos, enormes, diminutos, con pajita, sin pajita, y sospecho que algunos incorporan más tecnología que el ordenador con el que estudio. Todos tienen algo en común: hacen ruido al abrirse y al cerrarse. Un ruido perfectamente reconocible que se repite con una frecuencia asombrosa.
Clac. Un sorbo. Clac. Dos minutos de silencio. Clac. Otro sorbo.
Al cabo de una hora, uno llega a la conclusión de que está rodeado de una población extraordinariamente vulnerable a la deshidratación.
Confieso que la escena me fascina. Porque no recuerdo haber visto algo parecido jamás. Ni en bibliotecas, ni en aulas, ni en despachos. Hoy, en cambio, parece que cualquier actividad intelectual exige tener una botella de agua permanentemente al alcance de la mano. Como si el organismo humano hubiera perdido de repente la capacidad de esperar cuarenta minutos antes de beber.
Lo más curioso es que el fenómeno no se limita a las bibliotecas. Lo observo también en aulas, conferencias, reuniones e incluso acontecimientos deportivos. En el deporte de moda, el pádel, es habitual beber agua entre punto y punto, sin esperar siquiera al final del juego. Ignoro si los médicos han descubierto recientemente una nueva patología relacionada con la hidratación diferida, pero sospecho que no. Sospecho, más bien, que hemos incorporado a nuestra rutina una costumbre que repetimos con la misma naturalidad con la que consultamos el móvil o revisamos el correo electrónico.
Por supuesto, no me hablen de salud. No conozco un solo caso documentado de un estudiante que haya sufrido consecuencias irreparables por esperar al descanso para beber un vaso de agua. Sospecho que nuestros abuelos bebían cuando tenían sed. Nosotros hemos dado un paso más: bebemos por si acaso. Así que no descarto que dentro de unos años aparezcan cursos especializados en hidratación preventiva, aplicaciones que nos avisen cada siete minutos para dar un sorbo y expertos capaces de explicar en un podcast de tres horas los riesgos de permanecer cuarenta y cinco minutos sin acercarse a una botella.
Y quizá ahí esté lo interesante. Porque la dictadura del termo no trata realmente de agua. Trata de algo mucho más profundo. Trata de nuestra creciente incapacidad para aplazar cualquier impulso. Si suena el móvil, lo miramos. Si nos aburrimos, buscamos una pantalla. Si tenemos una duda, la consultamos inmediatamente. Si sentimos la más leve sensación de sed, acudimos al termo como quien atiende una emergencia médica.
Vivimos en una época que ha convertido casi todos los deseos en órdenes de ejecución inmediata. Y sin embargo, buena parte de la vida consiste precisamente en lo contrario. En esperar. En posponer. En resistir pequeños impulsos. En entender que no todo lo que nos apetece tiene que suceder en ese mismo instante.
Tal vez por eso admiro cada vez más el sentido común. Esa cualidad tan poco espectacular que nos permite distinguir entre una necesidad real y una simple costumbre. Entre lo urgente y lo accesorio. Entre lo importante y lo anecdótico.
Naturalmente, no propongo prohibir los termos en las bibliotecas. Bastante tenemos ya con los exámenes y bastantes prohibiciones nos rodean. Pero reconozco que, cuando escucho el vigésimo 'clac' de la tarde, me asalta una tentación autoritaria que procuro combatir con todas mis fuerzas.
Y entonces vuelvo a mis apuntes, recupero la concentración y sigo estudiando. Al menos hasta que alguien vuelva a tener una urgencia hídrica perfectamente aplazable.








