Quedamos, todos, atravesados

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Quedamos, todos, atravesados
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
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Antes de ser una ideología, el rechazo al mestizaje es un reflejo. El miedo a la cara distinta, a la piel distinta, a la sangre distinta. Todo lo demás -la teoría, la retórica identitaria, la defensa de los valores occidentales- es el barniz argumentativo de algo que opera en un nivel mucho más oscuro y mucho más triste. Y ese miedo, cuando se convierte en programa político, no es solo conservadurismo: es la forma más antigua de empobrecerse. Porque el pasado que los identitarios defienden nunca existió. Lo que existió siempre fue otra cosa: más mezclado, más contradictorio, más poroso de lo que cualquier discurso de pureza puede tolerar.

Esa obsesión tiene una dimensión que raramente se nombra: la pureza de la sangre. Con quién amenaza la reproducción del grupo. El identitarismo no teme perder una cultura: teme perder una jerarquía. Por eso la guerra cultural es siempre, debajo, una guerra económica: quién tiene derecho a estar, a trabajar, a ser atendido, a pertenecer. Lo llaman prioridad nacional, arraigo. Eso es la negación de la ciudadanía: convertir el azar del nacimiento en jerarquía de derechos.

Tampoco es una idea nueva. Michel de Montaigne, el gran ensayista francés del siglo XVI, lo vio con una claridad que sigue siendo incómoda quinientos años después. En sus 'Ensayos escribió que cada cual llama barbarie a lo que no forma parte de sus costumbres. Pero Montaigne fue más lejos. En Rouen, en 1562, conversó con indígenas traídos desde Brasil. Lo que llegó a comprender lo perturbó: se sorprendían de la desigualdad europea, de que adultos obedecieran a un rey de doce años. El bárbaro miraba al civilizado y veía la barbarie. Más tarde lamentó que ese encuentro no se produjera en términos de igualdad sino de destrucción por codicia. No celebró el mestizaje: lloró lo que pudo haber sido. El encuentro entre culturas no es valioso porque produzca riqueza. Es valioso porque es la única forma que tienen los seres humanos de reconocerse. Cuando ese reconocimiento falla, no hay mestizaje. Hay conquista.

España es ese caso. La lengua, la música y la arquitectura que hoy llamamos españolas son el resultado de capas civilizatorias sucesivas: fenicios, griegos, romanos, celtas, visigodos, árabes, judíos. Cuatro mil palabras castellanas tienen origen árabe: ojalá, albañil, aceituna, álgebra, azúcar. El flamenco sedimentó tradiciones árabes, judías, andaluzas y gitanas hasta producir algo culturalmente irrepetible. Los pueblos que lo crearon fueron perseguidos.

España se empobreció exactamente cuando decidió que esos pueblos no merecían quedarse. La expulsión de judíos y moriscos no fue el síntoma de la decadencia española: fue su causa. El Imperio empezó a desmoronarse cuando decidió ser puro. No después. Entonces. Hay en 1492 una ironía que la historia raramente iguala: el día que España llegaba a América expulsaba a quienes mejor podían ayudarla a pensarlo. Los herederos de esa decisión invocan hoy la pureza. La historia los condena dos veces: por lo que hicieron y por no recordarlo. Cada vez que Europa intentó purificarse produjo devastación. La expulsión de los judíos. Los Balcanes. El exterminio nazi. Eso no es coincidencia: es lógica.

Y tiene rostros.

Uno de ellos es Elias Canetti. Premio Nobel de Literatura, nacido en Bulgaria en una familia sefaradí que hablaba el castellano de los judíos expulsados en 1492, criado en Manchester, formado en Viena, escribiendo en alemán. Canetti no hablaba sobre el mestizaje europeo: lo era. Su familia hablaba ladíno no porque eligiera la mezcla sino porque unos reyes decidieron que los judíos no merecían quedarse. Esa lengua sin país es hermosa y es una herida. Las dos cosas a la vez. Nadie la eligió. Nadie puede devolverla a ningún lugar. Cada lengua que habitó fue una forma distinta de pensar el mundo. Perder una era perder una manera de ver. Las culturas no sobreviven conservándose: sobreviven cambiando. Lo que no cambia no se preserva. Se rompe.

Lo que Canetti vivió, el pensador martiníqués Édouard Glissant lo formuló: el contacto entre culturas produce algo nuevo que no existía en ninguna de sus fuentes. Irreversible. Sin marcha atrás. Quien hoy reclama pureza cultural razona con categorías griegas transmitidas por el islam medieval y reformuladas en latín. Es, él mismo, producto del mestizaje que rechaza. No existe lugar desde el que reclamar la pureza que no esté ya atravesado por la mezcla. La posición identitaria no es solo históricamente falsa: es filosóficamente autodestructiva. El miedo identitario no es el miedo a perder algo real. Es el miedo a descubrir que nunca estuvo ahí.

El contacto ya ocurrió. Lleva siglos ocurriendo. No hay pureza que restaurar porque nunca hubo pureza que perder. Quedamos, todos, atravesados. Europa no tiene un problema de identidad. Tiene un problema de memoria. Y la memoria, a diferencia de la identidad, no se inventa.

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