Trabajar sin prosperar
Hace unos días escuché al economista Marc Vidal pronunciar una frase que me obligó a detenerme unos segundos: "Una economía no se mide por cuánta gente trabaja; se mide por cuánta puede prosperar trabajando".
Me pareció una de esas frases que, más que responder preguntas, obligan a hacerse otras nuevas.
Durante décadas hicimos un pacto casi tácito con nuestros hijos. Estudia. Esfuérzate. Encuentra un trabajo. Si haces las cosas bien, vivirás mejor que nosotros. Era una promesa sencilla, casi un contrato social. El esfuerzo tendría recompensa.
Hoy tengo la impresión de que ese viejo pacto empieza a resquebrajarse.
España lleva demasiado tiempo conviviendo con una de las tasas de paro juvenil más altas de Europa. Pero quizá haya aparecido un problema todavía más inquietante. El de quienes sí encuentran trabajo y, aun así, descubren que trabajar ya no basta para prosperar.
Hace años, la expresión 'trabajador pobre' habría parecido una contradicción. Hoy describe la realidad de demasiadas personas. Gente que madruga, cumple con su jornada, paga impuestos y, sin embargo, no llega a fin de mes o lo hace con suma dificultad. Personas que no buscan hacerse ricas. Solo aspiran a independizarse, formar una familia o vivir con una tranquilidad que sus padres daban casi por descontada.
Por eso me preocupa especialmente el mensaje que estamos transmitiendo a los jóvenes. No tanto que el comienzo sea difícil - casi siempre lo ha sido -, sino que muchos empiecen a interiorizar que el esfuerzo apenas cambiará su futuro. Y pocas cosas resultan más desmoralizadoras que trabajar con la sensación de correr sobre una cinta de gimnasio: uno se esfuerza y suda, pero no avanza... y así resulta imposible llegar a ninguna parte.
Quizá tampoco sea casualidad que tantos jóvenes extraordinariamente preparados terminen desarrollando su vida profesional lejos de España. Cada año invertimos enormes recursos en formar ingenieros, médicos, investigadores, científicos o informáticos que después descubren en otros países la posibilidad real de prosperar con su trabajo. Exportamos talento con una facilidad sorprendente y, mientras tanto, nos consolamos pensando que, al menos, tienen empleo. Tal vez el verdadero fracaso no sea que se marchen. El verdadero fracaso es que una parte creciente de nuestros jóvenes llegue a la conclusión de que, para prosperar, tiene que desarrollar su proyecto de vida lejos de España.
Hay un dato que, por sí solo, explica mejor este problema que muchos discursos. El salario modal - el salario más frecuente, no el salario medio - apenas se sitúa por encima del salario mínimo. Dicho de otra manera: una parte muy importante de los trabajadores españoles se mueve peligrosamente cerca del suelo salarial.
Y quizá ahí esté una de las claves. Los países verdaderamente desarrollados no presumen tanto de cuál es su salario mínimo como de otra cosa mucho más importante: que la inmensa mayoría de sus trabajadores gana bastante más que ese mínimo. El verdadero éxito de una economía no consiste únicamente en elevar el suelo salarial. Consiste en construir una escalera que permita a la mayoría alejarse de él.
Porque prosperar no significa hacerse millonario. Significa poder mirar al futuro con una razonable sensación de progreso. Cambiar de coche sin que sea una temeridad. Ahorrar para la entrada de una vivienda. Tener hijos sin hacer antes una hoja de cálculo. Pensar que el esfuerzo de hoy servirá para vivir un poco mejor mañana.
Por eso sigo dándole vueltas a la frase de Marc Vidal.
Quizá una economía no deba conformarse con crear empleo. Su verdadera obligación consiste en crear oportunidades. Porque trabajar dignifica. Pero prosperar devuelve la esperanza.
Y pocas cosas resultan más peligrosas para un país que una generación convencida de que, por mucho que estudie, se esfuerce y trabaje, nunca conseguirá vivir mejor que la anterior. Porque el verdadero progreso de un país no consiste únicamente en que sus jóvenes encuentren un trabajo. Consiste en que encuentren un futuro.








