Terrazas en diciembre
Ahora que vamos hacia el buen tiempo, me apetece hablarles de una costumbre invernal, de algo que casi parece un oxímoron (por favor, disculpen la pedantería). Podría referirme a las palmeras en la nieve, pero no: me refiero a las terrazas en diciembre.
Hablo de una de esas costumbres que llegan sin que nadie las anuncie. Sin decreto. Sin rueda de prensa. Sin que uno tenga muy claro cuándo empezaron exactamente. Y de repente, están ahí.
Una de ellas - y quien viva en clima frío sabrá de qué hablo- es la de quedar en una terraza en pleno mes de diciembre. O de enero. O en ese tramo del invierno en el que el frío no es una sensación, sino una certeza.
Yo soy de Valladolid. Siempre he vivido aquí. Y puedo dar fe de algo: hasta no hace tanto, en invierno no había terrazas. No es que hubiera menos. Es que, sencillamente, no había.
Nadie en su sano juicio pensaba en sentarse al aire libre a tomarse un vino cuando el termómetro marcaba cero grados. Había un acuerdo tácito, una especie de sabiduría colectiva que nos llevaba a refugiarnos en el interior de los bares donde, además de conversación, había algo fundamental: calefacción.
Y entonces llegó la ley antitabaco de José Luis Rodríguez Zapatero; una buena ley que, con el tiempo, ha demostrado servir al interés general. Pero, como suele ocurrir, toda decisión tiene efectos secundarios. Y este no es menor. Porque en el intento - loable - de mejorar la salud de la ciudadanía, hemos terminado consiguiendo algo curioso: aumentar el número de resfriados y de gripes en personas no fumadoras que, hasta entonces, gozaban de una salud razonable.
Es decir, que hemos pasado de no fumar en interiores a tiritar en exteriores. Todo muy saludable, sin duda.
Hoy es perfectamente normal que alguien proponga:
- ¿Quedamos?
- Sí, en tal sitio. En la terraza.
¿En la terraza? ¿En diciembre?
Y lo más sorprendente no es que se proponga. Lo más sorprendente es que nadie se escandaliza. Es más: se asume con naturalidad. Incluso se defiende.
Y quizá ahí esté lo más interesante de todo. No en las terrazas, sino en la velocidad con la que las personas normalizamos costumbres nuevas simplemente porque empiezan a hacerlas los demás. Al principio algo nos parece raro. Después, moderno. Y finalmente inevitable.
Sucede con las terrazas en diciembre, pero también con muchas otras cosas. Con horarios absurdos, con mirar el móvil cada treinta segundos, con mandar audios de siete minutos o con pagar una fortuna por vivir en treinta metros cuadrados.
La masa tiene una enorme capacidad para convertir lo excepcional en cotidiano. Y casi nunca nos damos cuenta del momento exacto en el que dejamos de preguntarnos si algo tenía realmente sentido. Como por ejemplo sostener con absoluta convicción que se está muy bien en una terraza en diciembre.
¿Se está muy bien? ¿Con el abrigo puesto? ¿Con la bufanda? ¿Con las manos buscando refugio en el vaso caliente o en los bolsillos? ¿Con ese leve temblor que uno intenta disimular mientras sostiene que no, que no hace tanto frío?
Pues bien, yo confieso que no lo comparto. O mejor dicho, que no lo entiendo.
Me cuesta aceptar que hayamos convertido en hábito algo que, hasta hace no tanto, nos habría parecido un disparate. Que hayamos pasado de huir del frío a instalar mesas en mitad de él. Que hayamos decidido que tomarse un vino con un pincho es mejor si uno puede ver su propio aliento al hablar.
Mis amigos lo saben. Saben que, en diciembre, yo no quedo en terrazas. O al menos, que intento no hacerlo. Otra cosa es que lo consiga.
Porque también saben - y esto conviene reconocerlo - que, llegado el momento, termino cediendo. Que protesto, sí. Que hago algún comentario irónico. Que me recoloco la bufanda con cierto dramatismo. Pero que, al final, me siento.
Y me tomo el vino, me como el pincho y me río. Porque, por encima del frío, está el plan. Por encima de la terraza, están las personas. Y porque, aunque uno tenga principios, también tiene amigos.
Incluso cuando se empeñan en quedar en una terraza en diciembre.








