El culpable soy yo

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El culpable soy yo
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

Mi padre fue mi maestro en muchas cosas. También en una que, con los años, he comprobado que tenía bastante más profundidad de la que parecía.

Decía, con su retranca gallega, que en la vida no hay nada como tener un culpable. Lo decía medio en broma, pero también medio en serio. Porque venía a decir que, cuando aparece un culpable, el problema parece solucionado. Ya está. Ya sabemos a quién mirar. Ya tenemos dónde descargar la incomodidad. Ya podemos señalar, respirar tranquilos y seguir adelante. O fingir que seguimos adelante.

No hablo, claro está, del ámbito penal, ni de la mala fe, ni de esos casos en los que hay que exigir responsabilidades con todas las consecuencias.

Hablo de otra cosa. Hablo de la vida diaria, de los errores normales, de los fallos humanos, de los malentendidos, de las cosas que no salen como estaban previstas. Y ahí, muchas veces, perdemos demasiado tiempo buscando culpables y muy poco buscando soluciones.

Lo he visto en el trabajo. Lo he visto en reuniones interminables en las que importaba menos arreglar el problema que descubrir quién había fallado. Hasta el punto de que, más de una vez, terminé diciendo: "el culpable soy yo". No porque lo fuera, ni porque tuviera vocación de mártir, sino porque, una vez encontrado el culpable, por fin podíamos empezar a responder la pregunta importante: ¿qué hacemos ahora?

Porque esa es la cuestión: qué hacemos ahora.

Buscar culpables tiene algo de infantil. Nos tranquiliza. Nos ordena el enfado. Nos permite pensar que el problema no tiene que ver con nosotros, sino con otro. Con su torpeza, su despiste, su mala organización o su falta de criterio. Pero casi nunca mejora nada.

En una familia, buscar culpables no arregla una discusión. Entre amigos, no repara una herida. En una empresa, no recupera el tiempo perdido. En la universidad, en un equipo, en cualquier grupo humano, señalar suele ser mucho más fácil que asumir, ordenar y resolver. Y también mucho menos útil.

Y no deja de ser llamativo. Porque muchas veces ese impulso de buscar culpables nace con buena intención. Queremos entender qué ha pasado. Evitar que vuelva a ocurrir. Poner orden. Pero en ese intento, confundimos con facilidad el análisis con el señalamiento. Y cuando eso ocurre, dejamos de avanzar.

Porque el tiempo que se dedica a buscar culpables es tiempo que no se dedica a resolver. Y esa es, probablemente, la pérdida más costosa de todas.

Y la madurez empieza justo ahí, en dejar de preguntar quién ha tenido la culpa como si eso bastara. En empezar a preguntar qué parte depende de mí, qué puedo hacer, qué se puede corregir, qué aprendizaje deja lo ocurrido.

Porque asumir no siempre significa cargar con todo. A veces significa, simplemente, aceptar que las cosas pasan, que los errores forman parte del camino y que lo importante no es tanto quién falló como qué hacemos después.

Quizá por eso conviene pararse un momento para concluir que mi padre tenía razón. No hay nada como tener un culpable. Sobre todo cuando no queremos complicarnos demasiado. Sobre todo cuando preferimos cerrar en falso antes que arreglar de verdad.

Por eso, llegado el caso, no está mal probar una fórmula sencilla: el culpable soy yo.

Y ahora, si les parece, intentemos arreglarlo.

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