Otra vez la Operación bikini

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Otra vez la Operación bikini
Con el móvil en la playa (Foto: EFE)
El autor esAndrés  Miguel
Andrés Miguel
Lectura estimada: 2 min.

Llegó la primavera, esta primavera nuestra que es, habitualmente, preludio de un verano cruento, seco y asfixiante. Todo el mundo comienza a hablar de la 'Operación Bikini' y se me tuerce el gesto, no consigo evitarlo. Tengo la mala fortuna de llevar toda la vida peleando contra el exceso de peso y, salvo algunas victorias temporales, la batalla está perdida, quizás siempre lo ha estado.
Si lo pienso bien, no peso ochenta y tres kilos desde que tomé la Comunión, hace ya 48 años. Y digo ochenta y tres porque he visto en internet que ése sería hoy mi peso ideal. Manda huevos.

Las personas que, como yo, tienen propensión a ganar peso a poco que se descuiden con la dieta conocen bien las sensaciones de derrota, desazón y hastío que nos acompañan toda una vida por esta causa. Y se hace difícil manejar estos sentimientos durante tanto tiempo; ni con el mejor psicólogo.

La disyuntiva es la siguiente: mantenerse delgado a base del enorme esfuerzo de luchar contra natura cada día, rigiéndote por una dieta hipocalórica y kilómetros de ejercicio, viviendo una vida de sacrificio y renuncia, una vida triste, al fin y al cabo, o disfrutar de una existencia más feliz y relajada a riesgo de no encontrar nunca ropa de tu talla y ser público objetivo de un infarto de miocardio al subir las escaleras.

Desde el siglo pasado se ha impuesto la tiranía del culto al cuerpo, pero no a cualquier cuerpo, sólo al delgado, al estilizado, al 'perfecto'. El canon de hombres y mujeres ha perdido 40 kilos desde las madonnas de Rubens, aunque Botero nos diera un pequeño respiro. Así la Operación Bikini, recurrente cada primavera, amarga nuestras vidas tanto como la derrota en las urnas lo hace a un político que anhela repetir escaño. Lo odio, de veras. Por más que pienso que, a mi edad, es más importante ser feliz que ser delgado, no dejan de cruzarse por mi cerebro sentimientos de angustia y de cierta vergüenza. Cruel destino. Se me hace inevitable.

Si disfruto de un día de playa, no quiero que me hagan fotos.

Si ceno con amigos en un restaurante, procuro comer menos de la cuenta y quedarme, incluso, con hambre.

En casa toca, a veces, comer un casco de pan a escondidas.

No hay felicidad completa. Se sufre, en serio. Y como yo lo hago, sé que lo hacen miles de personas, aunque sonriamos a menudo, acaso procurando no dejar asomarse a nuestro malestar profundo.

Ozempic, Saxenda... comienzan a dar resultados tratamientos médicos que inhiben las ganas de comer y ayudan a adelgazar.

Buena noticia.

Pero, a riesgo de caerme de la cama por los dos lados (que decía Chiquito), he decidido seguir las enseñanzas de ese gran filósofo que es El Kanka y empezar a cuidarme más por dentro que por fuera... ¡a ver si puedo!

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