La Feria de Abril de Sevilla ha vuelto. Farolillos encendidos, albero recién regado, coches de caballos avanzando con ese ritmo suspendido en el tiempo y, cómo no, la eterna discusión sobre qué es vestir bien en el Real. Cada año parece repetirse el mismo guion: tendencias que van y vienen, debates sobre la longitud del volante o el tamaño del lunar. Y, sin embargo, hay una figura que sigue descolocando cualquier intento de norma. Cayetana Fitz-James Stuart no solo estuvo en la feria: la reinterpretó.
El reciente documental estrenado en Netflix llega en el momento justo, casi como una réplica visual a la uniformidad que a veces amenaza con instalarse en la moda flamenca. En sus imágenes, la duquesa aparece como lo que fue: un gesto de rebeldía constante envuelto en mantones, peinetas y vestidos imposibles. Porque si algo definía su forma de vestir era precisamente eso: la negativa a someterse.
En un entorno profundamente codificado, donde el traje de flamenca responde a una tradición muy concreta, Cayetana hizo algo que hoy llamaríamos disruptivo. Jugó. Mezcló colores que no 'debían' mezclarse, eligió siluetas que escapaban del canon, colocó flores sin atender a simetrías y, sobre todo, se permitió el lujo de no gustar a todo el mundo. Ese, quizá, fue su mayor acto de elegancia.
Conviene detenerse aquí, porque hablar de estilo, de estilo de verdad, implica ir más allá de la prenda. La duquesa entendía la moda como una extensión de su personalidad, no como un disfraz para encajar. Y eso, en la Feria de Abril, adquiere un significado especial. Frente a la tentación de convertir la tradición en una postal fija, ella la convirtió en algo vivo, mutable, profundamente suyo.
El documental no solo revisita sus estilismos, sino también la actitud con la que los llevaba. Hay secuencias que la muestran caminando por el Real con una naturalidad que hoy resulta casi imposible de replicar. No posaba: habitaba la feria. Y en ese habitar hay una lección silenciosa sobre cómo vestir sin que la ropa te vista a ti.
Quizá por eso su figura sigue generando fascinación, incluso entre quienes no comparten sus elecciones estéticas. Porque lo que proyectaba no era perfección, sino carácter. En una época como la actual, donde la moda parece cada vez más condicionada por la aprobación inmediata, likes, tendencias, algoritmos, su manera de presentarse al mundo resulta casi radical.
Y luego está esa anécdota que resume mejor que cualquier análisis su lugar en el imaginario colectivo. Cuando Grace Kelly y Jacqueline Kennedy visitaron Sevilla, ambas iconos globales de elegancia contenida y estudiada, se encontraron con una duquesa que rompía todos los esquemas. Mientras ellas representaban una sofisticación medida, casi diplomática, Cayetana ofrecía algo mucho más indomable: una elegancia emocional, instintiva, difícil de clasificar. No es extraño que quedaran tan fascinadas como desconcertadas.
Hoy, mientras las casetas vuelven a llenarse y las sevillanas marcan el ritmo de la semana, su legado reaparece con fuerza. No como una nostalgia, sino como una advertencia. La Feria de Abril no necesita reinventarse cada año a golpe de tendencia; necesita, quizá, recordar que la tradición también puede ser un espacio de libertad.
Cayetana de Alba lo entendió antes que nadie. Y lo llevó, literalmente, puesto.