02/05/2026
Cuando Segundo fue el primero
Fotografías: Gabriela Torregrosa
Lectura estimada: 10 min.
Una tradición de honda raigambre abulense sostiene la presencia en esa tierra de San Segundo, quien comparte el patronazgo de la ciudad con la Virgen de la Soterraña y Santa Teresa de Jesús, y cuyo fuerte arraigo se constata en que San Segundo haya derivado a apellido familiar local, por uso y costumbre.
Un relato transmitido de generación en generación asevera la llegada, en el lejano siglo I, de un cristiano llamado Segundo, ungido obispo en Roma por San Pedro y San Pablo, y que, con otros seguidores de Santiago conocidos como los Siete Varones Apostólicos, fueron enviados hacia el año 65 a evangelizar la Hispania romana, siguiendo los pasos del discípulo del Mesías que para siempre quedaría ligado a Compostela. No es casualidad que por allí atraviese el Camino de Santiago del Sureste o de Levante, cuyo albergue aledaño hoy acoge a los peregrinos.
Segundo habría sido destinado a predicar a la población de Abula, mencionada en el siglo II por Ptolomeo en su obra "Geographia". Y así, junto al murmullo de la corriente fluvial del Adaja, Segundo fundaría la diócesis abulense, consagrando al Salvador una humilde iglesia, la primera del episcopado, e impulsando una comunidad cristiana, transgresión que le acarrearía el martirio, según la narración, al ser arrojado al berrocal por sus verdugos desde lo alto del cercano torreón que se eleva en la esquina de la muralla, la romana que, con los siglos, sería recrecida y sustituida por la medieval que actualmente circunda y que verían dos pequeños hermanos, Teresa y Rodrigo de Cepeda y Ahumada, cuando en su novelesca huida a tierra de infieles en busca de ese mismo martirio por Cristo, fueron detenidos por su tío, en el entorno de ese emplazamiento.

Segundo sería la piedra angular en la que se alzaría la iglesia abulense, que, si en sus albores entroncaba con los primeros escogidos por el Señor, no desmerecería en lo que le aguardaba, pues estaba llamada a contemplar, en su devenir secular, el advenimiento de santos, místicos y doctores de la iglesia, el surgimiento de relevantes reformas, la fundación de templos, monasterios y cenobios, y la creación de trascendentes y valiosas obras del arte y el pensamiento. Púlpitos, campanarios, espadañas, escritorios y estrados de la Universidad de Santo Tomás, extenderían el mensaje de Dios desde ese paraje hasta otros bien distantes en tiempo y espacio.
Sería la diócesis que más tarde alumbró a Santa Teresa de Jesús, a San Juan de la Cruz, a San Pedro de Alcántara, a San Vicente, Santa Sabina y Santa Cristeta, a San Pedro del Barco, a Santa Paula Barbada, a la beata Lucila y a la venerable Mari Díaz. La que observó los ojos, brillantes como dos soles, de la Virgen María. La que envió a propagar la buena nueva en las Américas a dominicos como Montesinos, que con su célebre sermón convirtió el alma de Bartolomé de las Casas, o a Asia a misioneros franciscanos como San Pedro Bautista, que dio testimonio de fidelidad siendo lanceado y clavado en una cruz junto a sus compañeros mártires del Japón. Aquella, cuyo credo se transformó en exégesis de los escritos sagrados desde el ingente conocimiento del Tostado y en polifonía celestial bajo la genial inspiración de Tomás Luis de Victoria.
Y una memoria inveterada asegura que todo ello comenzó un día, de la mano de quien sembró la primera semilla, llamada a dar ese fértil fruto: San Segundo.
Los seis restantes Varones Apostólicos ciñeron su actividad evangelizadora a Andalucía, y en ese contexto Abla (Almería), cuyo gentilicio significativamente es "abulense", y Chite (Granada) se identifican con Abula y reivindican idéntica tradición, proclamando que Segundo se habría mantenido allí, por lo que lo veneran como patrón y celebran fiestas en su honor. Martín de Ximena Jurado, en su "Catálogo de los obispos de las iglesias catedrales de la diócesis de Jaén" (1654), con afán conciliador, atribuiría a San Segundo la predicación "primaria" de Vilches (Jaén) y "secundaria" de Ávila.
Sea como fuere, el Ávila latina fue apagándose ante el empuje de otros pueblos, dejando en los cimientos de la ermita un ara votiva como testigo de esa era. Y, con los avatares bélicos de conquistas y reconquistas, tras quedar la plaza, en palabras del monarca Fernando I, "despoblada et yerma", otro hombre venido de lejos en las postrimerías del siglo XI, Raimundo de Borgoña, recibió la encomienda de su suegro Alfonso VI de fortificar y repoblar la antigua urbe, donde la creencia cristiana convivió con la judía y la musulmana. Así nacieron las murallas que conocemos y se levantó la catedral bajo la advocación del Salvador, como aquella primera iglesia de Segundo; una seo que, ya en sus albores, concibió el precioso códice manuscrito ilustrado denominado la Biblia de Ávila. Y entre 1130 y 1160, los sillares extramuros dieron forma a una ermita románica de piedra arenisca caleña en tonos ocres y granito gris, bajo la titularidad de Santa Lucía y San Sebastián.
La memoria de Segundo fue difuminándose entre las brumas del tiempo, hasta que un día de enero de 1519, ocupando la sede episcopal abulense el franciscano Francisco Ruiz, allegado del cardenal Cisneros, unas obras de acondicionamiento de la ermita dejaron al descubierto un portentoso hallazgo.
La apertura de dos arcos para comunicar los tres ábsides de la cabecera sacó a la luz lo que se interpretó eran las reliquias de San Segundo. Un trabajador, Francisco Arroyo, derribando el entrepaño junto al altar de la capilla mayor, en el lado de la epístola, se topó con un vaso o sepulcro de piedra berroqueña con la inscripción "Sanctus Secundus". Al abrirlo, apreció un suave olor y sintió de inmediato mejorada su salud maltrecha. Contenía los huesos y cenizas de un cuerpo vestido de pontifical y provisto de un ajuar litúrgico: una mitra, un cáliz de los siglos XIII-XIV con caracteres góticos italianos afirmando la autoría del sienés Andrea Petrucci, una patena y un anillo de oro con un zafiro. Las piezas se supusieron añadidas posteriormente, al esconderse los vestigios para protegerlos de profanadores.
Transferidos a la catedral cáliz y anillo, los restos humanos permanecieron en una caja de nogal con tres cerraduras, distribuyéndose la terna de llaves entre Cabildo, Consistorio y hermandad.
Desde el principio, surgió una discrepancia al sostener canónigos y regidor, ante la oposición de cofrades y pueblo, que era preciso mudar las reliquias hasta la primera iglesia, esgrimiendo que la ermita se localizaba en un arrabal degradado por el ruido de los batanes, el olor de las tenerías y la cercanía de la casa de mancebía.
El 26 de enero de 1520, un Breve pontificio de León X autorizaba dicho traslado, pero la confrontación popular detuvo su ejecución. La numerosa llegada de devotos hizo necesario construir en las inmediaciones un Hospital de Peregrinos, del que permanece una pared adosada al lienzo norte de la ermita.
La advocación de esta cambió a San Segundo, decidiendo el corregidor Rodrigo Dávila en 1566, mucho después de la fuga infantil de Teresa y Rodrigo, erigir el humilladero de los Cuatro Postes, que en el proyecto llevaría la imagen de uno de los anteriores titulares de la ermita, San Sebastián, en el lugar central, aunque finalmente allí se ubicaría una cruz, y en la ermita quedaría una escultura del tribuno militar asaeteado por su fe. La otra titular original, Santa Lucía, sosteniendo la palma de mártir y la bandeja con sus ojos, acompaña a la talla de San Segundo en el retablo mayor, desde el siglo XVI. Cada 13 de diciembre, su festividad, se la honra con una misa.
En 1572, ocupando la sede episcopal abulense Álvaro de Mendoza, su hermana María de Mendoza, viuda del poderoso secretario de Carlos I, Francisco de los Cobos, sufragó con doscientos ducados una estatua alabastrina de San Segundo, obra de Juan de Juni, instalada en abril de 1573 sobre su túmulo en la ermita. Sería descrita por un joven Federico García Lorca, en su visita de 1916, como "un sepulcro blanco con un obispo frío rezando eternamente, oculto entre sombras". Vasco de la Zarza, por su parte, había diseñado el retablo del Santo en alabastro, levantado en 1574 en la catedral.

El 9 de septiembre de 1593, Jerónimo Manrique de Lara, prelado de Ávila entre 1591 y 1595, agravándosele una severa dolencia cardíaca que le aquejaba desde su estancia en la armada en Lepanto y desahuciado por los médicos, ordenó le llevasen a sus aposentos las reliquias del santo, produciéndose su curación, que él atribuyó a su intercesión, lo que le movió a desbloquear la cuestión latente durante décadas.

Así, promovió que la traslación en procesión del cuerpo de San Segundo a la catedral se fijase para el aniversario del restablecimiento del mitrado, el domingo 11 de septiembre de 1594. Una fecha que desgarraría al mundo siglos después, en aquel entonces fue un momento de júbilo.

Una inscripción en el muro norte de la ermita acreditaría que allí se mantenía el "arca donde fue hallado y mucha parte de sus santas cenizas y reliquias". Se invitó a la ceremonia a Felipe II, cuyas relaciones con la ciudad atravesaban un momento delicado por la sublevación de la nobleza abulense oponiéndose a la exacción de impuestos, que terminó con la ejecución del cabecilla, Diego de Bracamonte, el 17 de febrero de 1592. El rey alegó una indisposición, pero se le remitió para El Escorial una reliquia, a las que era muy afecto.

Manrique de Lara, que aparece en la novela La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta, había tenido a Félix Lope de Vega y Carpio a su servicio en su juventud, y le encargó para la celebración elaborar su primera comedia hagiográfica, San Segundo de Ávila, estrenada un mes antes, el 12 de agosto, en el corral de comedias abulense del hospital de la Magdalena. Volvería a representarse en la catedral el 18 de septiembre, y gustó tanto que hubo de programarse de nuevo al día siguiente en la Magdalena, con más aforo.
La traslación al altar mayor catedralicio de los restos del santo congregó a más de 250 frailes, 400 clérigos y 50.000 fieles. La ingente cantidad de velas de cera blanca costó 600 ducados. Las calles fueron engalanadas con altares y colgaduras en los balcones. Los festejos se prolongaron hasta el domingo de la octava: hubo corridas de toros, cañas, teatro, música y danza. El maestro de capilla de la catedral, Sebastián de Vivanco, compuso un motete para la ocasión.

El obispo, que falleció dos años después, instituyó de su hacienda una capilla adosada a la cabecera de la seo, con traza del arquitecto real Francisco de Mora y obra de los maestros de cantería Cristóbal Jiménez y Francisco Martín Peralta, destinando 30.000 ducados a la fundación y 2.000 de renta perpetua con que dotar una capellanía mayor y cinco menores, estipulando como beneficiarios de ellas solo a personas que hubieran servido en su Casa, o descendientes de estos. Poco después, Manrique de Lara se trasladó a Madrid como inquisidor general, hasta llegarle la muerte, dejando dispuesto ser enterrado en la capilla de San Segundo. Su voluntad se respetó, al traer su cuerpo el 20 de julio de 1606. Las reliquias del santo no se depositaron en el oratorio hasta el 26 de julio de 1615, entre actos solemnes que pusieron de nuevo en escena la comedia de San Segundo con asistencia de Lope, ordenado sacerdote un año antes, quien se enteraría entonces de que podía aspirar a una capellanía, a la que de inmediato concurrió por ver el cielo abierto ante sus estrecheces económicas.
La construcción de la capilla mausoleo de San Segundo hubo de superar un serio obstáculo: quedaba adosada a un cubo de la muralla, por lo que se pidió licencia a su propietaria, la Corona, para demolerlo. Felipe II daría su conformidad el 17 de enero de 1595, tras recabar del corregidor que no seguiría ningún perjuicio, quedando los 88 torreones del recinto fortificado reducidos a 87. Si la tradición aseguraba que al primer obispo lo habían precipitado mortalmente desde un cubo de la muralla, los acontecimientos parecían tomarse cumplida venganza, al ser derruido un torreón en nombre de ese prelado santo.
La capilla originariamente tendría una puerta con escalera de nueve peldaños directamente a la calle, que desde entonces trocaría su nombre de Albardería por el de San Segundo. Pero en agosto de 1597 el municipio se quejó de que se angostaba el paso por el espacio público, inutilizando la acera. Mora modificó los planos, creando la escalera actual para salvar el desnivel de la vía y cegando la puerta primitiva, aún visible.
Un retablo-baldaquino de Joaquín de Churriguera se añadió en 1716, una década después Francisco Llamas pintó episodios del santo en paredes y bóveda, y el platero Luis de Torres y Baeza elaboró la urna relicario central del retablo.
Lope de Vega logró su objetivo y terminó sus días como capellán de San Segundo en la catedral de Ávila, puesto remunerado con 200 ducados anuales que obtuvo el 23 de noviembre de 1626, justo hace cuatrocientos años, tras haberse postulado infructuosamente en cuatro ocasiones más desde 1615, lastrado por su reputación de vida disoluta. El "Fénix de los Ingenios" satisfacía el requisito instituido por Manrique de Lara para las capellanías, pues había sido su paje siete años. Como no se le obligaba a residir en Ávila, nombró un suplente, pagándole parte de su estipendio, y a pesar de ostentar la posición casi nueve años hasta su deceso, no fue una presencia habitual en la ciudad.
Superado ya el quinto centenario del hallazgo, los abulenses toman el testigo recibido de sus mayores para continuar la veneración al santo y trasmitírsela después a quienes les sucedan.

La imagen de San Segundo tallada en 1947 por Antonio Arenas y custodiada todo el año en la ermita, en el día previo a su festividad es subida en andas hasta el primer templo abulense, rememorando aquel itinerario secular inicial. Tras la celebración eucarística, la mañana del 2 de mayo, día de su fiesta canónica, retorna a su ubicación habitual en comitiva. Esa jornada, la costumbre prescribe introducir un pañuelo bajo la estatua en la ermita y tocar la caja donde reposaban los restos, pidiendo tres deseos o gracias, con la confianza de que al menos uno se cumplirá. La corriente de aire del interior puede volar el lienzo si no se sujeta con vigor, habiendo que conservarlo para que el santo conceda lo solicitado. Las largas colas que se forman durante horas testimonian los muchos anhelos que alberga el corazón humano.
La espera se hace más liviana con la romería en el atrio de San Segundo, degustando almendras garrapiñadas, participando de la subasta de regalos y gozando del folklore castellano, con dulzaina y tamboril, pasacalles y jotas. Gigantes y cabezudos, fuegos artificiales, se dan animada cita en el pórtico de la climatología benigna, en la ermita declarada monumento histórico-artístico en 1923, y patrimonio mundial en 1985.
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