Ángel e Inés Ruiz comparten pasión, exigencia y debates eternos sobre el hockey en torno al 'corazón' del Caja Rural CPLV Valladolid
De generación en generación 2.0 (III): Cómo convertir un hobby en un club de referencia
Ángel e Inés Ruiz comparten pasión, exigencia y debates eternos sobre el hockey en torno al 'corazón' del Caja Rural CPLV Valladolid
En la pista de Canterac no solo se entrenan equipos, se construyen vidas. Allí, entre sticks y viajes cada fin de semana, Ángel Ruiz e Inés Ruiz representan una historia de herencia familiar que va mucho más allá de un legado deportivo. Padre e hija, presidente, entrenador y jugadora del Caja Rural CPLV Panteras -la sección femenina del Caja Rural CPLV Valladolid-, respectivamente, protagonizan el tercer capítulo de la segunda temporada de De generación en generación, mostrando la cara más humana de un club convertido en una forma de vida, el cual se juega este sábado dar un paso de gigante hacia el título liguero ante el HCR Cent Patins a partir de las 19.30 horas.
SUS PRIMEROS PASOS
Ángel recuerda con naturalidad cómo el hockey apareció casi por casualidad en su camino. "Conocí el patinaje en la universidad, y allí empezamos a jugar por afición", explica. Aquella afición terminó derivando en la creación de un club para poder acceder a unas instalaciones en condiciones. Décadas después, el CPLV se ha convertido en una referencia nacional. "Ahora el club abarca toda la provincia, pueblos y un montón de niños, no solo la élite", resume con orgullo.

El hockey, de hecho, terminó absorbiéndolo todo. Estudiante de Educación Física y apasionado de deportes tan distintos como la escalada o el tiro con arco, Ruiz encontró en el hockey algo distinto. "Sin buscarlo ha sido mi vida", admite. En su casa, además, el deporte siempre estuvo presente. Y aunque asegura que nunca tuvo especial interés en que su hija jugara al hockey, el destino parecía inevitable. "Inés hizo taekwondo y era bastante buena, pero teníamos que elegir. No nos daba la vida", recuerda. Ella eligió el stick... y acertó.
Es más, la historia de 'su' pequeña empieza prácticamente sobre patines. "Con dos años ya patinaba hacia adelante y hacia atrás", cuenta entre risas. En casa no existía otro universo posible... otra alternativa: "Era lo que hacía papá y lo que hacía mamá. No veía otra cosa". Es decir, lo que comenzó como una influencia familiar acabó transformándose en una pasión. "Empecé porque en la familia era lo que había, pero luego me di cuenta de que no solo era por ellos, sino porque a mí también me gustaba. Quería competir y marcar goles", añade.
Ángel siempre tuvo claro que el deporte debía formar parte de la educación de su hija. Pero, sobre todo, quería que fuese feliz. "Si hubiese sido un estrés o un disgusto, la hubiese dicho que lo dejara", afirma. Su filosofía, sin embargo, nunca ha estado reñida con la exigencia: "Siempre la he exigido mucho, incluso más que al resto. Nunca la he querido regalar nada".
LA RELACIÓN TANTO DENTRO COMO FUERA DE LA PISTA
Esa dualidad entre padre y entrenador ha marcado buena parte de la convivencia familiar. Porque en la familia Ruiz el hockey no termina cuando acaba el entrenamiento. Continúa en casa, en los viajes y en cualquier conversación cotidiana. "Nos vendría bien una desconexión", reconoce Ángel. "En vez de hablar de la vida, hablamos de partidos, jugadas, rivales… Es un poco cansino tanto hockey", confiesa entre risas. Inés lo confirma desde el otro lado: "En casa se habla mucho de hockey y muy poco de la vida". Y admite que cuesta separar lo personal de lo profesional. "He discutido en casa porque no he hecho algo, y luego me toca estar otra vez con él entrenando", asegura.

Tantas horas juntos... pasa factura. Es más, les afecta lo que ha sucecido en casa cuando llega la hora de entrenar. "Se discute más en casa que en Canterac", confiesa ella. Sobre todo antes de los partidos importantes, cuando la tensión aumenta y ambos chocan más: "No pensamos igual en muchas cosas". Sin embargo, detrás de esa exigencia aparece también una admiración mutua... digna de mención. Inés asegura que prefiere quedarse "con su mejor versión, sea como entrenador o como padre". Y Ángel presume de la fortaleza mental de su hija, especialmente ante las críticas. Porque Inés ha escuchado muchas veces aquello de que juega por ser hija de quien es. "Mil veces", recalca. Al principio le dolía... ahora ya no. "Prefiero escuchar eso fuera de la pista. Luego entro, meto cinco goles y ya ven que no juego por ser hija del entrenador", aclara.
La joven ha aprendido a responder donde más importa: en la pista. Y mientras compagina entrenamientos, estudios y competiciones europeas, también piensa en su futuro. Quiere terminar Bachillerato y estudiar probablemente un Grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (CAFYD). Mientras tanto, sigue creciendo en Canterac, donde entrena, juega, enseña a niños pequeños y comparte su vida con amigas y compañeras.
De hecho, Ángel ve en el CPLV, "salvando las distancias", un hijo. Lo dice alguien que ha visto crecer al club desde los entrenamientos improvisados hasta llenar Canterac con un millar de personas siguiendo un deporte minoritario en España. Por eso le preocupa el futuro del proyecto tanto como el presente de su hija. "Me daría mucha pena que alguien lo llevara por otro lado o lo hundiera". Y mientras da vueltas a su cabeza, no se imagina a Inés jugando con otra camiseta. "Me daría rabia", admite. Aunque enseguida matiza: "Si es feliz, que me jodan".
Porque en la familia Ruiz, por encima de los títulos, los goles o las discusiones tácticas, se mantiene la esencia, la misma del primer día: la felicidad de hacer del hockey una vida compartida, la cual, sin duda, ha merecido la pena conocer.

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