El sitio de mi recreo

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El sitio de mi recreo
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

A Viana de Cega, el sitio de mi recreo.

Desde hace unos días, con el cambio de hora, las tardes se alargan y los jardines empiezan a florecer. Y casi sin darnos cuenta, el verano empieza a asomar en el horizonte. Con todo lo que eso conlleva.

La semana pasada hablaba de esas rutinas que no llenan la agenda, sino otras cosas. De esos pequeños hábitos que, sin hacer ruido, nos sostienen. Y dándole una vuelta estos días, me he dado cuenta de que hay algo que funciona de una manera muy parecida: los lugares.

Llevo toda la vida veraneando en un pueblo de Valladolid: Viana de Cega. Primero con mis padres. Después, cuando pude, construyendo mi propia historia allí. En los últimos años, mi familia y yo nos instalamos en junio y no volvemos hasta bien entrado octubre. Como si, de alguna manera, el verano se alargara un poco más en ese rincón.

Podría hablarles de Viana. De sus calles. De sus pinares. De sus tardes largas y de sus noches que se resisten a terminar. Y podría decirles, incluso, que es el pueblo más bonito del mundo. Pero no lo es o, al menos, no para todo el mundo. Porque para mí sí.

Y quizá ahí esté la clave. Porque en realidad esta columna no va de eso. Va de otra cosa. Va de tener un sitio, un lugar al que volver. Un sitio que no es solo un punto en el mapa, sino una manera de estar, de vivir, de parar.

Porque el verano tiene algo especial. Algo que no ocurre igual en otros momentos del año. Se aflojan las prisas. Se alargan las conversaciones. Se repiten los planes sin que nadie se canse de repetirlos. Se producen reencuentros que, en invierno, parecen imposibles.

Y ahí, en medio de todo eso, el pueblo juega con ventaja. No es lo mismo. No es lo mismo salir a la calle y cruzarse con desconocidos que hacerlo sabiendo que, antes o después, alguien te va a saludar por tu nombre. No es lo mismo quedar que encontrarse. No es lo mismo coincidir que convivir.

En los pueblos, la vida pasa más despacio. O al menos, lo parece. Y en ese ritmo distinto caben cosas que en la ciudad se nos escapan. Caben las sobremesas largas, las conversaciones sin reloj, los planes improvisados que siempre acaban saliendo bien. Y sobre todo, caben las personas.

Todos deberíamos tener nuestro Viana. Nuestro pueblo. Aunque no hayamos nacido en él. Aunque hayamos llegado más tarde. Tener un sitio que sintamos como propio. Un rincón que, sin saber muy bien cómo, acabas sintiendo como tuyo.

Porque hay algo difícil de explicar - y muy entrañable - en ese momento en el que los que sí son de allí empiezan a considerarte uno más. No lo dicen. O no siempre. Pero se nota. En la forma de mirarte. En la forma de hablarte. En la forma de contar contigo. Es como si, sin darte cuenta, hubieras superado una prueba. Como si te hubieran dejado entrar.

Y entonces entiendes que no se trata solo de un sitio. Se trata de pertenecer. De formar parte de algo. De tener un lugar que sigue siendo tuyo... incluso cuando no estás.

Y quizá por eso convenga encontrar a tiempo el sitio de tu recreo. Y, sobre todo, no perderlo.

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