El idioma de la derrota

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El idioma de la derrota
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.
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Escuchen a su alrededor. "Cada día peor." "No hay ninguno bueno." "Da igual a quién votes." "No sé a dónde vamos a llegar." Las habrán dicho o escuchado esta semana. Suenan a honestidad, a lucidez, a hartazgo legítimo. Pero son también algo más: forman parte de una manera de hablar que cubre la desconfianza democrática con una coherencia que alguien necesita que asumamos. Y cuando una forma de hablar se convierte en el tono dominante de una sociedad, no es solo un síntoma. Es también una herramienta de poder.

El discurso de la resignación tiene una trampa que rara vez se señala: no necesita ser falso, le basta ser eficaz. Cuando una sociedad solo dispone de las palabras de la derrota, la derrota se convierte en su único horizonte. No porque las cosas no puedan mejorar, sino porque esa forma de hablar ha clausurado esa posibilidad antes de que alguien llegue a plantearla.

Y no es casual. Hay quien la organiza, la viste de argumento, la monetiza. Hay industrias enteras -medios, partidos, algoritmos- que viven de mantenerla encendida: es el producto político más rentable de nuestro tiempo. Las palabras no solo describen la realidad política: también la construyen. Cuando alguien dice "vaya circo tienen montado" instala un marco en el que la política aparece como espectáculo sin solución. Cuando alguien dice "todos miran por su bolsillo" instala la idea de que la solidaridad es imposible. Cuando alguien dice "da igual a quién votes" convierte la participación democrática en un gesto ridículo. Y esa construcción beneficia siempre a quienes prefieren que nada cambie. Hay quienes lo formulan sin disimulo: "el que pueda hacer que haga." Una frase que no es solo reaccionaria: es una invitación a saltarse las reglas democráticas. El ciudadano resignado y este tipo de político parecen contrarios. No lo son. Ambos desactivan lo colectivo.

Pero hay algo más perturbador que la manipulación exterior. El discurso de la resignación no solo nos lo fabrican: nos lo fabricamos. Lo repetimos en cualquier lugar, lo transmitimos en las cenas, lo enseñamos sin saberlo a nuestros hijos. La resignación no es solo una trampa que nos tienden: es también una trampa que nos tendemos. Nadie puede prohibirte un pensamiento que ya has hecho tuyo.

Los griegos, que entendían la democracia mejor que nosotros, tenían una palabra para esto. En griego clásico, "idiotes" designaba al ciudadano que se retiraba de la vida pública para ocuparse exclusivamente de sus asuntos privados. No era un insulto: era una descripción técnica. Y los griegos la usaban con esa precisión porque entendían que retirarse de lo público destruye la comunidad desde dentro. El ciudadano que dice "da igual a quién votes" no está ejerciendo su lucidez. Está haciendo, sin saberlo, exactamente lo que el poder necesita que haga. Y lo hace gratis.

Miren si no una escena que se repite en los bares y las calles de España a cualquier hora. Alguien dice "esto no tiene arreglo" y los demás asienten. Nadie contradice. Nadie pregunta. El consenso es inmediato y perfecto. Esa escena, reproducida millones de veces al día, no elige a nadie pero descarta a todos. No necesita campaña ni financiación. Solo necesita que nadie se atreva a decir lo contrario. Es la comunidad destruyéndose desde dentro sin que nadie lo ordene. Porque no hace falta ordenarlo.

Esta forma de dominación no prohíbe ni castiga. No rompe voluntades: las adormece. No necesita censura: le basta la anestesia. El idioma de la derrota no es una cadena. Es un sedante. Confunde la modorra con la lucidez. Confunde la rendición con el realismo. El paciente sedado no sabe que lo está.

Un sedante que hace exactamente el trabajo que alguien necesita: convencer a los de abajo de que moverse no sirve para nada, mientras los de arriba se mueven sin parar. La desigualdad no necesita violencia para perpetuarse. Le basta el desánimo. El cinismo no es sabiduría popular. Es la cicatriz de una derrota administrada.

El filósofo Emilio Lledó lo sabe por experiencia, no por teoría: aprendió de niño, en la España del franquismo, lo que significa el lenguaje público deliberadamente vaciado. No solo en los libros: en el peso específico del silencio obligatorio. De ahí su convicción más perturbadora: quien controla las palabras con las que una sociedad se piensa a sí misma no necesita controlar nada más. El franquismo lo sabía. Los fabricantes contemporáneos del idioma de la derrota también.

El idioma de la derrota no prospera solo por quienes lo fabrican. Prospera también por el silencio de quienes deberían combatirlo y por el ruido de quienes lo sustituyen con consignas vacías. El "pa’lante" sustituye a la política. La energía se agota en el grito antes de llegar a ningún sitio. Ese silencio y ese ruido no son solo cobardía intelectual: son también cálculo. Hablar con claridad rompe consensos, incomoda votantes, genera titulares incómodos: el buenismo es una estrategia electoral antes de ser una actitud moral. Y mientras siga siendo rentable, el idioma de la derrota seguirá ocupando el espacio que los demócratas han dejado vacío.

No hay solución técnica para este problema. El idioma de la derrota solo se combate con demócratas dispuestos a perder algo por hablar con claridad. Negarse al silencio y al buenismo como escudo. Decir cosas posibles e inteligentes. Y asumir que quien habla más alto aunque diga las tonterías que encabezan este artículo siempre ganará a quien prefiere no incomodar a nadie.

Cada vez que alguien dice "da igual a quién votes" cree estar ejerciendo su lucidez. En realidad está firmando su renuncia. Y entregando su parte a quien sí sabe lo que quiere. Por eso lo hace.

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