A esa generación
A mi madre, a sus espléndidos 93 años
Lo mismo que Leo Harlem aconseja en uno de sus monólogos que las grandes escuderías de Fórmula 1 contraten a un pastor zamorano para decidir qué neumáticos montar los días nublados, yo propondría a las grandes escuelas de negocios algo parecido: que cuenten con personas como mi madre - o como tantos hombres y mujeres de su generación - para impartir sus sesudos talleres sobre gestión del cambio.
Hay generaciones que viven dentro de la historia. Y hay otras que, sin hacer ruido, son la historia. La de nuestros padres - la de quienes hoy rondan o superan los noventa años - pertenece claramente a estas últimas. Han vivido casi un siglo. Y no un siglo cualquiera.
Han visto más cambios que muchas generaciones anteriores juntas. Nacieron en un mundo que hoy nos resultaría irreconocible y han aprendido a habitar otro completamente distinto sin que nadie les pidiera permiso, sin hacer ruido, sin protestar y, sobre todo, sin dejar de ser quienes eran.
Han pasado una guerra. Han conocido una posguerra. Han vivido una transición. Y hoy, con naturalidad, forman parte de una democracia que durante muchos años fue solo una idea lejana.
Han visto llegar la televisión, el teléfono, los ordenadores, internet. Han pasado de las cartas al mensaje instantáneo. De la escasez a una abundancia que, en ocasiones, también desconcierta.
Y sin embargo, se han adaptado. Sin manuales. Sin teorías. No siempre con entusiasmo, pero siempre con prudencia. A menudo con ese sentido común que no necesita explicaciones. Sin dramatizar, sin convertir cada cambio en un problema. Quizá porque sabían, o intuían, que la vida no se detiene a esperar a nadie.
Hay en esa generación algo que cuesta encontrar hoy: una forma de estar en el mundo hecha de discreción, de esfuerzo y de responsabilidad. Una manera de entender la familia como un lugar al que se pertenece sin condiciones. Una generosidad que no se anuncia, que no se proclama, que simplemente se ejerce.
Han cuidado de los suyos. Siempre. Sin grandes discursos. Sin necesidad de reconocimiento.
Sin esperar nada a cambio. Y eso, que parece tan sencillo, no lo es.
A veces tengo la sensación de que no terminamos de mirarles con la atención que merecen. Que damos por hecha su presencia, su fortaleza tranquila, su forma de sostener. Como si fueran parte del paisaje. Como si, de algún modo, fueran a estar siempre ahí.
También es verdad que las circunstancias cambian. Que las formas de vida evolucionan. Y que lo que fue posible para ellos no siempre lo es para nosotros. Que, probablemente, estamos ante la última generación que ha sido cuidada de manera tan directa por sus hijos.
No es una crítica. Es, simplemente, una constatación. Porque la vida es así. Pero quizá por eso mismo conviene detenerse un momento ante ellos. Mirarles con más calma. Escucharles un poco más. Entender que, en su silencio, en su sencillez, hay una forma de sabiduría que no siempre sabemos reconocer.
No hicieron ruido. No lo necesitan. Su legado no está en lo que dijeron, sino en cómo vivieron. Y tal vez, en enseñarnos - sin pretenderlo - que hay una manera de estar en el mundo que no pasa por destacar, sino por sostener. Por cuidar. Por estar.
Por eso, y por mucho más, esta columna no habla de una persona concreta. Habla de una generación. Aunque, en el fondo, todos sabemos que tiene nombre. Y que ahora me toca enviársela a través de un enlace de WhatsApp, nada menos. Lo cual me obliga a pedir disculpas de antemano a mi madre. Porque sospecho que, en cuanto lo reciba, me llamará para preguntarme cómo se abre. Y sinceramente, después de noventa y tres años adaptándose a una realidad que cambia a toda velocidad, creo que tiene todo el derecho del mundo a hacerlo.
Y volviendo a las escuelas de negocios, no descarten que, a buen precio, mi madre esté dispuesta a echarles una mano.








