Nuevo artículo de opinión de Pedro Berbel, en la sección 'El rincón del becario jubilado', para TRIBUNA
Los domingueros del camino
Nuevo artículo de opinión de Pedro Berbel, en la sección 'El rincón del becario jubilado', para TRIBUNA
A quienes peregrinan conmigo.
La palabra dominguero tiene una larga tradición en nuestro lenguaje coloquial. Se utilizaba - y aún se utiliza - para describir, con cierta ironía, a quienes acuden a un lugar solo de vez en cuando, normalmente en domingo, cuando el tiempo libre lo permite. Y vaya por delante que el primer dominguero soy yo.
Llevo a gala ser peregrino y, con frecuencia, hablo con amigos sobre los domingueros del Camino. Eso provoca que, casi siempre, alguien se dé por aludido.
¿Cómo que domingueros?
Conviene aclararlo enseguida para evitar malentendidos. Cuando hablo de los domingueros del Camino me refiero - con todo el respeto del mundo - a quienes realizan el Camino de Santiago andando desde Sarria, en Lugo, con el objetivo muy concreto de cubrir los cien kilómetros reglamentarios y obtener así la Compostela, el documento que acredita haber completado la peregrinación.
No tiene nada de ilegítimo. Ni mucho menos. De hecho, miles de personas lo hacen cada año y muchas de ellas viven una experiencia intensa, emocionante y perfectamente respetable. El Camino, afortunadamente, admite muchas maneras de recorrerlo.
Pero confieso que la escena siempre me ha despertado una cierta reflexión. Porque Sarria se ha convertido, en los últimos años, en el punto desde el que muchos peregrinos inician el Camino; desde allí se superan los cien kilómetros exigidos para obtener la Compostela y, además, el pueblo cuenta con una logística muy cómoda para empezar la peregrinación.
Dicho de otro modo: es el lugar donde empieza el Camino 'reglamentario'.
Nada que objetar, insisto. Pero, cada vez que lo pienso, no puedo evitar preguntarme si no estaremos reproduciendo, incluso en el Camino de Santiago, una pequeña obsesión muy contemporánea: la de llegar a la meta cuanto antes. Vivimos en una época que concede un valor casi absoluto al resultado final. El título, el diploma, la acreditación, la foto ante la catedral... la Compostela.
Todo eso está muy bien. Pero el Camino de Santiago - al menos en su espíritu original - siempre ha sido algo más que una línea de llegada. De hecho, la propia palabra camino lo dice todo, porque un camino es, por definición, algo que se recorre. No algo que se acorta. No algo que se optimiza. No algo que se calcula con la precisión mínima necesaria para obtener un certificado.
Es, más bien, una experiencia que se vive paso a paso.
Quien ha hecho el Camino durante muchos días sabe que ocurre algo curioso: al principio uno piensa mucho en la meta. En Santiago, en la catedral, en la plaza del Obradoiro. Pero con el paso de las etapas, la mente empieza a cambiar de perspectiva. La meta sigue estando ahí, naturalmente, pero lo que empieza a importar de verdad son otras cosas menores en apariencia: redescubrir a personas que ya conocías, conversaciones inesperadas con otros peregrinos, la hospitalidad de un albergue, la lluvia que aparece sin avisar, el silencio de un tramo solitario. Es decir: el propio camino.
Por eso, cuando alguien me dice que empieza a caminar en Sarria, siempre me surge la misma reflexión - que no es una crítica, sino una simple pregunta -. Si el Camino es una experiencia tan singular, ¿por qué recorrer solo el tramo mínimo imprescindible?
Tal vez la respuesta sea muy sencilla: porque vivimos en un mundo que nos ha acostumbrado a perseguir metas y, además, no todo el mundo dispone de más de los cinco días que aproximadamente supone llegar andando desde Sarria hasta Santiago.
Y quizá el Camino de Santiago, precisamente por eso, tenga todavía algo que enseñarnos. Que en muchas cosas de la vida - no solo en la peregrinación - lo verdaderamente importante no es el diploma final. Es el camino que recorremos para llegar hasta él.
Una lección sencilla que, confieso, me habría gustado aprender mucho antes.








