La belleza de la duda

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La belleza de la duda
Campo.
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

Un buen amigo, periodista y especialista en cine, me dijo hace unos días que le gustaría vivir en las películas de Sorrentino. No es mala aspiración, aunque yo no llego a tanto.

Acabo de ver su última película, La Grazia, y he salido del cine con una idea rondándome la cabeza. Al final, en una escena que no desvelaré, el protagonista se detiene a explicar el concepto que da título a la película y define la grazia - con z, porque es italiana - de una manera tan sencilla como sugerente: la belleza de la duda.

No es una asociación frecuente, porque tendemos a vincular la belleza con lo que encaja, con lo que resulta claro, con lo que no plantea preguntas. Con lo que cierra.

La duda, en cambio, incomoda, abre, descoloca, obliga a moverse. Y sin embargo, ahí hay algo valioso, porque dudar no es debilitarse, sino revisar, cuestionar lo que uno daba por seguro y aceptar que algunas certezas no eran tan firmes como parecían.

En la misma escena, el protagonista añade otra idea que conecta con la anterior: en la vida llega un momento en el que los hijos dejan de seguir a los padres y pasan a ser los padres quienes siguen a los hijos.

Es una inversión silenciosa, casi imperceptible, pero muy real. Y, en su caso, es precisamente su hija quien le empuja a tomar una decisión que antes no habría tomado, quien le seduce para cambiar y replantearse lo que creía inamovible.

Ahí está la clave: durante mucho tiempo vivimos instalados en certezas que nos dan seguridad, nos ordenan y nos sitúan, pero que también nos fijan. Y llega un momento en el que algo - o alguien - introduce una grieta que no resulta cómoda, pero sí necesaria.

Porque hay una forma de vivir basada en tener siempre respuestas, y otra, más exigente, basada en seguir haciéndose preguntas. La primera tranquiliza. La segunda obliga a crecer.

Y no es un matiz menor. Porque vivir desde la certeza absoluta es, en el fondo, una forma de detenerse, de dejar de mirar, de dejar de escuchar. La duda, en cambio, mantiene abierto el camino; no garantiza aciertos. Pero evita certezas equivocadas que, con el tiempo, acaban pesando más que cualquier error.

Y puede que ahí resida esa "grazia": en entender que la duda no es una debilidad, que cambiar no es perder y que dejarse influir - incluso por quienes antes seguían nuestros pasos - no es rendirse, sino avanzar.

No se trata de renunciar a todo, sino de no aferrarse a nada como si fuera definitivo, de aceptar que algunas convicciones merecen ser revisadas y que hacerlo a tiempo no debilita, sino que afina.

No sé si viviría en una película de Sorrentino, pero sí tengo claro que, en ocasiones, conviene salir de ellas con algo más que una impresión estética: con una idea que incomode un poco, que obligue a pensar y que desplace, aunque sea mínimamente, el lugar desde el que miramos.

Porque hay certezas que sostienen y otras que, sin darnos cuenta, limitan. Y entre unas y otras queda un espacio menos cómodo, pero más verdadero: la belleza de la duda.

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