Salón de otoño

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Salón de otoño
Cuadro DAYDREAM. Foto: Rafa Crespo
El autor esÁgreda L.M.
Ágreda L.M.
Lectura estimada: 2 min.
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Entras en la Sala Municipal de Exposiciones de la Casa Revilla para ver los cuadros del Salón de otoño y después de saludar a Eugenio, el responsable de la sala, te das una vuelta para ver qué cuadros te llaman más la atención. El color, decía Kandinsky, es un medio para influir directamente en el alma.

Y me encontré, así de sopetón, con el cuadro de Virginia Villar que titula: DAYDREAM. Esa chica con los cascos rojos en las orejas y su vestido amarillo vaporoso, con fondo blanco, apoyada en una cama con colcha azul y los pies desnudos. ¿Un homenaje a Mariano Fortuny? ¿Por qué me recuerda tanto DAYDREAM al cuadro de Fortuny, Los hijos del pintor en el salón japonés?  

Es como si un hilo invisible me hubiera llevado hasta este cuadro tan maravilloso. Esas cejas altas tan perfectas, esa boca extraordinaria, esos ojos oscuros que contemplan con displicencia al visitante, mientras la mano izquierda señala el suelo y da un toque de serenidad involuntaria a la joven del cuadro. Tiene una belleza este cuadro que emana de adentro como un aire azul que amenaza una tormenta de plata.

Uno es sensible a la belleza del arte y de las personas. La belleza intrínseca de la joven del cuadro, no pide nada, sin embargo, te ofrece la posibilidad de soñar, de contarte, en definitiva, una historia. Tiene esa singularidad que desborda toda la Sala de Exposiciones de la Casa Revilla.

¿Por qué te hace sentir tanto el cuadro de Virginia Villar? ¿Por qué de repente entras en esta sala y la imaginación te sacude y te hace amar la pintura? Por un instante, este cuadro logra recrear un mundo. Ese es su misterio.

Se tiene la grata impresión contemplando DAYDREAM de estar escuchando la música que está escuchando la joven del cuadro y al menos durante un instante tener su misma edad, sus mismos gustos. De compartir durante unos minutos un momento de intimidad con una extraña.

La vida durante el rato que estuve dentro de la sala resultó emocionante. Ese rato de poder compartir la experiencia que le ha supuesto a Virginia Villar pintar este cuadro y la experiencia que está teniendo el visitante alberga un sentimiento difícil de describir.

Durante todo el tiempo que le estuve dentro, el cuadro adoptó una ubicación no solo mental sino también física en mí.

Para Blanquitina Pita, de regalo de Reyes.

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