Piñón amargo y dulce en la novillada de Pedrajas de San Esteban

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Piñón amargo y dulce en la novillada de Pedrajas de San Esteban
Fotos de Fermín Rodríguez.
El autor esJesús  López Garañeda
Jesús López Garañeda
Lectura estimada: 3 min.

Un piñón de cáscara amarga le tocó al novillero Manuel Olivero al escuchar los tres avisos sin poder atronar a 'cuartero' un manso, descastado, distraído y peligroso de Peñas Blancas, devuelto al corral por el Presidente Ángel Capellán tras los sucesivos intentos de clavar el estoque al burel. Mientras que su compañero en el mano a mano Álvaro Serrano le tocó el dulce, al cortar dos orejas al cuarto de la tarde, consiguiendo así la salida por la puerta grande del coqueto y acogedor coso de la Plaza de Pedrajas que llaman de 'Julio César Merino'.

Floja la novillada de Piedras blancas, con las fuerzas justas aunque algunos de los novillos, como el segundo de la tarde, de nombre 'buenasuerte' fue al que el novillero Ávaro Serrano lo recibió con dos faroles y lances a la verónica muy aplaudidos. Posteriormente, le toreó con suavidad y temple en su faena, brindada a un espectador al que dijo textualmente: "Te brindo la muerte de este novillo por todo cuanto haces por mí", lanzándole la montera. Su faena fue muy completa con la mano derecha, el mejor pitón del toro, al que llevó con suavidad en los cites de muleta. Con el acero un pinchazo hondo y un golpe de descabello mandaron al desolladero al ejemplar, recibiendo el torero la ovación y saludando a la concurrencia desde el tercio.

Completó su actuación con voluntad y entrega ante el que cerraba festejo y al que cortó dos orejas por su esfuerzo, entrega y valor, sobreponiéndose a la contrariedad y consiguiendo una estocada entera que acabó con el novillo, saliendo a hombros de la plaza.

Manuel Olivero que abrió el mano a mano no tuvo su tarde y eso que empezó llevándolo al caballo con cierta gracia del galleo. Luego en la faena, centrada en la mano derecha pues por la izquierda cabeceaba ostensiblemente el novillo por la falta de fuerza, la acabó con unas manoletinas finales pero el estoque no fue el inseparable amigo del torero, sino que pinchó antes de lograr una estocada, recibir un aviso y recoger el silencio del público.

Quiso el novillero sacarse la espina con el tercero y, tras caer en la cara del toro por un resbalón en el piso, sin consecuencias para él, al que recetaron dos varas de castigo y una lidia nefasta de la cuadrilla, a base de capotazos, idas y venidas, pasadas en falso de los banderilleros, lo que produjeron en el animal que espabilara la mosca, distrayéndose con todo y atendiendo cualquier movimiento menos el del propio diestro. Y eso que lo había brindado al público, pero solo se vio voluntad en una buena serie instrumentada con la mano derecha. Luego vendrían los pinchazos, los avisos y el toro al corral, recogido por la parada de bueyes del Cholo (ánimo, Cholo, en este trance duro en el hospital de Toledo) y un torilero quien con una vara larga y un pañuelo rojo metió en el toril a 'cuatrero'.

El novillero fue aplaudido por el público dándole ánimos en tan desgraciada situación. Pero eso también son gajes del oficio.

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