El testimonio de tres supervivientes quince años después del fin de ETA: "Hay víctimas enterradas en vida"
Reivindican, en una entrevista concedida a TRIBUNA, la memoria de quienes fueron asesinados y advierten de que el paso del tiempo no ha borrado lo sucedido
Quince años después no se han apagado todos los ecos del terrorismo. El 20 de octubre de 2011, ETA anunciaba el cese definitivo de su actividad, poniendo fin a más de cuatro décadas de violencia que dejaron más de 800 víctimas mortales y miles de heridos. Aquel comunicado marcó un antes y un después en la historia de España, pero no significó el final del sufrimiento para quienes sobrevivieron a sus atentados.
En esta semana en la que se conmemora el decimoquinto aniversario de aquel momento, TRIBUNA conversa con tres personas a las que ETA, por una razón u otra, les cambió la vida. Fernando Manzanas (Aubenas, Ardèche, Francia, 1965) sobrevivió con apenas 19 años a la explosión de una furgoneta bomba en Madrid, en el mes de julio de 1986. Fernando P. (Valladolid, 1960), resultó herido durante el atentado contra la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas el 30 de diciembre del año 2006. Y Victoria Ázcue (San Carlos de la Rápita, Tarragona, 1955) se quedó viuda tras el fallecimiento de su marido, Esteban Sáez, un agente de la Guardia Civil, en otro atentado de ETA contra un convoy en Tolosa (Guipúzcoa) el 29 de enero de 1979.
Los tres forman parte de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de Castilla y León. Sus historias comparten heridas, secuelas, y una misma convicción: lo sucedido no puede desaparecer de la memoria de la sociedad española.
Fernando Manzanas: "Tenía 19 años. Cuando veo ahora a mi hijo de 21, pienso que yo todavía era más niño"
El 14 de julio de 1986, a las 7.45 horas, Fernando Manzanas viajaba en un autobús de la Guardia Civil por la plaza de la República Dominicana de Madrid. Tenía 19 años y estaba realizando el curso de motorista. Aunque nació en Francia, ya estaba viviendo en Ávila, y había encontrado en la Guardia Civil una oportunidad profesional que, además, le permitía dedicarse a una de sus grandes pasiones: las motos. Aquella mañana, los agentes se desplazaban en un convoy integrado por dos autobuses y dos vehículos como escoltas.
ETA había colocado una furgoneta cargada de explosivos en las inmediaciones. "Estábamos haciendo el curso de tráfico motorista de la Guardia Civil. Íbamos en dos autobuses y dos coches de escolta, que eran Land Rover, y ETA puso en la plaza de la República Dominicana una furgoneta bomba que, al explosionar, mató a 12 compañeros míos y dejó heridos a otros 60", recuerda.
Fernando viajaba en el autobús que estaba más cerca, solo a unos metros del vehículo que explotó. Calcula que entre él y la furgoneta había una distancia de apenas unos diez o quince metros. La detonación fue de tal magnitud que desplazó el autobús varios metros y provocó importantes daños en los edificios cercanos. "La plaza de la República Dominicana es enorme. La explosión fue capaz de reventar las ventanas, los cristales y todo lo que tenían los edificios de alrededor. Incluso, saltaron los revestimientos exteriores de los muros", relata.
Dentro del autobús viajaba medio centenar de guardias civiles. La explosión convirtió el interior del vehículo en un escenario de destrucción y desconcierto. "No te enteras de nada. Luego empiezas a oír gritos y notas un olor a azufre extremadamente potente, que te quema las fosas nasales", explica. Durante los primeros compases, el tiempo se paró. Cuando Fernando consiguió reaccionar y salir por una de las ventanas de emergencia, otros compañeros que se encontraban en dependencias de la Guardia Civil ya habían llegado para prestar auxilio. "Cuando yo salté por una de las ventanas, ya estaban mis compañeros allí. Habían corrido unos 600 metros", recuerda.
Un compañero le salvó la vida
Fernando estaba sentado en el lado derecho del autobús, cerca de una salida de emergencia. A su lado viajaba otro guardia civil que recibió el impacto de los fragmentos de metralla. "Había un compañero mío que recibió todos los eslabones de cadena y los tornillos en la espalda... Y a mí eso me salvó", explica.
La explosión arrancó una ventana de emergencia, cuyos cristales impactaron contra la cabeza de Fernando. En el hospital, tuvieron que darle 86 puntos de sutura en el cuero cabelludo. Afortunadamente, su compañero sobrevivió, aunque necesitó varios meses para recuperarse. Cuarenta años después, mantienen una estrecha relación. "Él no ha fallecido. De hecho, es el padrino de mi hijo pequeño. Se casó y tiene dos hijas maravillosas. Le veo de vez en cuando", confiesa.
Otros compañeros no tuvieron la misma suerte. Manzanas recuerda especialmente a uno de los guardias civiles, natural de Granada, que sobrevivió durante 18 días a unas lesiones craneales de extrema gravedad. A el propio Fernando, de hecho, le dejó importantes secuelas auditivas. Sufrió perforaciones de tímpano y una pérdida de audición del 54% en el oído derecho y del 22% en el izquierdo.
"Tardas meses, e incluso años, en digerir lo que ha ocurrido"
Fernando reconoce que le costó comprender lo que pasó. "De la magnitud de lo que había ocurrido tardas mucho en darte cuenta. Tardas meses, e incluso años, en digerirlo todo", asegura. Aquel 14 de julio, su familia pasó cerca de ocho horas sin saber si estaba vivo: "Mi familia sabía que yo estaba en el atentado. Intentaron saber si estaba vivo o muerto, pero no pude hablar con ellos hasta las tres de la tarde".
La ausencia de teléfonos móviles y las dificultades para obtener información en aquella época agravaron la angustia de sus allegados, que únicamente sabían que Fernando viajaba en uno de los autobuses afectados. Hoy, al contemplar a sus propios hijos, es todavía más consciente de cómo pudo afrontar aquella experiencia. "Tengo un hijo de 21 años. Le veo y pienso: 'Pero si yo era más niño que él'. Yo tenía 19 para 20", reflexiona.
Aunque consiguió terminar su formación y continuó prestando servicio durante varios años, uno de sus síntomas fue la aparición de episodios de somnolencia extrema, que podían producirse en cualquier momento. "Yo caía en un estado de sueño, de sopor, que me podía durar muchísimo. Me pasaba ocho horas sentado en el coche completamente dormido", explica.
La situación llegó a afectar a su vida cotidiana. "Me bajaba a comer o a cenar, y en la mesa me quedaba dormido. Luego subía a casa, me metía en la cama y me volvía a dormir. Había días que tranquilamente podía dormir 16 horas", relata. Recibió tratamiento psicológico y psiquiátrico, además de medicación. Recuerda que el Servicio de Psicología de la Guardia Civil comenzó a realizar un seguimiento de los jóvenes que habían sobrevivido al atentado: "Nos mandaban a Madrid algunos fines de semana para hacernos pruebas y ver cómo evolucionábamos".
Finalmente, los tribunales médicos determinaron que no reunía las condiciones necesarias para continuar trabajando.
Fernando P.: "Recuerdo una nube negra que venía como un tsunami"
Veinte años después del atentado de la plaza de la República Dominicana, otro Fernando se enfrentó a la violencia de ETA. Era el 30 de diciembre de 2006. La organización terrorista había declarado meses antes un alto al fuego permanente y España estaba celebrando, como viene siendo habitual, la Navidad. Fernando P., oficial de Policía Nacional destinado en Valladolid e integrante de la Unidad de Intervención Policial (UIP), participaba en un dispositivo de seguridad ciudadana en el aeropuerto de Barajas.
Una llamada de alerta alteró por completo el operativo. Los agentes se desplazaron hasta la T4, donde los especialistas en desactivación de explosivos comenzaron a investigar una posible amenaza. "En un principio nos resultaba extraño, porque en teoría estábamos en tregua. Pero nos dirigimos a la T4, y empezamos las primeras indagaciones hasta que los TEDAX confirmaron que estábamos ante otro atentado terrorista", explica.
Vieron una furgoneta estacionada en el aparcamiento del aeropuerto. Según recuerda, el vehículo presentaba una inclinación que no era normal en su parte trasera, circunstancia que hizo sospechar a los especialistas de que transportaba una carga de calado. Con el aeropuerto lleno de viajeros que llegaban y salían por las vacaciones de Navidad, los policías comenzaron una evacuación de emergencia: "Nuestra misión principal fue meter dentro de la terminal a la gente para evitar que les alcanzase la onda expansiva. Gracias a Dios, nos dio tiempo a meter a la carrera a la mayoría".
La explosión lo lanzó contra los cristales
Fernando se encontraba en el exterior de la terminal cuando se produjo la detonación. Había salido hacia la zona de taxis después de que un familiar le comunicara, en medio del desconcierto provocado por la evacuación, que no encontraba a una niña. Fue entonces cuando estalló la furgoneta: "Estaba en el exterior del aeropuerto cuando se produjo la deflagración. Me cogió toda la onda expansiva, que me llevó contra los cristales de la terminal. Ahí es donde quedé".
La explosión destruyó parte del aparcamiento y provocó el hundimiento de su estructura. La imagen que conserva de aquellos segundos continúa grabada en su memoria. "Recuerdo que venía como un tsunami, una nube negra cargada con todas las piezas de los coches, que impactaron directamente contra los cristales de la terminal. Se lo llevó todo por delante", describe. El impacto le provocó numerosos cortes, lesiones en la espalda, problemas auditivos y otras secuelas. "Me salvé de milagro porque cayeron unos cristales enormes", reconoce.
En el atentado, murieron dos ciudadanos ecuatorianos. Fernando explica que los agentes se habían centrado en proteger a las personas que transitaban por el exterior de la terminal y que desconocían la presencia de las dos víctimas en el interior del aparcamiento: "Estaban esperando a sus familiares, que regresaban de su país. No teníamos conocimiento de que estuvieran allí. Nosotros nos limitamos prácticamente a velar por la seguridad de la gente que llegaba y salía de la terminal".
El expolicía considera que la evacuación evitó consecuencias más graves. "Si no nos hubiese dado tiempo, habría sido una auténtica tragedia. La carga era muy potente. Gracias a Dios, estoy vivo. Lo más fácil es que hubiera muerto", revela.
"Estuve enterrado en vida"
Fernando ya conocía de cerca el terrorismo. Había vivido otros dos atentados durante su trayectoria policial. En uno de ellos perdió a un amigo y también recuerda otro episodio violento en San Sebastián. Sin embargo, nada que ver lo sucedido con lo que pasó en Barajas. Las heridas físicas desencadenaron un estrés postraumático. Durante meses sufrió mareos, problemas auditivos, dificultades de movilidad y un profundo aislamiento: "Estaba completamente perdido. Te cambia la vida tan rápido que te vienes abajo".
El apoyo de familiares y amigos fue fundamental, aunque durante mucho tiempo prefirió estar solo. De hecho, las secuelas también terminaron con su carrera policial. Aunque intentó reincorporarse, su estado de salud se lo impidió. Aquel momento supuso un duro revés emocional. Fernando tenía aspiraciones profesionales que desaparecieron de un plumazo. "Mi función policial la perdí allí aquel día. Se me truncaron muchas ilusiones", asegura.
Durante el proceso de recuperación necesitó asistencia psicológica, aunque destaca también la importancia de su propia determinación para reconstruir su vida. "Me dije a mí mismo que había que seguir hacia adelante, que no quedaba otra, por ellos, por mí y por todo", explica. El proceso, aun así, fue más lento de lo debido. Pero él no tiró la toalla. Con el paso del tiempo, comenzó a colaborar en iniciativas relacionadas con la inmigración y el asilo, participó en actividades en distintos países europeos y se involucró en asociaciones de víctimas del terrorismo. También retomó los estudios, una decisión que comparte con su tocayo Fernando Manzanas.
Victoria Ázcue: "Me quedé viuda con una niña de tres meses y medio"
Si los dos Fernandos conocen las consecuencias de sobrevivir a un atentado terrorista, Victoria Ázcue representa la otra cara de la moneda: la de quienes perdieron a sus seres queridos y tuvieron que reconstruir sus vidas desde cero. En su caso, con una hija de apenas tres meses y medio, y el recuerdo de un marido al que la organización terrorista asesinó en 1979.
Victoria vive en Salamanca desde el 1980. Nació en San Carlos de la Rápita, en Tarragona, y pasó parte de su vida en Ceuta y el País Vasco debido a los destinos profesionales de su padre, otro guardia civil. Fue precisamente en Hernani, en Guipúzcoa, donde conoció al amor de su vida, que también formaba parte de la Benemérita. "Yo soy hija del cuerpo", resume con una expresión que refleja hasta qué punto su vida ha estado vinculada a la Guardia Civil.
Aquella relación con la institución armada, sin embargo, también convirtió su día a día en una sucesión de amenazas, insultos y situaciones de hostilidad que terminarían desembocando en la tragedia. El 29 de enero de 1979, su marido participaba en un dispositivo de escolta de un camión que transportaba explosivos desde un polvorín de Hernani. El convoy estaba integrado por dos vehículos Land Rover de la Guardia Civil, uno delante y otro detrás del camión.
ETA había colocado un artefacto explosivo en la carretera. "Pusieron una bomba y la detonaron cuando pasó el camión. A mi marido le cogió de lleno", recuerda. La explosión alcanzó el lado del vehículo en el que viajaba su marido. "La puerta de mi marido quedó como una lata de sardinas cuando la abres. Toda enroscada. Le pilló toda la onda", describe.
El guardia civil fue trasladado a un hospital de Tolosa. Permaneció ingresado varios días hasta que falleció en la madrugada del 4 de febrero. Victoria recuerda que el atentado podría haber tenido consecuencias todavía más graves, puesto que el convoy transportaba explosivos y en las inmediaciones había una gasolinera: "Si llega a explotar el camión, se lo lleva todo por delante. Toda esa zona habría saltado por los aires".
"Tenías que mirar debajo del coche y cerrar los ojos antes de arrancar"
La muerte de su marido no fue la primera toma de contacto de Victoria con el modus operandi de una organización terrorista. Durante su estancia en Hernani, asegura que la hostilidad hacia los guardias civiles y sus familias formaba parte de su día a día. Su padre era también guardia civil y trabajaba en el juzgado de la localidad. "Por el pueblo, me miraban mal y en muchas tiendas te insultaban. Ya vivías con eso", relata. La situación llegó a condicionar actividades tan habituales como ir de compras, acudir al cine o llevar a los niños al colegio. Victoria recuerda que, cuando todavía eran novios, su futuro marido tenía que salir a la calle vestido de uniforme, por lo que no pasaban inadvertidos.
Aun así, y cuando dejó de ser obligatorio vestir el uniforme fuera de servicio, el miedo seguía presente. Una de las imágenes que conserva con mayor nitidez es la de las precauciones que tomaban antes de utilizar el coche. "Cuando dejabas el coche en el pueblo, tenías que tirarte al suelo y mirar por debajo por si había algo raro. Luego te metías, cerrabas los ojos y arrancabas. Eso lo hacíamos todos", asegura.
Al vivir bajo amenaza, se planteó abandonar Hernani, pero no era fácil. Su marido había solicitado el traslado a Salamanca y a otros destinos, pero los planes no prosperaban. La familia, por esa razón, continuó viviendo en la localidad hasta que el atentado acabó con la vida de Esteban.
"En la puerta del hospital gritaban que se muriera"
Victoria se enteró de lo que había sucedido cuando todavía estaba en las dependencias del cuartel. "Yo no me enteré por la radio. Me dijeron lo que había pasado, me subieron a un coche y me llevaron a Tolosa", explica. Lo que encontró al llegar al hospital permanece grabado en su memoria. Según explica, a las puertas del centro sanitario había personas que gritaban contra los guardias civiles heridos, deseando su muerte. "Estaban todos allí, al pie del hospital, gritando que se muriera, que se muriera", recuerda.
Victoria asegura que llegó a temer por la seguridad de su marido mientras permanecía ingresado. "Yo llevaba la pistola de mi marido en el bolso, por si acaso entraban en el hospital", confiesa. Fueron otros guardias civiles quienes, al descubrir que llevaba el arma, se la confiscaron. "Los compañeros sabían que la llevaba y me la quitaron del bolso", apunta. Victoria recuerda que, cuando su marido murió, algunas personas se abalanzaron contra ellos al salir del hospital. "Cuando vieron que salían los coches con los féretros, la gente se tiró sobre ellos", lamenta.
Aquellos días marcaron el punto final de una etapa, y el comienzo de una vida completamente distinta.
Tres vidas marcadas por ETA y una misma reivindicación: que nadie lo olvide
Cuarenta años después del atentado de la plaza de la República Dominicana, casi veinte de la explosión de Barajas y cerca de medio siglo después del asesinato del marido de Victoria Ázcue, las consecuencias del terrorismo siguen presentes en las vidas de quienes lo sufrieron.
Fernando tenía apenas 19 años cuando una furgoneta bomba acabó con la vida de doce compañeros y alteró para siempre su trayectoria en la Guardia Civil. Fernando P. vio cómo una explosión en la T4 de Barajas ponía fin a una carrera policial llena de aspiraciones. Y Victoria perdió a su marido en el año 1979 y tuvo que abandonar el País Vasco con una hija de tres meses y medio para empezar de cero en Salamanca.
Tres historias distintas, tres formas de sufrir el terrorismo y una misma realidad: el paso del tiempo no siempre consigue cerrar las heridas. Mientras Manzanas reivindica que las nuevas generaciones conozcan la verdadera dimensión de la violencia de ETA, Fernando P. insiste en la necesidad de mantener el reconocimiento a quienes todavía conviven con secuelas. Victoria, por su parte, representa a las familias que perdieron a sus seres queridos y que, décadas después, siguen recordando tanto el dolor de aquella pérdida como las dificultades que encontraron para salir hacia adelante. Los tres comparten, de hecho, la misma preocupación por la memoria de las víctimas y por la forma en que la sociedad española recordará aquellos años: "Nosotros siempre nos basamos en nuestro lema de memoria, dignidad y justicia".
Quince años después del fin de ETA, sus testimonios ponen cara a una realidad que va mucho más allá de lo sucedido. Porque detrás de cada atentado hubo personas que perdieron la vida, supervivientes que tuvieron que aprender a vivir con sus heridas y familias enteras obligadas a reconstruir su futuro. ETA dejó de matar, pero el dolor de quienes sufrieron su violencia no desapareció en el año 2011.
"Todavía es muy difícil que cicatricen todas las heridas, hay víctimas enterradas en vida", resumen los tres una vivencia que, con el paso del tiempo, no solo vale la pena reconocer, sino también recordar. Para que nadie lo olvide.








