La lección de vida de una vallisoletana tras superar un cáncer de mama: "Celebro a diario que estoy viva"
Ahora, con el alta definitiva, reivindica la importancia de afrontar el diagnóstico con naturalidad, mantener una actitud positiva y confiar en los profesionales sanitarios
La vida de Maisa Martínez (Valladolid, 1966) dio un giro inesperado en el año 2012. Una revisión rutinaria detectó unas microcalcificaciones que desencadenaron en un cáncer de mama. Aquella noticia marcó el comienzo de un largo camino de tratamientos y visitas al hospital que se prolongó durante una década. Hoy, con la enfermedad superada, la vallisoletana recuerda aquella etapa con una sonrisa y una convicción que la ha acompañado desde el primer momento: "Hay que echarle valor y tirar hacia adelante". En una entrevista concedida a TRIBUNA, Maisa relata cómo afrontó una enfermedad que nunca quiso convertir en el centro de su atención: "Dije que esto me iba a preocupar lo menos posible. Seguí haciendo mi vida normal, seguí yendo a mi gimnasio, a mis clases de baile, a mis cursos...".
Su historia comenzó cuando regresó a Valladolid después de su estancia en León. Durante una de sus últimas revisiones ginecológicas, los especialistas ya la habían advertido de una pequeña anomalía que convenía vigilar. Sin embargo, fue en la capital vallisoletana donde una mamografía hizo saltar las alarmas. "Me dijeron que tenía que volver porque habían visto algo y había que mirarlo", explica. Las pruebas posteriores confirmaron la presencia de microcalcificaciones, unas alteraciones que, como ella misma señala, no supo detectar mediante el tacto. A partir de entonces, llegaron las nuevas mamografías, la biopsia, el estudio del ganglio centinela y la intervención quirúrgica.
El diagnóstico fue contundente, pero Maisa asegura que su reacción no fue como cualquiera espera: "Estaba frente a la ginecóloga y me dijo: 'Tienes cáncer de mama'. Y yo dije: 'Bueno, pues ni tan mal. ¿Ahora qué hay que hacer?'". La preocupación, reconoce, fue mayor para su familia y allegados. Sus padres tuvieron que aprender a convivir con la incertidumbre de una enfermedad que también afecta emocionalmente al entorno. "A mi madre se lo dije muy clarito: 'Te dejo que llores hoy, pero nada más'", asegura.
La joven decidió afrontar cada etapa con naturalidad. "Son un montón de situaciones y sensaciones que no son explicables si no pasas por ello", reconoce, antes de recordar que cada paciente vive el proceso de una manera diferente, incluso cuando recibe tratamientos similares.
Una década llena de revisiones y controles médicos
El Hospital Clínico Universitario se convirtió en su compañero de viaje. Allí, recibió la atención de los profesionales que la acompañaron durante todo el proceso y con los que, asegura, mantuvo una cierta confianza. "He vivido más tiempo casi en el Clínico que en mi casa", comenta entre risas, y añade: "No me han dejado nunca. He estado muy controlada".
El tratamiento comenzó con seis sesiones de quimioterapia que ocupaban buena parte de la jornada. "Entraba a las nueve de la mañana y salía a las tres de la tarde", recuerda. Posteriormente, recibió 33 sesiones de radioterapia, además de un tratamiento con anticuerpos administrado cada 21 días durante un año, y una terapia hormonal que se prolongó durante una década.
Se trata de un proceso largo y exigente en el que también tuvo que convivir con los efectos secundarios. Aunque consiguió conservar ambas mamas tras la intervención, perdió aproximadamente tres cuartas partes del cabello durante la quimioterapia. Su oncóloga le propuso medicarse más de lo debido para evitar la pérdida del pelo, y Maisa aceptó. "Me dijo: 'En 13 días te quedas sin pelo'. Y después me preguntó si me importaba que pusiera una medicación a mayores para ver si controlábamos que no se me cayera. Perdí tres cuartas partes del pelo, pero no me quedé sin él", relata.
Las consecuencias físicas hicieron mella. Maisa, de hecho, reconoce que todavía convive con algunas secuelas: "Hay días que a lo mejor necesitas tomarte algo y otros días que no necesitas nada. Te van dejando secuelas, pero son llevaderas". Pese a las dificultades, nunca perdió la confianza en los especialistas. Desde el principio, pidió conocer todos los detalles de su enfermedad y de los tratamientos que iba a recibir: "Yo les dije: 'Todo lo que me vaya a pasar, contádmelo, porque soy yo la que lo va a sufrir'".
"Llevé peor el no trabajar que el tratamiento"
Uno de los aspectos más sorprendentes cuando uno conoce a Maisa fue la manera en la que afrontó sus ratos libres durante la enfermedad. Cuando recibió el diagnóstico, Maisa no tenía trabajo, una circunstancia que terminó convirtiéndose en una de sus mayores preocupaciones. "Llevé peor el no trabajar que el tratamiento. El estar en casa no es bueno", confiesa. Para evitar que la enfermedad monopolizara sus pensamientos, decidió dar un paso hacia adelante. Fue al gimnasio, participó en diferentes clases de baile y se apuntó a todos los cursos posibles. También aceptó trabajo cuando surgió la oportunidad.
Fue precisamente durante aquella etapa cuando descubrió la posibilidad de colaborar como voluntaria con la Asociación Española Contra el Cáncer. Una oportunidad que aprovechó para dedicar parte de su tiempo a una actividad diferente y entrar en contacto con personas que atravesaban situaciones similares. "Me enteré de que podía hacerme voluntaria y dije: 'Pues mira, esta es otra historia donde tener ocupado mi tiempo'", explica.
Aquella experiencia le permitió conocer a otras mujeres con cáncer de mama. Se reencontró, de hecho, con una antigua amiga que también había pasado por la enfermedad. Mientras Maisa había conservado ambas mamas y recibido quimioterapia, radioterapia y tratamiento hormonal, su amiga había sido sometida a una mastectomía sin necesidad de recibir posteriormente esos mismos tratamientos. Esas conversaciones le ayudaron a reafirmar una idea que todavía mantiene: cada diagnóstico y cada tratamiento tienen sus particularidades, por lo que considera que comparar el sufrimiento de unas pacientes con el de otras no ayuda.
Del tratamiento a trabajar en el mismo hospital
El destino quiso que el Hospital Clínico, donde había pasado tantas horas como paciente, terminara convirtiéndose también en su lugar de trabajo. En 2020, coincidiendo con la pandemia, recibió una llamada para incorporarse al centro sanitario. Maisa aceptó y comenzó a trabajar como auxiliar administrativa.
La decisión fue tan sorprendente que su madre se preocupó por los riesgos que podía suponer trabajar durante aquellos meses. "Cuando le dije a mi madre que me iba a trabajar al hospital, se le pusieron los ojos como platos. Me decía: '¿Dónde te metes, hija? ¡Con lo que tú tienes!'", recuerda. Maisa respondió: "Mamá, me va a pasar lo mismo si estoy en la calle. Lo que tenga que pasar, pasará".
"Celebro a diario que estoy viva"
En 2022, después de una década llena de revisiones oncológicas, Maisa afrontó una nueva etapa, la del alta, que supuso cerrar una herida. La noticia, asegura, no trastocó sus planes, pero sí reconoce que la enfermedad cambió su manera de pensar: "Te cambia la forma de vivir. Ahora celebro a diario que estoy viva". De hecho, la sonrisa, y lo dice emocionada, se ha convertido en una de sus principales señas de identidad: "Se ríen mucho porque me dicen: 'Siempre estás con una sonrisa en la boca'. Y yo les digo: 'Es que no compensa lo contrario'".
Eso no significa, puntualiza, que haya que restar importancia a todos los problemas. "Hay que enfadarse por lo que hay que enfadarse y cabrearse por lo que hay que cabrearse", sostiene.
"Una persona que tiene cáncer y no dice la palabra cáncer, no lo asume"
Más allá de los tratamientos y las secuelas, Maisa considera que uno de los retos sigue siendo hablar de cáncer. A su juicio, todavía existe cierta tendencia a utilizar expresiones alternativas para evitar pronunciar una palabra que continúa generando miedo entre parte de la población. "Una persona que tiene cáncer y no dice la palabra cáncer, no lo asume", afirma.
La vallisoletana cuestiona que se recurra habitualmente a términos como "el bicho" u otros eufemismos para referirse a la enfermedad. Para ella, reconocer el diagnóstico es el primer paso que hay que dar a la hora de afrontar emocionalmente la situación: "La mayor parte de la gente te dice: 'Te ha pillado el bicho'. Esa es una palabra absurda. Tienes cáncer y punto".
Su mensaje no pretende minimizar la gravedad de la enfermedad, sino defender que hablar de ella sin rodeos puede ayudar a asumir lo que está ocurriendo. Esa naturalidad también marca su relación con otras pacientes. Cada año, con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, continúa recibiendo mensajes de familiares y personas cercanas que recuerdan su historia. Para Maisa, estas fechas representan, además, una oportunidad para compartir su experiencia con quienes todavía están inmersos en el proceso.
Un consejo: "No hay que mirar en Internet, que hace mucho daño"
Después de más de una década vinculada a la enfermedad, Maisa tiene claro qué mensaje quiere transmitir a las mujeres con cáncer de mama. Su principal recomendación es afrontar el proceso paso a paso, seguir las indicaciones de los profesionales y evitar que busquen información, ya que puede producir un ataque de ansiedad. "Como todo, paso a paso, se supera. Hombre, hay casos muy excepcionales, pero siguiendo los tratamientos y las recomendaciones del médico...", explica, consciente de que la evolución de la enfermedad no es igual para todas las pacientes.
Durante su tratamiento, asegura que prefirió resolver todas sus dudas directamente con los especialistas que la atendían: "Jamás he mirado en Internet. Si he tenido una duda o un problema, he hablado con mi médica y me lo ha solucionado". La vallisoletana destaca especialmente la paciencia y la cercanía de los profesionales del Hospital Clínico que, según relata, siempre estuvieron dispuestos a explicarle cada fase del proceso. Aun así, Maisa tampoco oculta lo mal que lo pasó. Reconoce que el camino hasta el alta está lleno de momentos complicados. Por esa razón, insiste en mantener la esperanza, que es fundamental.
Hoy, a sus 60 años, continúa trabajando, y haciendo deporte. El cáncer ha dejado huella, pero no ha conseguido arrebatarle su hoja de ruta, la cual merece la pena tener en cuenta, no solo para superar la enfermedad, sino también para aprender a sonreírle a la vida.








