Mi amigo Cesi
A Maisa, Bumer y Nieves
El pasado jueves les hablé de mi amiga Olivia. Hoy quiero presentarles a otro amigo. Se llama Cesi y esta semana se han cumplido treinta y siete años desde que murió. Tenía solo treinta. Demasiado joven para irse.
He escrito "se llama" porque, después de tanto tiempo, todavía no tengo muy claro qué tiempo verbal le corresponde. Fue mi mejor amigo. O es. Hay amistades que ni siquiera la muerte consigue convertir del todo en pasado.
Cesi era la alegría hecha persona. Tenía ese don que solo unos pocos poseen y que resulta tan difícil de explicar: conseguía que los demás se sintieran bien a su lado. Y además, era extraordinariamente divertido. Tenía un talento especial para contar chistes. Cuando se hicieron populares los monologuistas, pensé que habría sido el mejor. Aunque quizá habría tenido un problema con rentabilizar el negocio. Llevaba toda la vida haciéndolo gratis.
Él era uno más en mi casa y yo era uno más en la suya. Hay un momento en el que dejas de ser una visita y empiezas a formar parte de la familia. Ya no hace falta preparar nada porque vienes tú. Puedes llegar y encontrarte con todos haciendo su vida, sin que nadie sienta la obligación de interrumpirla para atenderte. Y tú, tan a gusto.
No sé si hay muchas formas mejores de pertenecer.
Cada uno tendrá sus nombres. El amigo del colegio, la compañera de trabajo, alguien que apareció mucho después y acabó sabiendo de nosotros más que quienes llevaban toda la vida cerca. Porque la amistad tiene sus propios plazos. A veces necesita años. Otras, una conversación que llega cuando tenía que llegar.
Con algunos compartimos aficiones. Con otros, apenas coincidimos en nada. Ni en política, ni en fútbol, ni en esa inexplicable afición suya por madrugar los domingos. Y sin embargo, les queremos. Conviene recordarlo ahora que parece que para llevarse bien hay que estar de acuerdo hasta en las cosas que todavía no han ocurrido.
Después están los amigos que conocen nuestra historia. La verdadera. Uno puede presentarse ante el mundo como una persona razonablemente sensata. Entonces aparece un amigo de juventud, cuenta una anécdota y nos devuelve a la realidad.
Tienen esa incómoda función de impedir que mejoremos demasiado nuestra biografía. Pero también conocen nuestras derrotas, aquello que nos da vergüenza contar. Y siguen ahí. Poder mostrarse así ante alguien, sin estar pendiente de causar buena impresión, es un descanso que cuesta encontrar en otros sitios.
Quizá por eso la amistad se reconoce tanto en los días corrientes. En esa persona a la que llamamos sin tener ninguna noticia. En un rato juntos que no necesita convertirse en un gran plan. En poder decir "hoy no estoy para nada" sin miedo a estropear la tarde. Y en esos silencios que no hace falta llenar. Porque también hay amigos con los que uno puede estar callado sin preguntarse si estará pasando algo.
En la amistad también deberían caber los días malos. Nos acostumbramos tanto a la manera de ser de nuestros amigos que a veces les dejamos poco espacio para estar de otra forma. Esperamos que el divertido nos haga reír y que el fuerte pueda con todo. Pero hay días en los que uno necesita sentarse al lado de alguien y no cumplir con el personaje.
Hay ausencias que, además de doler, nos parecen profundamente injustas. Sabemos que la vida no respeta ningún orden para las despedidas, pero seguimos pensando que debería hacerlo. A los treinta años quedan demasiadas cosas por vivir, demasiados errores por cometer y demasiadas risas por compartir. Entre ellas, algo tan sencillo como hacerse viejo con los amigos.
Y cuando uno falta, quedan cosas suyas repartidas por nuestra vida. Una expresión que seguimos utilizando. Una historia que vuelve a la mesa y que algunos ya han escuchado varias veces. La contamos otra vez. Nos gusta recordar cómo ocurrió, discutir un detalle, volver a reírnos en el mismo sitio.
Quienes no le conocieron quizá acaben reconociendo su nombre. Y así, sin proponérnoslo, vamos haciéndole un pequeño lugar entre personas a las que nunca llegó a conocer.
Yo he cultivado la costumbre de contar chistes. No sé si los cuento bien, pero seguro que bastante peor que Cesi. Y me da igual. Cada vez que cuento uno, le estoy rindiendo homenaje.
Se dice que nadie muere mientras se le recuerda. Ojalá recordar permitiera organizar otra comida. No sustituye su compañía, naturalmente. Pero algo suyo permanece en nosotros, a veces incluso en la manera de hacer reír a los demás.
Han pasado treinta y siete años y sigo recordando a Cesi y pensando que habría sido el mejor monologuista de España. Ustedes no le conocieron, pero seguramente tienen a alguien de quien hablarían con la misma falta de objetividad.
De eso quería hablarles. De mi amigo Cesi.
Y de los de ustedes.








