El silencio del ruido

El silencio del ruido
El autor esSonia  Dueñas Forte
Sonia Dueñas Forte
Lectura estimada: 2 min.

Ruido. Constantemente.

Ruido. En el trabajo. Un sinfín de cosas por hacer. Mensajes que responder. Documentos que organizar. Voy  tan deprisa que me he confundido en un número. Ahora tengo que rehacerlo todo.

Ruido. Problemas familiares. Discusiones irrelevantes. Malestar. Cosas de la casa que arreglar. ¿He llamado al pintor? El jueves vienen a revisar la caldera.

Ruido. Mi amiga me ha contestado a un mensaje de forma un tanto escueta. ¿Será que le molestó que cancelase nuestro plan del sábado? La volveré a escribir. Hoy es el cumpleaños de Laura y aún no la he felicitado.

Ruido.

En mi cabeza. Incesante y  agotador. Como un murmullo continuo, un amasijo de voces, nombres, pensamientos, tareas pendientes.

Casi podía escuchar el tic-tac de una cuenta atrás que amenazaba con hacerme estallar de un momento a otro.

Afortunadamente, hay solución. Basta con apagar las voces, silenciar el murmullo durante un tiempo. Dejar de ser empleada, amiga, hija o pareja. Solo durante un momento.

Enciendo mi ordenador. Embriagada por el olor de una de mis velas favoritas, abro el documento de mi nuevo proyecto. Releo lo que escribí la tarde anterior y deslizo mis dedos por el teclado, dejándome llevar.

Ya no hay ruido. Solo el de las teclas del ordenador, acompañado por las voces de mis personajes, que parecen tener vida propia.

Siempre supe que escribir era mi refugio. Algo enteramente mío. Donde el ruido diario deja de sonar.

Y, hablando de ello con mi gente, descubrí que cada uno tiene su propio refugio.

Hay quien corre hasta quedarse sin aliento. Quien encuentra la calma frente al mar. Quien necesita una canción, una cocina, un libro o el silencio de una habitación.

Los refugios no siempre tienen paredes.

A veces caben en unos auriculares, en un par de zapatillas de deporte o en una libreta.

Son esos espacios donde dejamos de responder a las expectativas de los demás. Donde, por un momento, no tenemos que ser nada para nadie.

Sin embargo, no siempre encontramos tiempo para regresar a ellos. Entre el trabajo, la rutina y las obligaciones, terminamos relegando aquello que nos hace sentir nosotros mismos.

Como si nuestras aficiones fueran algo secundario. Un premio que solo merecemos después de haber cumplido con todo lo demás.

Y quizá el problema sea precisamente ese: que nunca terminamos todo lo demás.

Siempre habrá un mensaje pendiente, una llamada que devolver o una tarea que resolver. El ruido seguirá ahí, esperando.

Pero, durante un rato, podemos permitirnos no escucharlo.

En algún lugar, unos personajes esperan que continúe contando su historia. Y yo necesito que, por un momento, sean ellos quienes me hablen.

Porque a veces no necesitamos que el mundo se calle. Basta con encontrar un lugar donde deje de importarnos su ruido.

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