"Hay imágenes que no se olvidan": el dueño y un camarero de la Siete Siete recuerdan la tragedia

Treinta años después del incendio, Jesús Arranz y Ángel Hernández recuerdan la madrugada que cambió para siempre sus vidas

"Hay imágenes que no se olvidan": el dueño y un camarero de la Siete Siete recuerdan la tragedia
Ángel Hernández y Jesús Arranz, un camarero y el dueño de la Siete Siete, respectivamente.
El autor esMiguel Ángel  Fernández
Miguel Ángel Fernández
Lectura estimada: 10 min.

La madrugada del 6 de octubre de 1996 estaba llegando a su fin. En la Siete Siete, una de las discotecas más conocidas de la noche vallisoletana, todavía quedaban algunos clientes cuando el local se preparaba para cerrar. Eran alrededor de las 6.15 horas y, en aquel momento, nada hacía presagiar que los últimos minutos de aquella noche acabarían marcados para siempre por la tragedia.

El incendio se propagó con una rapidez que apenas dio margen para reaccionar. El humo inundó el interior del establecimiento y convirtió la salida en una carrera a ciegas para quienes se encontraban dentro. Mientras algunos lograban alcanzar la calle, los servicios de emergencia recibían el aviso y se preparaban para entrar en un escenario en el que todavía podían quedar personas atrapadas.

Al final, aquella madrugada dejó cuatro víctimas mortales. Dos eran bomberos, José Luis Vidal Arias y Juan Carlos Matarranz de las Moras, que perdieron la vida mientras trataban de rescatar a quienes permanecían en el interior. Las otras dos víctimas fueron Lucía Escudero Martín, trabajadora del guardarropa, y María del Carmen Velasco González, una de las clientas. Tres décadas después, los nombres de los cuatro siguen ligados a una de las noches más trágicas de la historia reciente de Valladolid.

Para Jesús Arranz, propietario de la Siete Siete desde sus comienzos, aquella madrugada supuso el final de un negocio al que había dedicado buena parte de su vida. Para Ángel Hernández, uno de los camareros que trabajaba aquella noche, fue el instante en el que una salida de emergencia se convirtió en la frontera entre la vida y la muerte.

Un local que era mucho más que una discoteca

Antes de convertirse en escenario de una tragedia, la Siete Siete había sido durante años uno de los lugares de referencia de la noche vallisoletana. Arranz lo recuerda con una mezcla de orgullo y nostalgia: "Era un local muy entrañable. Si preguntas a gente de 45 años para arriba, todo el mundo lo ha vivido. Fueron unos años muy grandes".

La discoteca había conseguido convertirse en un punto de encuentro. Y hubo una fórmula que terminó de disparar su popularidad: las noches de música de los años 60. "Los martes era  increíble. No os podéis imaginar un martes de enero, de septiembre o de julio. Estaba lleno, hasta el punto de no poder dejar entrar a la gente", cuenta Arranz.

La Siete Siete era entonces un negocio consolidado, un lugar al que la gente acudía por costumbre. Una parte de la noche vallisoletana pasaba por aquellas escaleras que conducían al sótano. Hasta aquella madrugada.

"En cinco segundos se propagó el incendio"

Arranz estaba allí cuando comenzó el fuego. Según su relato, el incendio se inició en una planta artificial situada en uno de los rincones de la sala. Una versión que posteriormente también apareció entre las hipótesis manejadas por la investigación policial, aunque las circunstancias exactas del origen del fuego han estado rodeadas de distintas versiones.

"A un personaje se le ocurrió quemar con un mechero  una planta de plástico que teníamos colocada justo debajo del aire acondicionado", sostiene el propietario.

Arranz recuerda haber intentado reaccionar con rapidez. "Yo intenté coger la manguera. Llegué a la manguera, pero no pude darle agua. No había llamas. La gente ha confundido eso. Nunca hubo llamas; fue el humo", asegura.

El peligro, explica, no estaba únicamente en el fuego visible. Los materiales comenzaron a derretirse y el humo se volvió irrespirable. "Era muy tóxico. Yo gritaba para que la gente saliese corriendo ", rememora.

Apenas había pasado un instante. La discoteca, que estaba a punto de cerrar, se había convertido en una trampa.

"Me tiré al suelo y gateando acerté a salir"

Ángel Hernández llevaba varios años trabajando para Arranz. De hecho, posteriormente, ha pasado por distintos negocios de la familia. Según cuenta ante los micrófonos de Tribuna Valladolid, llevaba "entre tres y cuatro años" como camarero en la Siete Siete cuando ocurrió el incendio.

Lo que recuerda de aquella madrugada no es tanto una sucesión ordenada de acontecimientos como una sensación física: el humo, la oscuridad y la necesidad de encontrar una salida. "Solo me acuerdo de que me tiré al suelo porque, de ese modo, se suponía que respirabas mejor. Y fue lo que hice", relata.

Hernández se tiró al suelo y comenzó a avanzar a gatas: "Arrastrándome, acerté a salir por una de las puertas. Si no llego a lograr encontrarla, quizá hoy no estaría aquí", dice con una naturalidad que contrasta con la gravedad de lo que estaba sucediendo.

Todo ocurrió demasiado deprisa. "Es tan rápido, tan rápido, que no sabes asimilarlo hasta que pasa un tiempo", explica.

Las alarmas comenzaron a sonar. Algunos trabajadores intentaban avisar a los clientes y también a los vecinos del edificio, mientras el humo ascendía desde el sótano. Más de cuarenta personas tuvieron que abandonar sus viviendas.

La salida de Hernández fue casi instintiva. No sabía exactamente hacia dónde iba. Solo sabía que tenía que seguir avanzando. "Me tiré al suelo y fui gateando a ciegas. Lo que pasa es que acerté a una de las salidas", recuerda.

A veces, en una tragedia, la diferencia entre quedarse dentro o alcanzar la calle puede reducirse a unos pocos metros.

La imagen de Rafael

Ángel consiguió salir. Pero la tragedia todavía estaba sucediendo delante de él. Entre los supervivientes se encontraba Rafael Barca, uno de los heridos más graves del incendio. Había sufrido quemaduras en aproximadamente la mitad de su cuerpo y posteriormente fue trasladado a una unidad especializada de grandes quemados en Getafe.

Hernández lo ayudó a salir. "Me di la vuelta y vi  que allí estaba Rafa, con un brazo en llamas, tirado en el suelo", recuerda.

Entonces ocurrió algo que todavía conserva intacto en la memoria: "Íbamos tirando de él. Y su piel se iba quedando pegada por ahí. Esa imagen la tengo grabada. Como si fuera hoy." Han pasado tres décadas. Pero algunas imágenes no envejecen.

Joaquín, un policía que se encontraba junto a Hernández, ayudó a sacar a Rafael de la zona. En aquellos segundos nadie parecía tener tiempo para pensar demasiado. "Haces cosas que no sabes si son conscientes, si son buenas o no. En esos momentos no sé qué piensas", explica.

Rafael sobrevivió al incendio, aunque las heridas fueron de extrema gravedad.

Cuatro nombres

No todos pudieron salir. En el interior quedaron Lucía Escudero Martín, de 51 años, trabajadora del guardarropa, y María del Carmen Velasco González, de 36 años, cliente de la discoteca y natural de Cuéllar.

También murieron dos bomberos que habían entrado en el local cuando se recibió el aviso de que podía haber personas atrapadas: José Luis Vidal Arias y Juan Carlos Matarranz de las Moras.

Para Ángel, la tragedia tuvo además un rostro concreto. El de una compañera y amiga. Lucía, o 'Luci', como ambos se refieren a ella, llevaba años trabajado en el guardarropa. Su hijo era compañero de fútbol del hijo de Ángel. Tenían alrededor de 15 o 16 años.

Y después de aquella noche llegó uno de los momentos más difíciles para él. Tuvo que ir a decirle al muchacho que su madre había muerto. "No se lo deseo a nadie", repite.

Cuando llegó al lugar donde estaba el chico, el entrenador le pidió que lo dejara en sus manos. Pero la situación ya había quedado grabada. "Hay que ponerte cara a cara y decirle una cosa tan dura como esa a un pobre chaval", recuerda Ángel.

No era solamente comunicar una muerte. Era mirar a la cara a un adolescente que conocía, cuyo hijo jugaba con el suyo, y decirle que su madre no iba a volver.

La otra cara de la tragedia

Mientras Ángel recuerda el humo, la salida a gatas y la imagen de Rafael, Jesús Arranz recuerda lo que vino después. El incendio no terminó cuando los bomberos apagaron las llamas.

Llegaron los procedimientos judiciales, las responsabilidades económicas y una larga batalla que, según explica, se prolongó durante años. "Tuve once días de juicios, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, con 23 abogados enfrente de mí. No te puedes imaginar lo duro que es lo que tuve que aguantar", relata.

Arranz quedó como responsable civil y tuvo que hacer frente a indemnizaciones a familias, heridos y vecinos, con una parte cubierta por las pólizas de seguros. "Lo que le sucedió  al pobre Rafael nos costó 88 millones de las antiguas pesetas. Y considero  que todo el dinero del mundo es poco para lo mucho que ha tenido que sufrir él en esta vida", asegura.

Arranz acudió al hospital de Getafe para visitarlo: "Fui a verle y me impactó una barbaridad. Yo lo sentí muchísimo, porque es una buena persona. No puedo imaginarme lo que ha tenido que ser para él lo que sucedió"

La discoteca desapareció. También desapareció, de un día para otro, el negocio que había sostenido a su familia. "Yo tenía un negocio con el que podía haberme jubilado de por vida y, sin embargo, tuve que rehacer la vida de nuevo. Tenía 44 años cuando pasó todo esto", cuenta.

El golpe que también sufrió su familia

Arranz habla de dinero, de juicios y de responsabilidades. Pero cuando llega al episodio que más dolor le produce, la voz cambia. Su hermano murió en 1998, dos años después del incendio. Tenía 54 años y siete hijos.

"Mi hermano murió a consecuencia de los disgustos. Teniendo a su cargo a siete hijos. Y nadie se ha acordado de él para nada", lamenta.

Arranz relaciona aquella muerte con todo lo ocurrido después del incendio y con la presión que sufrió la familia. "Imagínate un negocio que tenías y que era más que rentable, una empresa que daba de todo y, de la noche a la mañana, te dices: 'Me he quedado en la calle'. ¿Qué hago ahora? Siete hijos a mis costillas", recuerda.

Para él, aquella fue una segunda tragedia que quedó fuera de los focos. Mientras los periódicos hablaban de la Siete Siete, de los fallecidos, de la investigación y de los juicios, la familia intentaba reconstruirse.

Volver a empezar

Pero Arranz no se rindió. Después de la Siete Siete llegaron otros negocios. La discoteca Atomium, que mantuvo durante una década, y posteriormente el antiguo Pentágono, convertido en Planetario, donde permaneció otros veinte años. "Había que vivir la vida como fuera. Tirábamos para adelante como se pudo", explica.

Hoy, a sus 74 años, está jubilado y disfrutando de su familia, sobre todo, de sus nietos. El antiguo espacio de la Siete Siete sigue siendo suyo. A día de hoy, en la parte superior hay una hamburguesería y, la parte inferior se ha convertido en trasteros.

"Había que darle alguna salida. Pensamos en hacer un garaje, pero era difícil por las columnas. Al final lo mejor fue poner trasteros y, afortunadamente, así fuimos saliendo adelante", cuenta.

Tres décadas después, aquella propiedad ya no es una discoteca. No hay música, ni luces, ni clientes apurando las últimas copas. Pero para quienes estuvieron allí, el lugar conserva otra clase de memoria.

"Las series que veía eran todas con incendios"

Ángel Hernández reconoce que durante mucho tiempo el incendio siguió apareciendo en su vida incluso cuando no quería recordarlo. "Todos los días, veía incendios en  las series o películas que emitían en televisión. Yo decía: 'Pero bueno, esto es la hostia. No podía desconectar ni un solo rato'", cuenta.

La familia fue su principal apoyo. "Tuve mucha ayuda de mis hijos. Me enseñaron a olvidarme, a desconectar momentáneamente", explica. No se olvida del todo. Se aprende a convivir con lo ocurrido.

Treinta años después, sus hijos todavía conocen aquella historia. De hecho, cuando Ángel les contó que iba a regresar al lugar para hablar de aquella madrugada con Tribuna Valladolid, su hijo y su nuera le preguntaron si quería que fueran con él.

"No", les respondió. Ya puede enfrentarse solo a su memoria. Pero eso no significa que no duela.

"La injusticia de la justicia"

Jesús Arranz también ha aprendido a mirar atrás. Dice que ha cerrado heridas, aunque algunas nunca terminan de hacerlo. "Ya lo tengo todo casi superado. He curado la herida, aunque siempre cura algo", afirma.

Hay, sin embargo, una frase que resume su manera de interpretar aquellos treinta años: "Ha sido la injusticia de la justicia".

Arranz sostiene que asumió las consecuencias económicas y legales de una tragedia que, según su relato, él no provocó. También mantiene su propia versión sobre quién pudo iniciar el fuego, aunque esa sospecha no debe confundirse con una responsabilidad judicialmente establecida: "Sé quién fue y, aunque no tengo la necesidad de decir su nombre, me sentí profundamente decepcionado con esa persona que, hasta ese día, considerábamos de nuestra confianza".

Emocionado, reconoce que le ha costado llegar hasta aquí: "Después de 30 años ya lo tengo todo casi superado. He curado la herida", dice.

Lo que sí mantiene es el recuerdo de todo lo que vino después: el negocio perdido, los años de juicios, las indemnizaciones, la muerte de su hermano y la necesidad de volver a empezar: "Yo no debo nada a nadie. He pagado todas mis deudas. Eso lo puedo decir alto y claro."

Y después de todo, también habla de orgullo. No por lo ocurrido, sino por haber conseguido continuar. "Agua pasada no mueve molino", resume.

Una noche que todavía no termina

Ángel Hernández también ha continuado. Ha formado una familia, ha visto crecer a sus hijos y ha conseguido hablar de aquella noche sin volver a sentir que el humo le cierra la garganta.

Pero hay recuerdos que permanecen. El suelo de la discoteca. El humo. La salida a gatas. Rafael con el brazo en llamas. El hijo de su compañera Lucía. Los bomberos que entraron cuando todos intentaban salir.

Y hay otros nombres que pertenecen a una ciudad entera. José Luis Vidal. Juan Carlos Matarranz. Lucía Escudero. María del Carmen Velasco. Cuatro vidas quedaron atrapadas en aquella madrugada del 6 de octubre de 1996.

Treinta años después, la Siete Siete ya no tiene música. Sus antiguas noches forman parte del pasado y el lugar ha cambiado de función. Pero para quienes estuvieron allí, aquella madrugada no pertenece únicamente a la historia de una discoteca. Pertenece a sus propias vidas.

Ángel todavía recuerda que, si hubiera elegido otra dirección mientras avanzaba a gatas, quizá no habría salido. Jesús recuerda el negocio que perdió y todo lo que tuvo que reconstruir después. Y ambos recuerdan, sobre todo, que aquella noche la fiesta terminó mucho antes de que amaneciera.

El humo se disipó. La memoria, no.

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