Llamemos a las cosas por su nombre

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Llamemos a las cosas por su nombre
Médico.
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

En primero de Periodismo cursé una asignatura llamada Lengua Española aplicada al Periodismo. Entre las muchas cosas que aprendí hubo una idea que se me quedó grabada a fuego: nada es neutro en el lenguaje.

Las palabras que elegimos dicen algo, pero también lo dicen las que descartamos. Importa cómo llamamos a las cosas y, a veces, importa todavía más cómo dejamos de llamarlas. Desde entonces presto bastante más atención a palabras que antes utilizaba sin pensar. Supongo que son daños colaterales de volver a la Universidad a estas alturas de la vida.

Por eso recordé aquella clase cuando, hace algún tiempo, vi en una manifestación de médicos una pancarta que decía:

"No soy sanitario, soy médico".

A primera vista puede parecer una reivindicación corporativa más. Incluso podría interpretarse, de forma apresurada, como una manera de marcar distancias con otros profesionales del sistema de salud. Pero, si uno se detiene un instante, la frase encierra algo más interesante. Encierra una defensa de la precisión en el lenguaje.

Porque, efectivamente, un médico es sanitario. Igual que lo es un enfermero, un fisioterapeuta o un celador. Todos forman parte de un mismo sistema. Pero también es cierto que no todos son lo mismo. Y no debería haber ningún problema en decirlo.

Hay, además, un detalle curioso que lo ilustra bastante bien. Cuando las cosas van bien, hablamos de 'los sanitarios'. Aplaudimos a los sanitarios, agradecemos el trabajo de los sanitarios y reconocemos el esfuerzo de los sanitarios. Pero cuando un médico falla, cuando comete un error o incurre en una negligencia, entonces el lenguaje se vuelve de repente mucho más preciso: ya no es 'un sanitario'. Es un médico.

Quizá no sea casualidad.

Vivimos en una época que tiende a igualarlo todo. A suavizar las diferencias. A sustituir las palabras concretas por términos más amplios, más neutros, aparentemente más inclusivos. Es una tendencia que, en algunos ámbitos, puede tener sentido. Pero que en otros quizá nos hace perder algo por el camino: la precisión.

A veces incluso parece que evitamos deliberadamente las diferencias. Como si nombrarlas con precisión resultara incómodo. Como si reconocerlas obligara a asumir matices que no siempre estamos dispuestos a manejar.

Porque nombrar bien las cosas no es un capricho. Es una forma de entender la realidad. No pasa nada por decir que alguien es médico. Como tampoco pasa nada por decir que alguien es enfermero. O fisioterapeuta. O celador. Cada profesión tiene su identidad, su formación y su responsabilidad. Y reconocerlo no debería incomodar a nadie. Más bien al contrario.

Hasta hace unos años, los arquitectos técnicos eran aparejadores. Hoy se les denomina arquitectos técnicos. Y, poco a poco, por esa curiosa economía del lenguaje que todos practicamos, han terminado siendo, en muchos contextos, simplemente arquitectos.

Y, sin embargo, no lo son.

No pasa absolutamente nada por no serlo. Pero no lo son.

Y, del mismo modo, tampoco pasa nada por llamar a cada cual por lo que es.

Quizá el problema no esté en las palabras, sino en la carga que les atribuimos. Como si reconocer una diferencia implicara necesariamente establecer una jerarquía. Como si decir que alguien es una cosa y no otra fuera una forma de minusvalorarle. Y no tiene por qué ser así.

De hecho, una sociedad madura debería ser capaz de reconocer las diferencias sin convertirlas en desigualdades. Porque no todo es lo mismo. Ni todo debe serlo.

El lenguaje es un espejo bastante fiel de lo que pensamos. Y cuando empezamos a evitar las palabras precisas, a sustituirlas por términos más difusos, conviene preguntarse por qué lo hacemos. Quizá por prudencia. Quizá por comodidad. O quizá porque, en el fondo, nos cuesta aceptar que la realidad es diversa. Que no todo es igual. Y que no pasa nada.

Al final voy a tener que reconocer que aquella asignatura tenía razón: nada es neutro en el lenguaje.

Ni siquiera la forma en que llamamos a las cosas.

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