Dos estrellas
Hace unos días publiqué una columna defendiendo, con más ironía que rigor científico, mi teoría de que Mbappé es gafe. Si España acaba de conquistar su segundo Mundial, quizá la explicaciónsea bastante más sencilla: los Mundiales no los ganan las estrellas. Los ganan los equipos.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar. No del resultado. Ni de las jugadas decisivas. Ni siquiera del fútbol.
Quiero hablar de ese extraño milagro que ocurre cada vez que España disputa una gran final.
Durante unas horas dejamos de ser muchas Españas para volver a ser simplemente España.
Ninguno deja de pensar como piensa. Lo único que ocurre es que, por una noche, descubrimos que es perfectamente posible celebrar juntos sin necesidad de pensar igual.
El fútbol tiene muy poco de racional. Nos hace sufrir por once personas a las que creemos conocer, aunque en realidad solo conocemos al jugador. Nos obliga a negociar con la superstición -esa camiseta que nunca se lava, ese asiento que no puede cambiarse, ese mensaje que mejor no enviar antes del partido- como si el destino dependiera de pequeños rituales domésticos.
Hay quien dice que el fútbol es solo un deporte. A Jorge Valdano, argentino afincado en España desde hace muchos años, se le atribuye una frase difícil de mejorar: "el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes". Probablemente tenga razón. No alimenta, no cura enfermedades ni resuelve los problemas de un país. Pero es una de las últimas emociones verdaderamente colectivas que nos quedan. Vivimos cada vez más pendientes de pantallas individuales, de algoritmos que nos muestran un mundo distinto a cada uno y de debates que nos separan. Sin embargo, cuando rueda un balón en una final del Mundial, millones de personas vuelven a mirar exactamente hacia el mismo sitio. Y eso, en estos tiempos, tiene algo de extraordinario.
Siempre me ha fascinado una estrofa de 'Fiesta', inolvidable canción del maestro Joan Manuel Serrat. En aquella noche de San Juan, el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailaban y se daban la mano sin importarles la facha. Durante unas horas desaparecían las diferencias.
Algo parecido ocurre cuando juega España. El del Madrid celebra con el del Barça. El empresario abraza al camarero. El jubilado salta con el adolescente. El que vota a unos grita el gol junto al que vota a otros. Nadie pregunta de dónde viene el abrazo cuando llega un gol en la final de un Mundial.
No deja de ser extraordinario que un simple balón consiga recordarnos algo que con demasiada frecuencia olvidamos: tenemos muchas más cosas en común que motivos para enfrentarnos.
Mañana volveremos a discrepar. Discutiremos de política, de impuestos, de fútbol y de casi todo lo demás. Es normal. Una democracia consiste precisamente en eso. Pero esta noche no.
Esta noche hemos vuelto a descubrir que existe un lugar donde cabemos todos.
Quizá por eso las grandes victorias deportivas dejan un recuerdo que va mucho más allá del
marcador. Con el paso de los años el partido se difumina, pero permanecen intactas las 2
emociones. Recordamos dónde estábamos, con quién lo vimos y a quién abrazamos cuando
todo terminó. Porque la memoria, en realidad, no archiva los resultados; archiva las emociones.
España luce desde hoy dos estrellas sobre su escudo. La primera lleva dieciséis años bordada en la camiseta. La segunda ha empezado a coserse con el pitido final del árbitro. Pero antes incluso de que alguien la borde sobre la tela, ya había quedado bordada en millones de personas que, pese a todas sus diferencias, volvieron a celebrar como un solo país.
Ojalá no necesitáramos un Mundial para recordar que, antes que rivales, antes que votantes y antes que aficionados, compartimos algo infinitamente más importante: un mismo país.








