El declive festivo

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El declive festivo
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.
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Hay preguntas que una sociedad evita hasta que ya no puede sostener el silencio. Esta es una de ellas: cómo es posible que el país que produjo a Melville y Faulkner, a Toni Morrison y Susan Sontag, a Miles Davis y Bill Evans, a Jasper Johns y Helen Frankenthaler, a John Ford y Scorsese, a Laurie Anderson y John Cage, a Frank Lloyd Wright y Carl Sagan, haya llegado a un momento en que su imagen en el mundo se condensa en un hombre que convierte la imprevisibilidad en método y la mentira en estilo de gobierno. Y su respuesta no está en la política sino en la cultura.

Johan Huizinga, el historiador holandés que escribió 'El otoño de la Edad Media' y 'Homo Ludens', desarrolló una idea que se ha demostrado más profética que académica: que las civilizaciones no decaen por causas externas sino por un proceso interno de vaciamiento. Cuando una cultura pierde la capacidad de tomar en serio sus propias formas ,sus instituciones, sus valores, sus normas de convivencia, y las convierte en espectáculo sin consecuencias, el declive no se anuncia con fanfarrias sino con risas. La decadencia huizinguiana no es dramática: es frívola. Y la frivolidad es el único tipo de declive que sus víctimas celebran.

Trump no es la causa de ese vaciamiento. Es su producto más visible y su acelerador más eficaz. Tratarlo como una anomalía es el error analítico más costoso que se puede cometer: Trump es la conclusión más coherente de un proceso que lleva décadas avanzando sin resistencia, porque quienes podían frenarlo llevaban décadas lucrándose de él.

Lo verdaderamente perturbador no es que el espectáculo haya degradado la política. Es que la política aprendió a necesitar esa degradación para funcionar. El espectáculo no invadió la democracia desde fuera: la democracia lo invitó a entrar porque le resultaba útil. Porque la simplificación emocional moviliza más rápido que el argumento, vende mejor que la formación y gobierna con menos fricción que el pensamiento crítico. Una democracia que entretiene en lugar de formar no está siendo más accesible. Está fabricando su propia fragilidad.

Las democracias no mueren solo por sus enemigos. Mueren también por sus indiferentes: por quienes se beneficiaron del sistema el tiempo suficiente para dejar de ver a quienes había dejado atrás. Trump fue votado por trabajadores que perdieron empleos reales, por comunidades que perdieron futuro concreto, por ciudadanos que sintieron que quienes vivían bien los miraban con condescendencia. Una sociedad que mira hacia otro lado cuando parte de ella se hunde no ha cometido un error político. Ha roto el único pacto que la hacía posible. La tragedia es que el hombre que prometió defenderlos está acelerando exactamente la desigualdad que los hizo vulnerables. La rabia es legítima. Pero la rabia sin proyecto no transforma: confirma el poder de quienes la provocaron.

Lo que Trump ha instalado en ese terreno ya preparado es un pensamiento activamente empobrecedor: la negación sistemática de la ciencia del clima, el desprecio por la evidencia, la persecución del experto, la destrucción deliberada de las instituciones educativas y culturales. Y después, en el estrato más hondo del vaciamiento, la fe. El evangelicalismo que rodea a Trump no es teología sino escenografía. No convoca ninguna trascendencia: cancela la que existía. Una tradición religiosa que durante siglos articuló conciencia moral y exigencia ética ha sido sustituida por su caricatura: una religiosidad sin interrogación interior, útil solo como señal de pertenencia tribal y coartada para el resentimiento. Es el vaciamiento aplicado a lo sagrado. Una sociedad que convierte la fe en espectáculo identitario es más fácil de gobernar. Y más fácil de engañar.

Todo ello hace más difícil, no menos, mirar lo que ese país fue capaz de ser. Existió, y no hace tanto, otra América. Billy Wilder, Fritz Lang, Thomas Mann, Hannah Arendt, Robert Frank, Arnold Schoenberg: todos huyeron del nazismo y encontraron en Estados Unidos el espacio para continuar sus obras, para pensar y crear en libertad lo que Europa había decidido destruir. Esa acogida no fue solo humanitaria. Fue un acto de inteligencia civilizatoria: la demostración de que una democracia puede convertir el exilio ajeno en patrimonio propio, que la grandeza no se hereda sino que se elige, y que por tanto también se puede dejar de elegir. Lo que hoy ocurre no es la negación de esa tradición. Es su interrupción. Y las interrupciones que se prolongan demasiado dejan de ser interrupciones: se convierten en el nuevo estado de las cosas.

La pregunta, entonces, no es solo qué le ocurre a Estados Unidos. Es qué estamos dispuestos a hacer quienes observamos el proceso. Recuperar la seriedad como acto de resistencia: exigir a las instituciones que elijan a qué sirven, defender el conocimiento experto, el arte y el pensamiento crítico no como ornamento cultural sino como infraestructura democrática. Lo que el vaciamiento destruye no se recupera con indignación. Se recupera eligiendo, cada vez, ser lo que se dice ser. Mientras siga siendo una elección, hay democracia. Cuando deje de serlo, no.

Europa no debería mirar este proceso con la distancia del observador externo. Los mecanismos del vaciamiento no tienen pasaporte, y lo que aquí se llama trumpismo tiene allí otros nombres igualmente reconocibles. El continente que construyó sobre las ruinas del fascismo el proyecto democrático más ambicioso de su historia sabe, mejor que nadie, lo que cuesta perder las formas. La cultura estadounidense que acogió a los suyos cuando los perseguía merece algo más que condolencias. Merece que quienes aprendieron de ella reconozcan en su declive una advertencia que también les habla a ellos. Porque lo que una democracia normaliza, las otras aprenden a tolerar. Y lo que se tolera suficiente tiempo deja de percibirse como declive. Empieza a percibirse como normalidad. Y la normalidad, a diferencia del declive, no convoca resistencia alguna.

No hace falta cruzar el Atlántico. El nuevo gobierno de Castilla y León acaba de demostrarlo ,y es solo un ejemplo, con el paso de una floja responsable de Cultura a Industria: el vaciamiento no viaja en avión. Germina en casa.

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