Un mundo al revés

imagen
Un mundo al revés
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

"Érase una vez un lobito bueno

al que maltrataban todos los corderos.

Había también un príncipe malo,

una bruja hermosa y un pirata honrado."

 

Así empezaba un cuento cantado de Paco Ibáñez que yo le contaba a mi hijo cuando era pequeño para ayudarle a dormir. Un mundo al revés.

Entonces me parecía una canción preciosa, seguramente porque lo único que me importaba era conseguir que mi hijo se durmiera. Hoy sospecho que, además, era una forma bastante inteligente de mirar la realidad.

Porque quizá lo verdaderamente al revés sea este mundo nuestro, donde hemos terminado aceptando como normales demasiadas cosas que no deberían serlo.

Me acordé de aquella canción hace unos días. Tal vez porque uno empieza cantando nanas a un hijo para que se duerma y termina, muchos años después, preguntándose en qué clase de mundo le hemos pedido que despierte.

Y pensé que me gustaría vivir en un mundo al revés. En un mundo donde los más ruidosos no parecieran siempre los más convincentes. Donde pedir perdón no fuera una derrota, sino una forma elegante de seguir siendo persona. Donde la bondad no se confundiera con ingenuidad.

Donde los jóvenes no sintieran la obligación de aparentar certezas cuando por dentro están llenos de preguntas. Donde los mayores no fueran apartados precisamente cuando empiezan a ver cosas que otros todavía no alcanzan a distinguir.

Donde cambiar de opinión fuera una muestra de honestidad y no una traición. Donde la política consistiera más en resolver problemas que en fabricar enemigos. Donde los titulares buscaran explicar antes que enfadar. Donde las redes sociales premiaran un poco más la inteligencia serena y un poco menos la ocurrencia cruel.

Donde los aplausos se reservaran algo más para los maestros y algo menos para los famosos. Donde la palabra servicio recuperara el prestigio que nunca debió perder. Donde el éxito consistiera más en dormir tranquilo que en acumular seguidores. Donde los hijos heredaran más conversaciones que propiedades.

Donde los algoritmos no conocieran mejor nuestros gustos que nuestros vecinos. Donde la familia no se diera por hecha. Donde la amistad no necesitara grandes discursos. Donde aceptáramos sin miedo la muerte natural, porque es precisamente la condición que hace más valiosa la vida.

Donde el sentido común volviera a tener prestigio, aunque no cotizara en bolsa ni tuviera departamento de comunicación. Donde entendiéramos que casi todas las miserias del mundo tienen el mismo apellido: el exceso de yo. Y que casi todas las cosas que lo hacen habitable empiezan justamente en el lugar contrario.

No hablo de un mundo perfecto. Los mundos perfectos suelen darme bastante miedo. Casi siempre terminan diseñados por personas convencidas de saber lo que necesitan los demás.

Hablo de algo mucho más modesto. De un mundo un poco menos torcido. De un mundo en el que no hiciera falta explicar que cuidar vale más que aparentar, que escuchar es más difícil que contestar y que la ternura no es una debilidad.

Quizá por eso aquella canción infantil tenía tanta fuerza. Porque los cuentos, cuando son buenos, no sirven para alejarnos de la realidad. Sirven para mirarla mejor.

Y quizá también por eso sigo recordándola tantos años después. Porque mientras se la cantaba a mi hijo para que se durmiera, tal vez me estaba diciendo a mí mismo algo que entonces no sabía formular.

Que el mundo solo empezará a estar un poco más recto cuando algunas cosas que hoy nos parecen normales empiecen, por fin, a parecernos insoportables.

Pedro Berbel Hernández

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App