Ozono, calor y deporte: cuando salir a correr no siempre es buena idea

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Ozono, calor y deporte: cuando salir a correr no siempre es buena idea
El autor esJavier Nistal
Javier Nistal
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Hay una escena muy reconocible en verano. Son las siete o las ocho de la tarde, todavía hace calor, el asfalto sigue soltando temperatura y alguien se calza las zapatillas porque "hay que moverse un poco". Y, ojo, la intención es buena. El problema es que no siempre es buena idea entrenar igual, a la misma hora y con la misma intensidad, cuando el cuerpo está peleando contra el calor y el aire que respiramos tampoco ayuda demasiado.

Estos días Valladolid ha vuelto a hablar de ozono. No del ozono de la capa alta de la atmósfera, que nos protege, sino del ozono que respiramos cerca del suelo. Ese que aparece con más facilidad cuando se juntan calor, sol, tráfico y determinados contaminantes. Y cuando sube, no afecta a todos por igual: niños, mayores, personas con asma, problemas respiratorios o cardiacos pueden notarlo más.

Pero no hace falta ser una persona enferma para que el cuerpo lo note. Cuando hacemos ejercicio respiramos más, y cuanto más intenso es el esfuerzo, más aire entra en los pulmones. Muchas veces, además, empezamos a respirar por la boca, con menos filtro natural. En días de ozono alto, esto puede traducirse en tos, irritación, sensación de falta de aire, opresión en el pecho o simplemente en esa sensación de que "hoy no voy fino".

Aun así, conviene decirlo claro: el ejercicio sigue siendo una de las mejores medicinas que existen. Caminar, correr, montar en bici, nadar o entrenar fuerza mejora la salud cardiovascular, ayuda a controlar el peso, protege huesos y músculos, mejora el ánimo y combate el sedentarismo. El mensaje, por tanto, no es "no haga deporte". El mensaje es otro: haga deporte, pero no lo haga siempre igual.

Como traumatólogo, me preocupa también una parte de la que se habla menos. El calor no solo agota; también puede favorecer lesiones. Cuando hace mucho calor sudamos más, perdemos líquido y sales, dormimos peor y nos recuperamos peor. La coordinación puede bajar, el músculo se fatiga antes y los tendones toleran peor las cargas repetidas. Luego llega el clásico: "solo salí a correr media hora y al día siguiente me dolía el Aquiles", "me cargué el gemelo", "me empezó a molestar la rodilla" o "volví con la espalda fatal".

Muchas lesiones no aparecen por un gran gesto ni por un accidente espectacular. Aparecen por pequeñas decisiones repetidas. Entrenar a mala hora. Beber poco. Apretar aunque el cuerpo vaya pesado. Mantener el mismo ritmo de siempre en una tarde de 38 grados. O querer hacer en agosto el entrenamiento que el cuerpo toleraba perfectamente en abril.

Y aquí el deportista aficionado suele caer en una trampa muy lógica: pensar que, si va más despacio o hace "solo un rato", no pasa nada. Pero el cuerpo no mide solo minutos. También mide temperatura, descanso, hidratación, intensidad, contaminación, edad, medicación, enfermedades previas y estado de forma. No es lo mismo salir a correr a primera hora que hacerlo por la tarde después de un día abrasador. No es lo mismo caminar por sombra que hacer series cerca del tráfico. No es lo mismo estar entrenado que llevar semanas parado.

¿Qué podemos hacer entonces? Lo primero es mirar la hora. En días de mucho calor, casi siempre será mejor entrenar temprano. Si hay aviso por ozono o mala calidad del aire, conviene evitar las horas de más calor y, en muchos casos, también las últimas horas de la tarde, que no siempre son tan inocentes como parecen.

Lo segundo es bajar un punto la intensidad. No todos los días son para hacer series, cuestas o récord personal. Hay días en los que entrenar bien significa caminar, hacer movilidad, trabajar fuerza suave o incluso descansar. Y eso también cuenta.

Lo tercero es elegir mejor el lugar. Siempre que se pueda, mejor parques, zonas con sombra y recorridos alejados del tráfico. Y si el día viene especialmente malo, entrenar en interior no es hacer trampa. Hacer fuerza en casa, en un gimnasio o en un centro deportivo puede ser una opción mucho más inteligente que salir a correr "porque toca".

También hay que escuchar las señales. Tos, pitidos, opresión en el pecho, mareo, dolor de cabeza, calambres, sensación rara de agotamiento o falta de aire desproporcionada no son avisos para apretar los dientes. Son avisos para parar.

Y luego están los básicos, que por básicos no dejan de ser importantes: beber antes de tener sed, no estrenar zapatillas en una salida larga, no entrenar fuerte si se ha dormido fatal y no confundir constancia con cabezonería.

En medicina deportiva hablamos mucho de dosis. El ejercicio, como cualquier tratamiento, necesita dosis, intensidad, frecuencia y adaptación a cada persona. Nadie discute que moverse sea bueno. Lo que debemos aprender es que el contexto importa.

Valladolid es una ciudad magnífica para caminar, correr, montar en bici y hacer deporte. Pero en verano, con calor y episodios de ozono, conviene usar algo más que las piernas: conviene usar la cabeza.

Porque salir a correr casi siempre parece una buena decisión. Pero algunos días, cambiar la hora, bajar el ritmo o entrenar en interior puede ser, precisamente, la decisión más saludable.

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