El otro eclipse

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El otro eclipse
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.
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Ayer España se quedó durante unos minutos a oscuras. Lo verdaderamente sorprendente es que la Dirección General de Tráfico llevara varios días intentando evitar que algunos conductores decidieran prolongar la experiencia.

Durante unos minutos pensé que era un meme. En la fotografía aparecía uno de esos paneles luminosos de nuestras carreteras con una advertencia: "NO CONDUZCA CON GAFAS DE ECLIPSE".

Me reí. Después descubrí que era verdad. Y dejé de reírme un poco.

La recomendación es impecable. Las gafas utilizadas para contemplar un eclipse son tan oscuras que conducir con ellas sería una manera bastante eficaz de convertir un fenómeno astronómico en un problema de tráfico. Lo preocupante es que alguien haya considerado necesario recordárnoslo.

Hemos llegado a 2026. Tenemos inteligencia artificial, coches capaces de aparcar solos, teléfonos que reconocen nuestra cara y relojes que nos avisan cuando nuestro corazón hace cosas raras. Pero seguimos necesitando un panel luminoso para recordar que conducir requiere, entre otras sofisticadas habilidades, ver la carretera.

No hemos avanzado nada. O quizá hemos avanzado muchísimo en tecnología y bastante menos en algunas cosas que no necesitan batería, cobertura ni inteligencia artificial.

El asunto me recordó inevitablemente una vieja anécdota ocurrida precisamente en Valladolid. En 2007, José María Aznar recogía un premio de la Academia del Vino de Castilla y León cuando recordó una campaña de la Dirección General de Tráfico que decía "No podemos conducir por ti". Su respuesta fue memorable: "¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí?".

La frase levantó una considerable polvareda. Casi veinte años después podemos tranquilizarle. Nadie pretende conducir por nosotros. La DGT se conforma ahora con pedirnos que, si conducimos nosotros, procuremos hacerlo viendo la carretera.

No pretendo faltar al respeto a Tráfico. Más bien al contrario. Porque cuando una Administración advierte de algo tan evidente caben dos posibilidades: que sus responsables hayan perdido definitivamente la cabeza o que sepan perfectamente a quién se dirigen. Y empiezo a temer que sea lo segundo.

Vivimos rodeados de instrucciones para resolver cosas que durante siglos resolvimos sin necesidad de ellas. Los vasos de café advierten de que el contenido puede estar caliente. Las bolsas de plástico recuerdan que introducir la cabeza dentro puede provocar asfixia. Los aparatos eléctricos explican que quizá no sea buena idea utilizarlos debajo del agua.

A este paso acabaremos necesitando instrucciones para leer las instrucciones. Lo curioso es que tanta advertencia quizá produzca también el efecto contrario al que pretende. Si todo necesita instrucciones, acabamos esperando instrucciones para todo. Y el ciudadano adulto corre el riesgo de convertirse en alguien que, antes de preguntarse si algo es razonable, busca a su alrededor un cartel que le diga si puede hacerlo.

Pero quizá el problema no sean las advertencias. El problema aparece cuando empezamos a pensar que, si nadie nos ha advertido de algo, tampoco somos responsables de las consecuencias.

Siempre habrá una Administración, un fabricante, una señal o un manual que pueda explicarnos lo que debemos hacer. Pero ninguna sociedad puede redactar instrucciones suficientes para sustituir completamente el criterio de quienes la forman.

Y convendría no intentarlo. Porque cuanto más deleguemos nuestra responsabilidad en quien debía habernos avisado, más carteles necesitaremos. Y cuantos más carteles necesitemos, más razones estaremos dando para que alguien piense que no somos capaces de desenvolvernos sin ellos.

La DGT no puede conducir por nosotros. Ningún panel luminoso puede pensar por nosotros. Y ninguna Administración conseguirá sustituir completamente algo que durante siglos llevamos de serie. Se llama sentido común.

Ayer la Luna consiguió ocultar el Sol durante unos minutos. Eso estaba previsto. El otro eclipse debería preocuparnos bastante más.

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