El Mus no se toca
No hace mucho leí un titular que decía algo así como que cuatro universitarios, aplicando no sé qué principios de física cuántica, habían puesto en jaque las reglas del mus. Y remataba con una advertencia solemne: "es abrir la caja de Pandora".
Lo de la física cuántica me supera. Pero lo de la caja de Pandora lo entendí perfectamente. Y pensé: no, no la abramos.
Porque hay cosas que, sencillamente, no necesitan que nadie venga a mejorarlas. Y el mus es una de ellas.
No es solo un juego de cartas. Es una excusa. Una coartada. Un punto de encuentro. Se ha jugado en bares de barrio y en casinos, en mesas cojas y en mesas de madera noble, en pueblos, en ciudades, en universidades, en lugares de veraneo y en sobremesas que se alargan más de la cuenta.
Se ha jugado entre amigos, entre padres e hijos, entre compañeros de trabajo y entre desconocidos que han acabado siéndolo menos. Se ha jugado con ruido, con señas, con trampas consentidas y con códigos que no vienen en ningún reglamento y que, sin embargo, todo el mundo entiende.
Y, sobre todo, se ha jugado durante generaciones. Millones de partidas, millones. Algunas memorables. Otras olvidables. Pero todas formando parte de algo que no se explica bien, pero se reconoce enseguida.
Por eso me cuesta entender esta necesidad tan contemporánea de revisarlo todo. De regularlo todo. De adaptarlo todo. Como si lo que ha funcionado durante décadas estuviera esperando a que alguien llegue a corregirlo.
No es un fenómeno exclusivo del mus. Lo hemos visto en muchos ámbitos. En el fútbol, por ejemplo, el VAR llegó para corregir errores evidentes. Y probablemente los ha corregido. Pero también ha conseguido algo que parecía imposible: que medio país añore aquellos tiempos en los que nos enfadábamos con el árbitro y seguíamos adelante. Hoy discutimos durante cinco minutos sobre líneas trazadas por ordenador con una precisión que ni los propios jugadores perciben sobre el césped.
Y algo parecido ocurre con otras muchas cosas. Aplicaciones que se actualizan constantemente para complicar lo que antes era sencillo. Electrodomésticos que exigen un máster para programarlos. Menús digitales que sustituyen a las cartas de toda la vida. Sistemas supuestamente inteligentes que a veces parecen diseñados para demostrar su inteligencia más que para facilitarnos la vida.
No digo que toda innovación sea mala. Sería absurdo. Gracias a muchas innovaciones vivimos mejor en muchos aspectos. Pero convendría recordar algo obvio que parece haber caído en el olvido: mejorar una cosa no consiste en cambiarla, sino en hacerla mejor. Y no siempre son la misma cosa.
Debo ser de otra época, pero me da la sensación de que hay cosas que funcionan precisamente porque no han pasado por ese filtro. Porque han crecido solas. Porque han ido encontrando su sitio sin necesidad de que nadie se lo diseñe.
Y el mus es una de ellas. Y quizá por eso convenga dejarlo en paz. Porque quizá el problema no sea el mus, sino esa necesidad tan moderna de intervenir en todo, incluso en aquello que ha demostrado funcionar sin nosotros.
Quizá por eso me inspiran confianza las tradiciones que han sobrevivido durante décadas sin necesidad de campañas de marketing, consultores estratégicos ni planes de modernización. Si han llegado hasta aquí, probablemente sea porque aportaban algo valioso mucho antes de que alguien decidiera analizarlas.
Porque no todo lo que se puede cambiar... debe cambiarse.
Pedro Berbel Hernández
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