Del corsé al 'naked dress': cómo la moda convirtió el sexo en lenguaje estético

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Del corsé al 'naked dress': cómo la moda convirtió el sexo en lenguaje estético
La moda y el sexo.
El autor esMiguel Ángel Fernández.
Miguel Ángel Fernández.
Lectura estimada: 4 min.

La moda siempre ha hablado de poder, clase social, rebeldía o aspiración. Pero hay un idioma que atraviesa toda su historia de forma mucho más constante de lo que la industria suele admitir: el sexo.

No como escándalo puntual ni como provocación barata, sino como motor creativo, comercial y cultural. La moda lleva siglos obsesionada con el cuerpo, con su exposición, con su transformación y, sobre todo, con la tensión entre lo que se muestra y lo que se oculta. Cambian las siluetas, cambian las campañas y cambian las narrativas morales, pero el deseo sigue siendo uno de los grandes combustibles del lujo y de la imagen contemporánea. Y quizá hoy más que nunca.

Porque resulta imposible entender la industria actual sin observar cómo la estética sexual ha dejado de ser una excepción provocadora para convertirse en el lenguaje dominante del mainstream. El 'naked dress', las transparencias extremas, la lencería convertida en ropa exterior, los corsés revival, los microshorts o la obsesión por las siluetas hipersexualizadas no aparecen de la nada: son el resultado de décadas de evolución cultural.

La gran ironía es que la moda empezó fingiendo pudor. Durante siglos, las prendas femeninas estaban diseñadas para disciplinar el cuerpo mientras simulaban modestia. El corsé, por ejemplo, nunca fue realmente una herramienta de ocultación; era una tecnología erótica. Reducía la cintura, elevaba el pecho y obligaba al cuerpo a adoptar una postura artificialmente seductora. La sociedad occidental siempre ha erotizado el control del cuerpo femenino mientras pretendía condenar el deseo públicamente.

Después llegó Hollywood, y con él la sofisticación sexual moderna. Las siluetas de Marilyn Monroe, Rita Hayworth o Brigitte Bardot transformaron la relación entre glamour y sensualidad. La moda entendió entonces algo fundamental: el sexo no solo vende, también crea mitologías. Y ninguna industria explota mejor las fantasías que el lujo.

En los años 70 y 80, diseñadores como Gianni Versace elevaron esa lógica al máximo. Versace no quería mujeres discretas; quería amazonas sexuales. Metal, cuero, aberturas imposibles, supermodelos convertidas en diosas inalcanzables. La sexualidad dejó de insinuarse para convertirse en espectáculo visual. Era una estética excesiva, agresiva y orgullosamente artificial.

Al mismo tiempo, Jean Paul Gaultier transformaba la ropa interior en declaración pública. El corsé cónico de Madonna no solo fue un icono pop: redefinió la relación entre fetichismo, feminidad y alta costura. Lo íntimo se convirtió en exterior. Lo privado empezó a performarse. Y entonces llegó la era de la publicidad sexualizada masiva.

Los años 90 y 2000 probablemente representan el momento más explícito de esta obsesión industrial. Calvin Klein convirtió el minimalismo erótico en fenómeno global con campañas que parecían editoriales soft porn cuidadosamente iluminadas. Tom Ford llevó la provocación al extremo durante su etapa en Gucci: cuerpos aceitados, sexualidad agresiva, dominación visual y un lujo casi depredador.

Hoy muchas de aquellas campañas serían imposibles de publicar sin controversia viral inmediata. Pero en aquel momento definieron el imaginario visual de toda una generación.

Lo interesante es cómo esa sexualidad ha evolucionado en la actualidad. Ya no se trata únicamente de provocar a través del cuerpo femenino tradicionalmente normativo. La industria aprendió, por convicción o por necesidad comercial, que el deseo contemporáneo es mucho más complejo, fluido y fragmentado.

Por eso la moda actual mezcla referencias BDSM con estética deportiva, feminismo con hipersexualización, lujo silencioso con fetichismo digital. Diseñadores como Demna en Balenciaga o Miuccia Prada en Miu Miu entienden perfectamente que el sexo ya no funciona solo como seducción clásica; ahora funciona también como incomodidad, ironía o performance cultural.

La estética 'office siren', por ejemplo, resume perfectamente esta nueva etapa. Faldas lápiz mínimas, gafas de secretaria noventera, camisas ajustadas y tacones afilados construyen una fantasía sexual corporativa reciclada para TikTok. No importa si resulta empoderadora o problemática; importa que genera atención. Y hoy la atención es la moneda más valiosa de la industria.

Las redes sociales aceleraron todo este proceso. Antes, la moda sexualizada pertenecía principalmente a campañas de lujo o editoriales de revista. Ahora cualquier tendencia hipersexual se viraliza en cuestión de horas. El cuerpo se convirtió en contenido, y la ropa, muchas veces, en simple herramienta algorítmica.

Por eso el 'naked dress' domina las alfombras rojas contemporáneas. No es casualidad que celebridades como Bella Hadid, Kim Kardashian o Zendaya aparezcan constantemente con transparencias extremas o siluetas que rozan la desnudez. En una era saturada de imágenes, la exposición corporal sigue siendo una de las formas más eficaces de producir conversación global inmediata. Y, sin embargo, sería simplista reducir todo esto a "el sexo vende".

La relación entre moda y sexualidad siempre ha sido más contradictoria. A veces libera. A veces oprime. A veces empodera genuinamente y otras simplemente recicla viejas fantasías masculinas con estética contemporánea. Muchas prendas que hoy se venden como símbolos de autonomía femenina nacieron originalmente para satisfacer imaginarios profundamente patriarcales.

La moda nunca ha sido inocente en ese sentido.

Pero tampoco ha sido únicamente explotación. También ha servido para que distintas generaciones experimenten con identidad, género, deseo y representación. La ropa puede sexualizar, sí, pero también puede reapropiarse del propio cuerpo. Ahí reside precisamente la complejidad del debate moderno.

Quizá por eso esta tendencia no desaparece nunca: porque el sexo, igual que la moda, trata sobre fantasía, transformación y proyección. Ambos venden versiones idealizadas de nosotros mismos. Ambos prometen acceso a una vida más intensa, más deseable y más visible. Y mientras exista deseo humano, la moda seguirá intentando vestirlo.

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