16/05/2026
El genio que se perdió bajo una plaza
Fotografías: Gabriela Torregrosa
Lectura estimada: 8 min.
La placa de azulejos que identifica una vía urbana madrileña con la denominación de Plaza de Ramales, luce la imagen del célebre pintor Diego de Silva Velázquez, lo que no guarda aparente relación con el nombre del lugar, dedicado a la batalla de Ramales, ganada en 1839 en suelo cántabro por las tropas del general isabelino Baldomero Espartero frente a las de su homólogo Rafael Maroto, en la Primera Guerra Carlista.
El genial artista Velázquez protagoniza el rótulo por haber sido sepultado en una iglesia ubicada allí, cuando disfrutaba del punto álgido de su reconocimiento social. Sin embargo, azares del destino, inconcebibles en ese momento, han provocado que, hoy en día, no se haya preservado el menor rastro de su tumba.

Diego Velázquez nació en Sevilla en 1599 y en sus primeros años ya destacó por su innegable talento artístico. Casado en 1618 con Juana Pacheco, hija de su maestro Francisco Pacheco, la pareja engendró dos hijas, Francisca (1619) e Ignacia (1621), aunque esta debió morir a edad temprana, pues no aparece en la documentación a partir de la mudanza de sus padres a Madrid en 1623, cuando Velázquez ocupó el prestigioso puesto de pintor de Cámara del rey.
Su extraordinaria capacidad y la predilección de Felipe IV por su arte llevaron al excepcional creador a gozar de una ascendente carrera profesional ligada a la Corona, con los cargos sucesivos de ujier de Cámara (1627), ayuda de guardarropa (1642) y aposentador mayor de palacio (1643). Por ellos, además de su salario de 900 ducados, recibía diversas prebendas, como las relativas al alojamiento suyo y de su familia. Los últimos ocho años de su vida residió en la Casa del Tesoro, donde en 1656 plasmaría en un lienzo su obra cumbre, Las Meninas.
En 1659, tras un largo y tortuoso proceso hasta poder acreditar que cumplía los estrictos requisitos preceptivos de hidalguía y limpieza de sangre y obteniendo la dispensa papal, por intervención del monarca, de la exigencia de no ejercer un oficio manual (como era la pintura), Diego Velázquez conseguía hacer realidad uno de sus mayores sueños, ingresar en la Orden de Santiago.

En su último año de vida, 1660, y en calidad de aposentador mayor de palacio, Velázquez formó parte del séquito real que se trasladó en marzo a Guipúzcoa para organizar a lo largo de tres meses los preparativos de la trascendental cumbre entre España y Francia, que culminaría la paz rubricada en el Tratado de los Pirineos con la boda del soberano francés Luis XIV, el Rey Sol, con María Teresa, la hija menor del Borbón español, ambos contrayentes primos hermanos por parte de padre y de madre. En la Isla de los Faisanes del río Bidasoa, que marca la frontera entre tierras galas e hispánicas, la infanta fue entregada al entorno de su futuro esposo el 7 de junio de 1660, dos días antes de oficiarse el enlace en la localidad de San Juan de Luz.
Velázquez estuvo trabajando sin descanso en el diseño y ornamentación del pabellón para el relevante encuentro diplomático, en el que coincidió con el personaje histórico de D’Artagnan, capitán de mosqueteros de Luis XIV, unas décadas más joven que su alter ego de ficción de la novela de Alejandro Dumas. El 8 de junio, consumada su misión, el artífice abandonaba Fuenterrabía con su majestad y emprendían el camino de vuelta a Madrid. Al llegar junto a los suyos en la capital, descubrió que se había difundido el rumor de que había fallecido, lo que puede haber tenido base en algún percance de salud acaecido durante su estancia en el País Vasco, quizá como consecuencia de encadenar muchas largas jornadas de labor. En todo caso, sería un presagio de lo que iba a suceder poco después, pues a los dos meses de su retorno a la villa y corte, el sevillano perecía.
El 31 de julio, tras estar toda la mañana asistiendo a su señor, Velázquez se sintió fatigado y con ardor, molestias que le obligaron a retirarse a su casa. Una vez allí, sufriendo grandes dolores en el estómago y el corazón, llamaron a Vicencio Moles, su doctor habitual. Preocupado el rey por el cariz que estaba tomando la indisposición de su artista más distinguido, mandó lo visitasen sus médicos de Cámara, Miguel de Alva y Pedro de Chavarri, quienes le diagnosticaron lo que en la época se llamaba una fiebre terciana sincopal minuta sutil, interpretando su continua sed como indicio de mal pronóstico.
Eso hizo que el monarca enviase al domicilio de Velázquez, para su consuelo espiritual, al Patriarca de las Indias, Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno. El viernes 6 de agosto de 1660, habiendo recibido los Santos Sacramentos, expiró a las dos de la tarde. Tenía 61 años. Apenas ocho días después de ese momento, fallecía su esposa, Juana Pacheco. Algunas fuentes especulan que muriera contagiada del mismo mal; otras, que sucumbió por la intensidad de su pena, ante la ausencia tras toda una vida juntos.

A su muerte, Velázquez fue vestido como si estuviese vivo, como solía hacerse con los miembros de las órdenes militares. Se le puso el atavío propio de caballero de la Orden de Santiago: manto, sombrero, espada, botas y espuelas. Lo mantuvieron aquella noche en su casa, en una sala enlutada; al día siguiente, sábado 7 de agosto, lo mudaron a un ataúd forrado en terciopelo negro, tachonado y con pasamanos de oro, y encima de él dispusieron una cruz.
Llegado el ocaso de esa jornada, lo condujeron a la parroquia de San Juan Bautista, a escasa distancia del Alcázar Real de los Austrias, en la actual Plaza de Ramales. Era una de las iglesias más antiguas de Madrid, consagrada en 1254, cabeza de una de las diez collaciones del Fuero madrileño, construida sobre una antigua mezquita. Contaba con capillas de notables de la Villa. A principios del siglo XVII se convirtió en parroquia civil del Alcázar, aunque éste mantuvo en sus dependencias otra de uso interno.
Allí lo recibieron los Caballeros Ayudas de Cámara de su Majestad y lo llevaron hasta un túmulo en medio de la Capilla Mayor. El oficio de su entierro tuvo gran solemnidad, con música de la Capilla Real y asistencia de personajes principales. Joseph de Salinas, de la Orden de Calatrava, y otros Caballeros de la Cámara, lo llevaron a hombros hasta la bóveda que le cedió su amigo Gaspar de Fuensalida, grefier o escribano de Cámara del soberano. Su mujer, Juana Pacheco, acompañaría a Velázquez a residir en esa última morada apenas unas pocas fechas más tarde. Fue su discípulo, Juan de Alfaro Gámez, autor de una biografía de Velázquez hoy perdida, quien redactó su elogioso epitafio, un prolijo texto en latín.
Pero no pudo descansar en paz. Siglo y medio después, las tropas francesas de Napoleón Bonaparte ocupaban España y se iniciaba la Guerra de la Independencia. El emperador imponía en el trono español a su hermano José, quien comenzaba a ejecutar un planeamiento urbanístico para Madrid consistente en demoler numerosos edificios del centro con miras a trazar avenidas y ampliar plazas, dejando expedito el recorrido desde el Palacio Real a la Puerta del Sol, al ensanchar la calle Arenal. El plan de reordenación no se completó por el fracaso francés y la marcha de los invasores de España, pero hizo que los madrileños, para referirse a José Bonaparte, acuñaran, además del célebre mote de "Pepe Botella", el de "Pepe Plazuelas".

El afán de redistribución motivó que fuera derruida la iglesia de San Juan, situada en el centro del espacio conocido por ello como Plazuela de San Juan; una precipitada demolición que solo se prolongó tres días, y tuvo como consecuencia que los huesos del pintor más grande de nuestra historia acabaran extraviados.
La teoría más extendida es que el cuerpo de Velázquez podría seguir allí, pues el derribo del templo con tanta premura llevó a que las criptas quedaran cubiertas de escombros, sin haber depositado en otro lugar a los difuntos custodiados en ellas.
En diversas ocasiones se han buscado los restos del maestro, sin éxito. Tras varias catas arqueológicas para localizarlos en los siglos XVIII y XIX, se pusieron en marcha operativos por el Ayuntamiento de Madrid entre 1958 y 1959 y el más ambicioso hasta ahora, entre 1999 y 2000, que logró determinar, con un margen de error de dos metros, el emplazamiento exacto de la cúpula subterránea donde en su día fue inhumado el genio.
En 1960, tras el fracaso de la excavación previa, al cumplirse el tercer centenario de su muerte, se alzó en el centro de la plaza de Ramales un monolito consistente en una columna calcárea sobre un pedestal de granito, rematada con una cruz de Santiago hecha de hierro, todo ello producción del arquitecto Fernando Chueca Goitia. Era un homenaje al sitio donde un día se levantaba el sepulcro del creador. Actualmente, unas losas en el suelo de la explanada marcan el perímetro que antaño tuvo el lugar de culto.

En 1999 se llevaron a cabo perforaciones y vaciados en Ramales con motivo de la construcción de un parking bajo la plaza, lo que se aprovechó para continuar las indagaciones sobre la desaparecida iglesia y su más ilustre morador. Pero se dieron por concluidas sin resultados. Coincidieron con un informe del Instituto del Patrimonio que afirmaba que los restos del artífice no se encontraban allí, sino en una tumba bajo el altar de la Capilla de la Inmaculada Concepción del convento de San Plácido en la calle del Pez, descubierta cinco años antes, que guardaba la momia de un caballero de Santiago con espada y sombrero, sepultado con su cónyuge. Vestimentas y féretro coincidían con las descripciones de la época referentes al enterramiento de Velázquez, salvo el detalle de que la momia masculina llevaba zapatos y mallas, mientras que el artista fue amortajado con sus botas y espuelas. También encajaban época y edad: los estudios determinaron que el hombre había muerto cuando tenía entre 60 y 70 años, a resultas de una infección, que también había causado el deceso de la mujer, de entre 50 y 60 años.
Vista la ausencia de frutos en las investigaciones de Ramales, el ayuntamiento se decantó por el argumento de que el mausoleo del pintor se ubicaba en el convento de San Plácido, habiendo sido trasladado allí con posterioridad, a pesar de no conservarse ningún documento acreditando esta hipótesis. Se da la circunstancia de que Velázquez concibió su famoso Cristo crucificado para las monjas benedictinas de San Plácido, por lo que aún la obra es conocida como "Cristo de San Plácido".
Los cuerpos fueron escudriñados con microscopios electrónicos buscando indicios de plomo, pues Velázquez trabajaba con blanco de este metal pesado. Se quisieron realizar asimismo estudios de su ADN, cotejándolo con el del rey Felipe VI por su parentesco con Velázquez (el monarca es su descendiente directo en 13 generaciones a través de la reina Sofía); se trató de comparar un dedo con alguna huella que se hubiera mantenido en sus cuadros…. Todo resultó infructuoso. Los análisis forenses practicados demostraron que no eran el pintor y su esposa. Pero, a pesar de ello, la teoría fue revitalizada cuando en 2004 se produjo el hallazgo de un documento firmado por Gaspar de Fuensalida, que adquiría derechos funerarios en San Plácido a cambio de donar 3.000 ducados al convento, lo que suscita la sospecha de que su intención pudo haber sido trasponer allí a su amigo, sostenida en el deseo contemporáneo de no haberse traspapelado por siempre los restos del genio.

Sea como fuere, entre más incógnitas que certezas sobre el último paradero de la envoltura mortal de uno de los mejores creadores españoles de todos los tiempos, su reputación póstuma brilla a la vista de todos, sin posibilidad de pérdida, en la residencia perpetua que siempre le pertenecerá por derecho propio: su obra. Como reza la inscripción en el monumento de la plaza de Ramales, "su gloria no fue sepultada con él".
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